
Muñecos, 1941. Óleo sobre lienzo 54 x 58 cm
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid
Parece una pregunta banal, un intento de soft-clickbait para llamar vuestra atención en este mundo turbocapitalista. Podría haberla formulado de un modo más efectista y tendencioso, algo así como Te sorprenderá saber cuántas líneas dibujó Ortega Muñoz en su vida, generando la viral ilusión de que un supuesto equipo de investigación del MIT ha desarrollado tal algoritmo capaz de despejar esta insustancial incógnita.
Llamadas de atención aparte, la cantidad de esas líneas me importa, porque para mí son más que un trazo y un borrón olvidados en un cuaderno de viaje.
Línea viene del latín līnĕa que significaba fibra de lino. Es fácil imaginar que, tras usarla también para referirse al cordel de trazado usado en construcción y agricultura, acabó, por extensión, adoptando acepciones conceptuales como trazo recto, contorno, renglón, límite o frontera. Es un ejemplo claro de evolución semántica que transita de lo físico a lo abstracto.
El camino de dibujar no es tan recto, al menos en nuestro idioma. En otros idiomas romances la evolución fue más directa puesto que siguieron al italiano disegnare; es el caso del francés dessiner o el portugués desenhar. Disegnare procede del latín designāre que significaba señalar, indicar, marcar, designar, determinar, destinar, trazar, delinear o representar. Con el devenir de los años estas lenguas acabaron desdoblando la palabra en designar y diseñar, aunque su origen es exactamente el mismo.
Los teóricos del arte renacentista, especialmente en torno a Miguel Ángel, desarrollaron el concepto de disegno como algo que no era solo el trazo físico sino la idea mental previa al trazo. Vasari habla del disegno como la manifestación visible de un concepto interior. Es decir, dibujar era hacer visible el pensamiento. Podemos aducir por tanto, que Ortega Muñoz pensó, y mucho, sobre el paisaje que le rodeaba.
Portomarín, Lugo (2025)
Un día cualquiera aparece un equipo de grabación en una granja donde crían vaca rubia gallega. La protagonista del rodaje da de comer una barra de pan a las bestias en medio de risas y aspavientos. Continúa la filmación, acaba probando la carne y reconoce que es la mejor que ha comido en su vida. Galicia se derrite ante estas declaraciones. No es para menos, ella es la actriz Eva Longoria (Texas, 1975). A unos cientos de kilómetros de Portomarín, en Madrid, la restauración siempre se ha valido del reclamo de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) de su carne para atraer clientela, bien sea gallega, asturiana o de Ávila (por lo que sea, abulense, no suena bien).
En 1941 la población de Portomarín superaba los 4000 habitantes, hoy no llega a 1300. Ni tener la mejor carne del mundo te libra de la despoblación.
San Vicente de Alcánta, Badajoz
Si nos desplazamos media península hacia el sur, encontramos San Vicente de Alcántara, denominada la Capital Mundial del Corcho. En los años inmediatos a la guerra civil, Ortega Muñoz había vuelto a instalarse aquí, su pueblo natal, tras varios periplos por Europa y el Mediterráneo Oriental. Fue también en 1941 cuando pintó Muñecos, una obra de una carga ontológica paralizante: muñecos desmembrados, con la mirada perdida, objetos inertes y vivos al mismo tiempo, envueltos en una soledad inquietante. La sensación es la de seres que coexisten sin verdadero vínculo, soportándose unos a otros, ineludiblemente abocados a sufrir las consecuencias de la furia ajena: un retrato desgarrador de un país atravesado por la úlcera de la guerra.
En ese año el número de habitantes de su pueblo rondaba los 10000; hoy apenas supera los 5000. Tampoco ser la Capital Mundial del Corcho con una cuota del 15% de la producción mundial de tapones te libra de la despoblación.

Castaños. Paisaje con castaños y camino, 1965. Óleo sobre lienzo 73 x 92 cm
La España vacía
En 2016 el escritor y periodista Sergio del Molino publicó La España vacía,un ensayo sobre las raíces del desequilibrio campo-ciudad y sobre cómo estas afectan al país. La repercusión del libro llevó a las primeras páginas de los periódicos y a la agenda política el problema de la despoblación del mundo rural, y acuñó una expresión que se ha convertido en habitual para referirse a esa enorme parte del interior del país que vive marcada por sus peculiaridades demográficas y territoriales.
En 2019 el término se concretó en la “España vaciada”,con un matiz político muy distinto, pues implica una acción deliberada, es decir, que alguien ha vaciado esos territorios en lugar de haberse quedado vacíos de forma natural o inevitable. Este nuevo concepto fue impulsado principalmente por las plataformas ciudadanas de las provincias despobladas que organizaron la multitudinaria manifestación del 31 de marzo de ese mismo año en Madrid bajo este lema.

Desde entonces, la “España vaciada” desplazó en buena medida al término original en el debate político y mediático, al incorporar una reivindicación explícita de responsabilidad institucional en el abandono de esas zonas.
Este fenómeno se agudiza en provincias diluidas dentro de una organización autonómica mayor que las ningunea. Es el caso de Zamora, y, en casos más extremos, de Cuenca y Teruel, territorios pertenecientes a lo que se denomina la Laponia del sur.
En mi caso, me he criado lejos de estos lugares, pero si en un municipio rural, y el sentimiento generalizado —creo que se repite— es un pesimismo adormecedor, con pocas oportunidades y una sociedad que te alienta a marcharte. Creces escuchando frases como: “antes había bachiller A, B y C, ahora escasamente se llena un aula. Antes había cine, y llegó a haber casino. Antes estaba el pub que hacía las veces de discoteca hasta por la mañana”. Cada vez que escuchas la palabra “antes” sabes que lo que viene después es una suerte de veneno melancólico que te paraliza o te expulsa del territorio.

Volviendo al presente: hace escasas semanas, en Euskadi, alertaba la consejera Amaia Barredo, Consejera de Alimentación, Desarrollo Rural, Agricultura y Pesca del Gobierno Vasco, que la llegada de población urbana al campo está sirviendo para paliar el vaciado de algunos pueblos, pero también está «alterando seriamente» el futuro de las zonas rurales: “la actividad agraria ha pasado en muchas zonas rurales a ser residual, incluso molesta. Estamos empezando a tener otros problemas derivados de las expectativas de población urbana que va buscando en el campo otras externalidades de paisaje, de calidad del aire.”
Los años 40 suelen señalarse como el inicio de la España vaciada, aunque ciertas zonas ya vivían esta situación antes de la guerra civil. Es sorprendente que, 85 años después, un cuadro como el de Ortega Muñoz continúe vigente para expresar el sentir de una parte del campo que se percibe desatendida. Una obra tan intensa que no solo capturó su tiempo, sino que también nos ayuda a entender un problema que iba germinando y que solo recibiría nombre mucho después. Son diversos los factores que han influido en este proceso. La legislación es uno de gran peso, aunque no el único. Pero retomando nuestro recorrido etimológico, parece que las leyes se hacen de los despachos para el campo, de lo abstracto a lo físico, al contrario que la evolución semántica de līnĕa.
Si nos paramos un segundo a hacer la siguiente reflexión, creo que queda
claro a lo que me refiero: una ley elaborada para un entorno laboral urbano, por ejemplo una empresa con un equipo de 30 personas, es difícil pensar que esa ley pueda aplicarse igualmente en Valladolid y en Málaga y, salvo ciertos casos, las consecuencias en la vida de los afectados serán similares. Pongamos ahora una explotación con 30 cabezas de ganado en Los Pirineos y otra con el mismo número de animales en Huelva: ¿alguien cree que las necesidades son las mismas? El problema es que algunas legislaciones dictan que sí. Da la sensación que a los dirigentes les hace falta más dibujar, y por tanto pensar, el paisaje antes de formular las directrices que lo configuran.
Anécdotas y cavilaciones atrás, me retumba en la cabeza parafrasear a los monarcas abanderados del despotismo ilustrado y soltar un “todo del pueblo pero sin el pueblo”. Resume un paisaje que hemos asumido sin cuestionarlo. Las dos Españas siguen siendo, sin duda, el campo y la ciudad.
Biografía
César Expósito
(La Palma, 1992). Hace 16 años que vivo en Madrid y no se en qué momento las diferencias campo-ciudad han llegado a obsesionarme. Me gusta apreciar la diferencia en las relaciones y lo variable del comportamiento según el entorno, principalmente partiendo del autoanálisis para luego comprobarlo en los demás.

