Ortega Muñoz, de nuevo

HOY. TRAZOS

HOY. TRAZOS

HOY. TRAZOS | DOMINGO, 23 DE NOVIEMBRE DE 2008

La Fundación César Manrique expone varias de las obras que pintó Ortega Muñoz en su visita a Lanzarote.

Antonio Franco Domínguez

Creador de una de las interpretaciones más singulares (y más arquetípicas) del paisaje español del siglo XX, Ortega Muñoz fue también un personaje de biografía desconocida y prácticamente secreta. Es muy poco lo que se sabe de los años de su juventud y formación y aún  menos, si cabe, lo que conocemos de su prolongada madurez, durante la que vivió recogido casi por entero en la intimidad de su pintura. Y sin embargo la suya es una trayectoria que se inicia recorriendo escenarios muy poco comunes para un pintor de su época y que registra en su transcurso episodios de un especial significado.

De temprana vocación y aprendizaje autodidacta, marchó muy joven (y por sus propios medios) a París, el destino entonces para cualquier artista que rechazara los modelos académicos y el sistema ideológico del nacional naturalismo. En la capital francesa conoció la pintura posimpresionista y los movimientos de vanguardia. Pero a diferencia de la mayor parte de los artistas de su tiempo, no centró allí sus intereses y, muy pronto, inició un largo viaje de iniciación que le llevo a muy distintos lugares y que ahora entendemos cargado de finalidad y de propósito.

Viajó a Italia conmovido por el vigor plástico y la sobria plasticidad del humanismo cuatrocentista, pero interesado también por la pintura del ochocientos; y en ese sentido no hay duda de la huella que dejó en su obra la escuela metafísica. Junto con Alberto Sánchez y Benjamín Palencia protagonizó algunos de los momentos fundacionales de la Escuela de Vallecas; aquel intento de recrear sobre la médula y las raíces de España una estética moderna. De su vigoroso instinto da idea el hecho, único entre los artistas de nuestro país, de que se desplazase hasta Worpswede, a orillas del Báltico, en donde trabajó un grupo de pintores del paisaje que, en cierta manera, anticipó el movimiento expresionista; del que algo hay, y no poco, en su trabajo.

Detrás de su aparente sencillez, en el reverso de su «silenciosa» estética, la pintura de Ortega Muñoz encierra cifras complejas. Los años de su mayor éxito fueron los años cincuenta y sesenta y la mayor parte del aparato crítico que le sirvió de apoyo data de esa época. Algunos de los comentarios más acertados sobre su obra ya se pronunciaron entonces (como pintor existencial y «ontológico» lo entendió Gerardo Diego), pero lo cierto es que en aquel tiempo se formularon también, y por lo general en clave neo-noventayochista, algunos de los estereotipos que más estorban hoy la apreciación de su trabajo.

Como pintor de los campos y las tierras de España, Ortega Muñoz fue sumariamente adscrito a una suerte de «esencialismo identitario» (un lugar común en la cultura oficialista de posguerra), desde el que en cierto modo se le instrumentalizó y al que no pertenece. En la obra de este pintor, la esencialidad es el fundamento de su escritura plástica y no una servidumbre ideológica. y su voluntad de profundizar en la interpretación del paisaje español responde en origen a un compromiso de renovación estética para el que puso su firma, junto a la de otros «ibéricos», sobre el paramento de ladrillo y cal que Alberto levantó sobre el Cerro Testigo contra el arte aburguesado.

No hay que olvidar que lo que aquella generación de artistas impulsó fue rechazado en su época por nuestra intelectualidad más recalcitrante y que su reconocimiento posterior vino a coincidir con los años de la dictadura y tuvo que celebrarse en un entorno muy marcado por los acontecimientos políticos de nuestro siglo XX. La insistencia en describir la pintura Ortega Muñoz desde la retórica de lo «intemporal» y como trasunto del «alma» española fue objeto en su día de una generalizada simplificación que parece superada y apenas vale para entender el paisaje tal y como el lo concibió. La utilización de términos parecidos no significa lo mismo en contextos diferentes y por eso se hace cada vez más necesaria una mirada nueva que reubique su obra en el movimiento moderno y la recupere y aproxime a nuestro tiempo.

Pocos paisajistas españoles fueron capaces de hacer pasar a su obra por un proceso tan complejo de distanciamiento y de conceptualización: de hecho, la síntesis constructiva que hace Ortega no se entiende si no se remite a la pintura abstracta y a la práctica cubista. Y es cierto que, entre los de aquel periodo, ninguno tuvo como él la capacidad de hacer de su arte un ejercicio tan profundamente sincero de mediación espiritual entre el paisaje y el ser que lo trabaja, lo medita, o lo piensa.

FOM-icone-fundo-50px

¿ES ÚTIL LO INVISIBLE?

A B C.  ABC DE LAS ARTES Y LAS LETRAS

A B C. ABC DE LAS ARTES Y LAS LETRAS

A B C. ABC DE LAS ARTES Y LAS LETRAS | SABADO, 10 DE MAYO DE 2008

EL CAMINO. RUTAS CORTAS POR LA PENÍNSULA IBÉRICA, 1979-2008.

Hamish Fulton
MEIAC, Badajoz
Producción: Fundación Ortega Muñoz
Hasta el 30 de mayo

 

Javier Rubio Nomblot

La Fundación Ortega Muñoz ha echado a andar de la mano de Hamish Fulton y presenta una exposición con sus famosas series de caminatas por la península ibérica. De igual modo, edita una serie de libros con poemas inspirados en la obra del pintor extremeño.

Si Fulton escribe que «caminar es una forma de arte por derecho propio» es porque ha concluido que sus caminatas artísticas discurren por un territorio perfectamente virgen. Se desvincula así del Land Art -que ciertamente puede ser entendido como una práctica escultórica- y de su compañero de estudios y andanzas Richard Long pero, sobre todo, se aleja de los espacios cerrados del arte: «cuando terminas de hacer una escultura ¿qué tienes? Una escultura. Cuando terminas una caminata ¿qué tienes? Nada» (y también: «las caminatas son como las nubes vienen y se van»). La obra, no tanto como rémora -algo que obsesionaba a los artistas conceptuales, de los cuales Fulton también se desliga- cuanto como objeto por definir en un espacio por definir (si se quiere, un presente en el que sumergirse en el paisaje del modo que sea es «un acto político», por ejemplo).

EJERCICIO FISICO

Precisamente eso es lo que más podría interesar de esta concreta exposición en el MEIAC: que en principio no recoge documento alguno; tiene forma sin tenerla, existe sin estar («una caminata es como un objeto invisible en un mundo complejo»); no hay apenas fotografías, pero tampoco hay textos: están, por decirlo de algún modo, los títulos de los textos (una tipografía, un cierto diseño); y ese modo de hacer desaparecer no ya la obra, sino la experiencia -las experiencias: ¿cuántas cosas se piensan, se ven y suceden a lo largo de una caminata de varias semanas de duración?- indicando simplemente que ha tenido lugar, impacta y tiñe de radicalidad lo que no deja de ser un acto poético (se trata, de hecho, de un paso lógico en la trayectoria del artista: «otra evolución más reciente es que para mí también es posible hacer una caminata que se transmita sólo por lenguaje oral. Haz una caminata, escribe un texto, léelo a un público»).

«No hay palabras en la naturaleza» pero al cabo de cuarenta años caminando, Hamish Fulton (Londres, 1946) ha tenido evidentemente, mucho tiempo para pensar (tal vez de eso se trate; aunque el artista no piensa, sino que hace; por eso la caminata es, ante todo, un ejercicio físico) y sus textos son concisos y tienen mucha enjundia. También dan pie a muchas interpretaciones. Coincidiendo con la muestra, la Fundación Ortega Muñoz ha editado dos libros que, dada la especial relación que mantiene este artista con España, me parecen esenciales: El camino, donde se documenta la totalidad de las caminatas cortas de Fulton por España y Portugal entre 1979 y 2008, y Río Luna Río -«una caminata circular de veintiún días en Extremadura, desde y hacia el río Guadiana, en Badajoz vía Guadalupe, con los pies descalzos, contando cuarenta y nueve pasos sobre un suelo empedrado, durante la noche de luna llena»- un proyecto específico realizado el pasado mes de enero.

Fulton conoce a Richard Long en la St. Martin´s School of Art y con él realiza dos caminatas largas por la Península Ibérica. Long, como es sabido, también es un caminante; pero interviene siempre en el paisaje y lo que le interesan son las huellas que deja en él, ya sean apenas perceptibles -la hierba que aplasta al pisar- o muy visibles, como sus apilamientos de rocas. Fulton, por el contrario, no modifica nada; sólo camina y realiza su obra «empleando lo que ya estaba allí» y dejándolo intacto.

POR CARRETERAS SECUNDARIAS.

Hay numerosos puntos de contacto entre sus obras, como son las resonancias ecologistas y la concepción del paseo como «objeto» -«un objeto no puede competir con una experiencia»-, pero en la base del trabajo de Hamish Fulton se halla el concepto económico de «civilización del automóvil»: «todas mis caminatas son un comentario sobre nuestra sociedad dependiente del coche. Caminar por carreteras es un acontecimiento inusual dentro de un entorno normal»; esto, a su vez, está relacionado con «la decisión personal de ser un artista, sin otro sustento económico»: las caminatas de Fulton también son subversivas en la medida en que cobra por hacerlas; es lógico, por tanto, que tienda a eliminar todo rastro de ellas, incluso en la sala de exposiciones; aunque no se trata tanto de un arte crítico con la institución cuanto -como decía al principio-, del avistamiento de un territorio por completo inexplorado: «mi motivo privado para alcanzar la cima del Denali (Alaska, 2004) era hacer una observación sobre el Land Art. Que yo sepa, ningún artista estadounidense contemporáneo había visto este vacío en la historia del arte. A diferencia de hacer Land Art, escalar el Denali sólo deja huellas momentáneas en la nieve. Sin embargo, las huellas del carbono no pueden enterrarse bajo capas de nieve».

CONTÍNUAS LUCHAS.

«¿Por qué caminar? Caminar es la respuesta», dice el artista. René Passeron había señalado que «pintar es una conducta» y que «de la semiología de lo pictórico se puede escribir o hablar, pero para hacerla verdaderamente se ha de pintar». Pero entonces, de nuevo estamos preguntándonos por qué es arte la caminata o, si se prefiere, por qué lo es la pintura. La obra de Hamish Fulton gira en torno a su temprana decisión, cuando aún era estudiante, de dedicarse en exclusiva a la caminata -«la vida es una cadena de continuas luchas desde la juventud hasta la vejez. En este escenario de preocupación y miedo podemos construir una experiencia, realizar una caminata, que ocupa un espacio en nuestras vidas y, al igual que un objeto, tiene principio y fin pero que, a diferencia de un objeto, no se puede ver»- y de su total compromiso con esta anti-forma plástica.

Decisión -de ser «un artista que camina, no un caminante que hace arte»- y compromiso con la obra: la de Fulton trata del artista; y cuando afirma, con total rotundidad, que «una idea poderosa puede generar energía física», nos permite vislumbrar mejor que ningún otro ese territorio utópico hacia el que las vanguardias se dirigen desde hace cien años: un lugar en el que el arte existe al margen del contexto -la pesadilla de Duchamp- o, si se prefiere, un mundo en el que caminar sirve para algo.

 

FOM-icone-fundo-50px