
Mesa con membrillos, c.1945. Óleo sobre lienzo 55 x 73´5 cm. Colección particular.
Hablemos de la metafísica. Rigurosamente hablando significa más allá de lo físico. Esta palabra ha rodado por los siglos recogiendo otros significados. Se trata de una rama de la filosofía y de la ciencia, de un estudio complejo de la realidad, del ente, del ser, pero también la usamos para designar todo aquello que no podemos nombrar, lo misterioso y desconocido y que no se relaciona con la ciencia sino que lo colocamos en el campo de lo espiritual, lo religioso o lo mágico. Aquí podemos incluir el arte.
Se habla con frecuencia de la metafísica en las pinturas de Ortega Muñoz, de la conceptualización, de lo abstracto. Al igual que los viajes que él hacía, voy a dar un paseo por la noción de paisaje para poder entenderlo mejor. ¿Por qué hablamos de lo abstracto si sus pinturas son figurativas?
Hablemos del paisaje. Empezaré por un cuadro de Magritte que siempre me viene a la cabeza cuando pienso en el paisaje: La condición humana. Hizo muchas variantes de esta idea, pero la que tengo en mente es la pintura de una cueva, con un pequeño fuego a la izquierda y el caballete en el medio de la salida de la cueva, el lienzo tapa el centro de las vistas de una montaña, pero lo reproduce en detalle. Estamos viendo el paisaje pero no lo es, es una representación. Es otra dimensión, hay varias capas delante de la realidad. Se le pone el nombre de metapintura y, además, el título, apunta al misterio, la condición humana, desde la cueva lo hacemos. El paisaje como constructo humano, no es la realidad. La idea de paisaje ya es un concepto, que enlaza con la mímesis y el interés repetitivo de la humanidad por la representación. ¿El paisaje existe si nadie lo está mirando?

Membrillos colgados, de Ortega Muñoz. 1950. Colección particular.
Esto me lleva también a otro artista, y a su único escrito en prosa durante un viaje por Castilla: Impresiones y paisajes, de Lorca. En su prólogo expone algo muy relevante al hilo de la pregunta anterior y avisa al lector:
“Quizás no asome la realidad su cabeza nevada, pero en los estados pasionales internos la fantasía derrama su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, dignificando las fealdades como hace la luna llena al invadir los campos. Hay en nuestra alma algo que sobrepuja todo lo existente (…). Hay que interpretar siempre escanciando nuestra alma sobre las cosas (…), es imprescindible ser uno y ser mil (…). Hay que ser religioso y profano.”
Finaliza el prólogo diciendo que todo libro es un jardín: “¡Dichoso el que lo sabe plantar y bienaventurado el que corta sus rosas para pasto de su alma!”
Si seguimos la locución latina ut pictura poesis (como la pintura, así es la poesía), y me permito emular a Lorca, puedo decir que todo cuadro es también un jardín. Y no solo por el que siembra (el pintor) y el que recoge (el espectador), sino por su dimensión de domeñar la naturaleza.

Las pinturas de paisaje de Ortega Muñoz a veces encuadran una vista cruda de la naturaleza, sin huella humana, pero muchas otras veces enmarca un paisaje natural estructurado por el humano: terrenos delimitados de diferentes cultivos, caminos, arquitectura, puentes, sembrados geométricos… Es aquí donde veo las capas, existe en los cuadros de Ortega Muñoz un jardín de jardines, un paisaje de paisajes.
Las manos que estructuraron el espacio natural y las manos del pintor que lo pinta más habiendo antes elegido lo que pinta, numerosas filtraciones humanas que a veces obviamos. Sus paisajes son una destilación física de la mirada dirigida a la naturaleza.
A su vez, el paisaje es pintado con el mismo paisaje si lo tratamos como materia. El óleo es una pasta compuesta por pigmentos minerales y aceites de origen vegetal bien aglutinados, una mezcla que se dispone en la pincelada. Ortega Muñoz pintó hechuras de tierra con la tierra misma, sus tonos no son disidentes. El pintor aglutina dos veces, en el óleo y al disponerlo en las representaciones. Al disponer el óleo, o colocarlo formando un algo reconocible, va reinventando una y otra vez la realidad en otra realidad. Lo físico pasa por múltiples estadios, se va sublimando y alcanza la categoría de metafísica, porque algo de su alma ha sobrepujado todo lo existente, como explicaba Lorca.
Hablemos de los Membrillos colgados. Ahora bien, me detengo en este preciso cuadro. No es un paisaje en sentido estricto, es un interior, las frutas no están en el árbol, cuelgan, pero del techo de madera. El árbol no está pero está, en las vigas. Curiosa pintura, nueve membrillos colgados en lo alto de una esquina. Es una costumbre antigua disponer así los frutos para alargar su duración. La pintura alude al tiempo y al espacio, inseparables uno del otro. También es un cuadro melancólico, son los frutos del otoño, atrás quedó la explosión del verano, queda la luz del amarillo y el consuelo de la perdurabilidad en el esquinazo del tiempo. La vida se alarga con una gran treta humana: colgarse del tiempo a pinceladas matéricas que nos sobrevivan.
¿No será acaso este cuadro la mejor respuesta a la pregunta de por qué hablamos de metafísica cuando hablamos de Ortega Muñoz?
Biografía
Sandra Parrado Barrio.
Mi camino en el arte ha ido por libre, paralelo a mi trabajo alimenticio, que siguió otros derroteros. Estudié Comunicación Audiovisual, Teoría de la Literatura y un máster en Diseño Escenográfico para Cine, Teatro y Televisión (porque claramente dormir no era una opción).
Desde hace unos años practico cerámica en la Escuela de Cerámica de la Moncloa, donde doy forma a todo lo que me ronda por la cabeza: arte, historia, ciencia o tecnología. He sido atrecista, correctora de textos y autora de ensayos sobre literatura y espacio y reseñas literarias. Actualmente colaboro en Poca Broma (RNE) con La policía del arte, donde persigo delitos artísticos sin remordimientos.
