
Vidrio, tierra, semillas y plantas. Dimensiones variables
(vista de instalación en el Museo Guggenheim Bilbao)
Cortesía de la artista y Galerie Jocelyn Wolff, Paris
© Isa Melsheimer, Bilbao 2025
El gran problema de buena parte de las muestras contemporáneas sobre ecología es su tendencia a transformar la urgencia ambiental en un producto estético cómodo. Es habitual ver fotografías de deforestación, esculturas con desechos industriales o proyecciones sobre el cambio climático en recintos donde el público transita entre tiendas de souvenirs exclusivos, cafeterías de diseño y edificios que son iconos mundiales del turismo de masas. Esta práctica curatorial conlleva un riesgo innegable: que la crítica ecologista quede asimilada y desactivada por el engranaje económico y urbano que precisamente intenta denunciar.
La exposición “Arts of the Earth”, que acogió hasta el pasado 3 de mayo el Museo Guggenheim Bilbao, se movía en esa frontera difusa. Si se analiza de forma aislada, la propuesta era seria, madura y ambiciosa. Contaba con creadores que analizaban el desgaste de los recursos naturales, los vínculos entre ciencia y arte o la debilidad de los sistemas vivos. Al adoptar una mirada ecosófica, volcada en las conexiones biológicas más que en el mero adorno verde, se consolidaba como una de las citas artísticas y ambientales más potentes del panorama europeo actual.
Sin embargo, visitarla en Bilbao generaba un choque inevitable. No se podía desgajar el mensaje conservacionista de las salas de la controversia generada por el plan para abrir una sucursal del Guggenheim en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai; una iniciativa que se ha paralizado recientemente tras años de oposición por parte de plataformas vecinales, colectivos ecologistas y el sector científico.
La contradicción saltaba a la vista. Mientras los itinerarios del museo empujaban a recapacitar sobre el respeto a la naturaleza y el freno al desarrollo ilimitado, la entidad gestionaba una intervención en el territorio que la comunidad científica y los movimientos sociales tachaban de incompatible con la supervivencia de un ecosistema clave en el País Vasco.
Ese era el punto verdaderamente espinoso de “Arts of the Earth”: el conflicto no estaba en el contenido de las obras, sino en la propia institución que las cobijó. El arte de vanguardia lleva décadas señalando el extractivismo, la masificación vacacional y el negocio en torno a la naturaleza; sin embargo, los grandes centros de arte dependen de lógicas de crecimiento permanente, captación de flujos turísticos y explotación de su propia marca.
El conocido “efecto Bilbao” es el ejemplo más claro de esta dinámica. El Guggenheim reconfiguró la proyección internacional de la ciudad. La derivada fue la creación de un modelo de éxito exportable, donde la inversión cultural funciona como punta de lanza para competir con otras regiones, captar viajeros y revalorizar el suelo.
El cortocircuito ocurre cuando esa misma fórmula expansiva se traslada a un enclave como Urdaibai. En esta comarca no se buscaba recuperar una ría castigada por la reconversión industrial de finales del siglo XX, sino edificar en una reserva natural protegida, valorada por su fragilidad biológica y por una convivencia histórica equilibrada entre el ser humano y el paisaje. La paradoja era evidente: la misma marca que programa muestras sobre sostenibilidad lideraba un proyecto interpretado por la población local como una ocupación cultural y turística de un entorno protegido.

42 plantas/semillas, impresión manual sobre papel de arroz y pino 176,53 x 241,3 x 12 cm
ADA x Collection
© Michelle Stuart, Bilbao 2025
Bajo este prisma, “Arts of the Earth” admitía dos interpretaciones opuestas. La perspectiva más optimista apunta a que los grandes centros artísticos están asumiendo con rigor los retos climáticos en sus agendas de trabajo. De hecho, el Guggenheim Bilbao ha consolidado en sus últimas temporadas proyectos centrados en el Antropoceno, el territorio y la crisis medioambiental.
Existe, no obstante, una lectura más cruda y certera. Desde este enfoque, la exposición operaría como un ejercicio de lavado de imagen simbólico: un mecanismo para alinearse con los valores de la opinión pública actual mientras se mantiene el arraigo en estructuras económicas que generan tensiones ecológicas reales sobre el terreno.
Esto no implica tachar al museo de hipocresía planificada. El asunto es más de fondo. Los grandes centros culturales operan bajo un dilema estructural de difícil solución: necesitan expandirse, batir récords de taquilla, ampliar sedes y mantener su peso internacional, pero quieren presentarse al mismo tiempo como foros críticos, responsables y respetuosos con los límites biofísicos de la Tierra.
Por este motivo, el caso de “Arts of the Earth” resultaba tan gráfico. La muestra no flojeaba en su vertiente plástica o discursiva; al revés, las piezas conservan una gran carga conceptual. Lo que chirriaba era el contexto político y geográfico. Las instalaciones versaban sobre el cuidado de la tierra mientras el nombre del museo aparece vinculado, en el debate público, a una disputa ambiental de calado regional.
De manera indirecta, la propia exposición revelaba una realidad más valiosa que la planteada originalmente por sus responsables. Confirmaba que la cultura ya no puede limitarse a colgar cuadros sobre la crisis ecológica en la seguridad de una sala enmoquetada. Lo verdaderamente importante hoy no es el discurso que se exhibe en las paredes, sino el impacto real que las instituciones culturales ejercen sobre el territorio donde operan.
Ahí quedaba la gran duda que recorría de forma velada los pasillos del museo: ¿es coherente que una entidad abandere la conciencia ecologista contemporánea mientras impulsa proyectos de expansión geográfica cuestionados por su huella medioambiental?
“Arts of the Earth” no resolvía esta brecha, pero la puso encima de la mesa. Y eso acababa siendo, probablemente, su mayor acierto.
