El ceremonial artístico

Fundación Ortega MuñozEntre viñas y castaños

Godofredo Ortega Muñoz. Interior con figura, 1947.

Interior con figura (1947). Así de aséptico suena el título de esta obra de Ortega Muñoz. Una pintura desconocida y poco frecuente en una vasta producción en la que abundan los paisajes, los bodegones y mujeres y hombres de campo representados generalmente en soledad. Resulta extraño encontrar al extremeño diseccionando la vida doméstica a través de un personaje en el umbral de una puerta abierta que no muestra su rostro ni tampoco lo que contempla. ¿Por qué se encierra tras las paredes de una casa? ¿Qué está buscando dentro?

La fecha de 1947 no debería pasarnos inadvertida. Es, sin duda, un cuadro que corresponde a la etapa de regreso del artista a su tierra, cuando debió de encararse con la hondura existencial de la desolada posguerra.

Ante esta obra es posible sentir que estamos espiando un momento privado. Podemos ver a una mujer de perfil, vestida con un largo traje rosa rojizo y cuello blanco. Su postura es contenida, casi suspendida. Parece estar observando la escena que tiene frente a sí y que, al igual que su cara, nuestros ojos tampoco pueden ver porque lo que sucede está fuera de campo. Ella sabe algo que a los espectadores se nos impide conocer.

La figura de la mujer está enmarcada por el marco de las puertas. El suelo ajedrezado aporta profundidad y orden geométrico. El amarillo del fondo genera una tensión y un dinamismo que el vestido rosado equilibra. Y el bodegón de la pared —un cuadro dentro del cuadro— es un óleo que el pintor realizó dos años antes y que aquí introduce una segunda narrativa. La luz se percibe natural, pero podría pertenecer a un foco que ilumina lo desconocido. Porque este lugar podría ser el escenario de un teatro. Quizás un sueño. Quién sabe.

Godofredo Ortega Muñoz. Bodegón de la mano azul, 1945.

La observación lenta

Nuestra protagonista observa algo que ignoramos. Y eso nos genera misterio. Tampoco podemos saber su reacción ante lo que ve: ríe, solloza o se aterroriza. Y eso nos produce aún más curiosidad. El cuadro en segundo plano, con ganas de ocultarse, nos mira a todos y es conocedor de todo lo que pasa. Y eso hace que la tensión crezca.

Ahora que lo narrado nos conmueve, nos es imposible despegarnos de esta imagen.

Hemos penetrado en ella, escuchando lo que no es evidente ––los silencios o las tensiones––, aceptando la ambigüedad y que no tiene por qué existir una explicación para todo.

La palabra observar proviene del latín observāre y está formada por el prefijo ob- (que significa «enfrente» o «ante») y el verbo servare (que significa «guardar», «conservar» o «prestar atención»).

Observar es suspender la prisa, dejar que la imagen nos devuelva la mirada.

En un museo, por ejemplo, no observamos cuando pasamos rápidamente de una obra a otra buscando “verlo todo”. Observamos cuando nos detenemos. Cuando un cuadro nos incomoda, nos intriga o nos emociona y decidimos quedarnos unos minutos más frente a él. La observación nace de la pausa y, de alguna manera, nos permite confrontar lo que llevamos dentro: nuestras emociones, nuestras expectativas y nuestra memoria.

En el fondo, observar es aprender a estar: estar delante de un cuadro y apreciar sus detalles. Concederle nuestro tiempo a esa obra es como cuidarla. De hecho, podríamos considerar la observación un acto de resistencia en una cultura que favorece el desplazamiento continuo ––scroll, estímulo, siguiente estímulo––.

La observación requiere presencia. Y la presencia requiere una pequeña renuncia: dejar de hacer, dejar de producir, dejar de opinar al instante. El arte nos ofrece ese espacio. Pero somos nosotros quienes decidimos habitarlo.

Cuando elegimos transitar ese territorio, hemos de saber que nos exponemos a algún impacto o a cualquier “despertar”. Suele haber un antes y un después tras la observación de una experiencia artística. ¿Qué es lo que cambia? ¿Cuánto nos transformamos cuando cruzamos al otro lado? ¿Qué pasa cuando la obra nos atraviesa?

Cruzando el umbral

Al igual que la figura del cuadro situada entre dos estancias, en este instante nos colocamos en lo que se conoce como liminalidad, una fase de transición. La palabra deriva del latín limen (límite o umbral), y describe ese momento en el que ya no perteneces a tu estado anterior, pero aún no te integras en el nuevo. Supone quedar atrapados en el “entremedio”.

El concepto de liminal se ha convertido en todo un fenómeno en internet en los últimos años. En la cultura digital, los espacios liminales son ya parte de una estética popular que se manifiesta en fotografías y vídeos de lugares cotidianos que lucen desolados. Suelen ser zonas de paso vacías como pasillos de hotel, aeropuertos de madrugada o salas de espera que transmiten una sensación surrealista de irrealidad, nostalgia y una ligera inquietud al estar anormalmente desiertas. Recientemente, además, esta fascinación por el vacío y el terror se ha viralizado a través de las Backrooms, donde esos espacios de transición se vuelven infinitos y laberínticos.

Óleo sobre lienzo, 116 x 89 cm.
Óleo sobre lienzo, 53 x 57 cm.

No obstante, es en el arte, en su expresión más amplia, donde mejor queda representada la magia de estas liminalidades. El arte, en sí mismo, ya es un umbral, una forma de congelar el tiempo, de frenarlo. Si lo que leemos, escuchamos u observamos conecta con nuestro ser, entramos en una suerte de umbral donde nuestra naturaleza se transforma. Ya no somos lo que éramos: ahora somos otros. Pero todo eso parece haber sucedido en nuestro interior. Es el ceremonial artístico.

Biografía de la autora

Patricia Alvarado Omenat trabaja en comunicación cultural y cinematográfica. A lo largo de su trayectoria ha desarrollado contenidos, estrategias y campañas vinculadas al cine, el arte, la literatura y la música, además de ejercer la crítica cultural. Compagina su labor profesional con la escritura y mantiene un interés especial por la filosofía, los territorios de lo inquietante y la observación artística.