La memoria del agua: lecciones escritas en el paisaje

Fundación Ortega MuñozAyN

Las fluctuaciones de los caudales y las dinámicas hídricas no son meros fenómenos meteorológicos aislados; constituyen una escritura ambiental que el territorio archiva y revela de manera intermitente. Cuando los niveles de los ríos y embalses descienden a mínimos históricos, el paisaje saca a la luz vestigios del pasado que funcionan como advertencias sombrías para las generaciones futuras. Estas marcas e infraestructuras del pasado demuestran que la escasez y la abundancia no son excepciones estacionales, sino condiciones estructurales que determinan la habitabilidad de un territorio.

Existen elementos históricos cuya visibilidad depende exclusivamente del agua que los cubre o los revela, moviéndose en una frontera difusa entre lo visible y lo sumergido. En épocas de sequía extrema, la reaparición de inscripciones antiguas en los lechos fluviales o de estructuras arquitectónicas en el fondo de los valles inundados opera como un termómetro visual de las crisis de subsistencia. Estos monumentos involuntarios alteran la percepción pública y se transforman en símbolos mediáticos de la vulnerabilidad climática, recordando que el entorno posee memoria y que cada oscilación hídrica es un registro histórico.

El espacio geográfico no es un escenario estático, sino un documento vivo en constante reescritura donde la materia recuerda y las alteraciones del entorno obligan a replantear los modelos de asentamiento humano.

Por el contrario, en las regiones expuestas a la abundancia descontrolada y al aumento del nivel del mar, la respuesta colectiva no se basa en la contemplación de las marcas del pasado, sino en la resistencia mediante la alta ingeniería. Grandes sistemas de compuertas y diques móviles representan la voluntad política y técnica de estabilizar lo inestable. Estas megaestructuras no fluctúan con el termómetro; su función es permanecer inmóviles para impedir la entrada del agua y sostener la vida en terrenos que, de otro modo, desaparecerían bajo la corriente. Mientras que en las zonas secas se anhela el regreso del agua como sinónimo de prosperidad, en las regiones costeras vulnerables se levantan barreras para evitar que el océano borre la superficie habitable.

Las marcas e inscripciones fluviales, esculpidas en el lecho de los ríos durante los periodos de mayor escasez, operan como un registro histórico y una memoria material de las grandes crisis de subsistencia de las sociedades precedentes. Por su parte, las estructuras civiles inundadas tras la creación de infraestructuras hidráulicas emergen con el descenso de los embalses, funcionando en el presente como un indicador visual incontestable y un termómetro mediático del agotamiento de los recursos hídricos. Finalmente, las barreras y la ingeniería de contención costera se activan ante la crecida y el temporal, representando la defensa activa y el blindaje del territorio frente a la amenaza exterior del avance del agua.

Interpretar por qué emerge una roca, evaluar qué indica el nivel de un embalse o analizar las razones por las que una compuerta marítima debe cerrarse exige una nueva alfabetización ambiental. Estos fenómenos demandan la traducción de los ritmos de la naturaleza en decisiones políticas y territoriales concretas, transformando las advertencias materiales en planes de ordenación y medidas de conservación a largo plazo.

La memoria climática no es una abstracción estadística; está inscrita en las cicatrices del propio relieve. Ya sea mediante la piedra que avisa, la estructura que emerge o la compuerta que resiste, el ser humano se ve obligado a negociar constantemente sus certezas con un entorno que, en el fondo, siempre ha sido inestable.

Esta dialéctica entre el agua que borra y la sequía que revela encuentra en Extremadura uno de sus escenarios más rotundos y cargados de simbolismo político y territorial. Al ser una región vertebrada por grandes embalses, fruto de la intensa planificación hidráulica del siglo pasado, el paisaje extremeño funciona hoy como un gigantesco pergamino que se reescribe con cada ciclo de escasez, sacando a la superficie heridas históricas y patrimonios que se creían sepultados por el progreso.

Estructuras megalíticas que emergen con la escasez. Fuente: Pablo Blázquez Domínguez / Getty Images

El paralelismo con las estructuras que emergen es inmediato. En las épocas en que las reservas de agua caen a mínimos críticos, los grandes embalses de la región reproducen con precisión esa condición de «termómetros visuales» de la crisis. La bajada del nivel de las aguas rompe bruscamente el olvido impuesto, permitiendo que resurjan no solo antiguos puentes e infraestructuras civiles esenciales para la antigua cohesión del territorio, sino también los restos de los núcleos urbanos que fueron inundados para garantizar el suministro y el regadío de las vegas bajas. Estos espectros de piedra que reaparecen de forma intermitente dejan de ser meros restos arqueológicos, se convierten en una interpelación directa sobre el coste social y humano que exigió la estabilización del mapa hídrico nacional.

En el contexto extremeño el fenómeno adquiere una capa de profundidad temporal aún mayor, donde el agua no solo oculta la modernidad sepultada, sino también la memoria prehistórica del territorio. La reaparición de grandes monumentos megalíticos en los márgenes de los embalses secos funciona de manera idéntica a las inscripciones de los lechos fluviales centroeuropeos.

Estas piedras milenarias, que vuelven a quedar expuestas al aire de manera intermitente, actúan como un mensaje de advertencia del relieve. Al quedar al descubierto, exigen una gestión institucional compleja que se debate entre la urgencia de proteger un patrimonio largamente erosionado por el agua y la evidencia de una realidad climática que los utiliza como indicadores de su severidad. La vulnerabilidad del presente se mide, por tanto, en la frecuencia con la que el paisaje extremeño se ve obligado a desenterrar su propio pasado.

Además de la reaparición de ruinas y monumentos prehistóricos, la relación de Extremadura con sus masas de agua oculta una dimensión social y ecológica que complejiza aún más este fenómeno.

Cuando los embalses bajan, no solo emerge la piedra desnuda, sino que se hace visible el impacto de un modelo de desarrollo que priorizó el almacenamiento a gran escala a costa de la memoria de las comarcas. En muchos casos, las sequías extremas permiten a los antiguos habitantes o a sus descendientes volver a pisar el suelo de los pueblos de los que fueron desalojados. Este reencuentro, propiciado por la escasez, transforma el paisaje en un espacio de duelo y memoria viva, donde el retroceso del agua desentierra traumas sociales vinculados a la expropiación y al desarraigo forzoso.

Por otro lado, la intermitencia del agua en la región genera una grave contradicción ambiental y de gestión pública. Por una parte, el dilema de la conservación, pues las autoridades se encuentran ante la imposibilidad material de proteger estructuras que pasan meses bajo el agua y semanas expuestas al aire, sufriendo una degradación acelerada por los cambios de presión y temperatura. De otra, la mutación ecológica, ya que el fondo de los embalses, al quedar seco, revela también la pérdida de biodiversidad fluvial original, sustituida por sedimentos acumulados y especies invasoras que colonizan los restos sumergidos.

Extremadura demuestra así que el agua embalsada es una capa de olvido artificial. Cada vez que la sequía retira esa capa, el territorio no solo expone un problema de escasez hídrica, sino que obliga a la sociedad a mirar de frente las cicatrices de su propia historia política y las costuras de un modelo territorial que sigue dependiendo de la inestabilidad del clima.

EL fenómeno del patrimonio sumergido, la memoria de los pueblos inundados por la ingeniería franquista y las cicatrices del paisaje ha sido un motor creativo crucial para varios artistas contemporáneos españoles, algunos de ellos extremeños. Estos creadores utilizan la fotografía, la instalación y el documento histórico no como un mero registro nostálgico, sino como una herramienta de crítica política y ambiental. Son varios los nombres y proyectos más destacados que han abordado directamente este asunto.

Jorge Yeregui es un arquitecto y fotógrafo español que mejor ha analizado la intervención humana en el territorio. En proyectos como «El agua que falta», Yeregui explora los paisajes del abandono y las infraestructuras hidráulicas. Su trabajo documenta cómo el Estado modificó la geografía peninsular y cómo el agua, al retirarse por la sequía, desvela la fragilidad y el artificio de esa «tierra prometida» que prometía el desarrollismo de los embalses. Su mirada es analítica y muestra cómo el paisaje es, en realidad, una construcción política.

El pintor jiennense Santiago Ydáñez abordó este trauma de manera desgarradora en su exposición «El corazón manda». El proyecto gira en torno a la inundación de su pueblo natal, Peñolite, y el cercano El Tranco. Ydáñez recuperó fotografías antiguas de los archivos familiares de los vecinos antes de ser desalojados y las transformó en pinturas monumentales de rostros y paisajes. Es una obra que conecta directamente con el concepto del «duelo y la memoria viva» que aflora cuando el agua baja: la pintura actúa aquí como el cincel que fija la memoria frente al agua que intenta borrarla.

Dentro del ámbito extremeño y de los creadores emergentes, el fotógrafo e investigador Néstor del Barrio ha trabajado sobre la memoria de los pueblos sepultados, con el foco puesto en Talavera la Vieja (Cáceres), la antigua ciudad romana y posterior localidad cacereña que quedó sumergida bajo el embalse de Valdecañas (el mismo que oculta el Dolmen de Guadalperal). Su trabajo indaga en el desarraigo de las familias expropiadas, el rastro de las ruinas que reaparecen con la sequía y la tensión entre el progreso industrial y la identidad comunitaria extirpada.

María Bleda y José María Rosa (Premios Nacionales de Fotografía) llevan décadas explorando la relación entre historia, memoria y paisaje. En sus series sobre la geografía española, capturan lugares donde ocurrieron hechos históricos trascendentales pero donde ya solo queda el vacío o el territorio alterado. Aunque su enfoque es más amplio, sus imágenes de campos secos y llanuras transformadas por la mano humana invitan a leer el paisaje español como un archivo de textos superpuestos, donde lo que no se ve (lo sumergido o lo destruido) pesa tanto como lo visible.

Para todos estos artistas, el pantano o el río seco no es un paisaje natural, sino un monumento político. Sus obras funcionan exactamente igual que el campanario románico: son dispositivos que obligan al espectador a recordar que debajo del agua hay una historia humana y ecológica que fue silenciada.