Juan Ramón Santos

ortegaPoesía, SO6

JUAN RAMÓN SANTOS

MAGNÍFICA DESOLACIÓN

BravE nEW WOrLD

A mi abuelo Ramón,
que iba de pesimista por la vida,
le entusiasmaban las palabras graves,
como crisis, catástrofe o miseria,
sobre todo cuando iban engarzadas
en medio de sentencias lapidarias
como «Tarde o temprano habrá una guerra»
o «Lo que España necesita es
un estado social o un comunismo»,
frases que culminaban sus discursos
deliberadamente fatalistas
donde nunca faltaba un «¡Qué desastre!»
subrayando la ristra de amarguras.
Paradójicamente, sin embargo,
al tratarlo algo más te dabas cuenta
de que aquella alegría de vivir
no era más que una pose, el mero fruto
de una apurada técnica teatral
alcanzada tras décadas de ensayo,
porque, después de todo, no era raro
que, al oír las noticias y saber
del imparable avance de las ciencias,
de flamantes hallazgos tecnológicos
o de los nuevos hábitos de vida,
exclamase entre dientes, admirado,
«¡Esto es un mundo nuevo!
                                               ¡Un mundo nuevo!»,
con un brillo en los ojos delator
que arrojaba por tierra, de un plumazo,
su elaborada ética aguafiestas
y hacía resplandecer, por un instante,
su fe inquebrantable en el futuro.

rEGrEsO a La CavErna

Volvió a entrar en la casa entusiasmado,
anunciando que afuera, en el jardín,
lucía un sol espléndido, amarillo,
ideal para el paseo, para el juego,
para el dolce far niente sur les herbes,
pero lo recibieron abatidos,
negándose a mirar por la ventana,
sin apartar la vista de los móviles
que, con rigor científico, afirmaban
que caía una lluvia torrencial
y que, aunque el sol saliese, los termómetros
no habrían de pasar de los tres grados.

rUnninG

Dicen, al parecer, los antropólogos
que la grasa fue un útil mecanismo
que permitió sobrevivir al hombre
miles de años atrás, en la prehistoria,
cuando no resultaba tan sencillo
conseguir alimento como hoy día.
Pero nos hemos vuelto sedentarios
y ahora aquella vieja y gruesa aliada
nos hace víctimas del fuego amigo
al sofocar calladamente el flujo
de venas y de arterias produciendo
fulminantes infartos de miocardio.
Por eso damos vueltas a este parque
con prendas deportivas y cronómetros,
buscando recobrar lejanos hábitos
del tiempo en que vivíamos en cuevas
y la sangre fluía sin obstáculos,
persiguiendo bisontes invisibles
cual víctimas de algún castigo olímpico.

Un artista DEL BiLLar

Henry Ford un buen día se dio cuenta
de que cuánto mejor le irían las cosas
si todos sus obreros le comprasen
los Ford-T que ellos mismos fabricaban.
Por eso les subió algo los salarios
y los bombardeó a publicidad,
convirtiendo a sus fieles operarios
en ciegos y ávidos consumidores.
Por si eso fuera poco, alguien, más tarde,
pensó que sería bueno que invirtiesen
sus pequeños ahorros en acciones,
y así llegó a cuadrar la carambola
de arrebatarles tiempo y plusvalía
y hacerles adquirir lo innecesario
a la vez que exigían a sus bancos
más productividad, más dividendo,
ya que de un solo golpe consiguió
que, olvidándose de revoluciones,
se explotasen, ingenuos, a sí mismos.

VERONA

Decenas de turistas hacen cola
para entrar en la casa de Julieta
o apenas para hacerse alguna foto
con la estatua de bronce, cuyo seno
más parece de oro, por el roce
de tanta mano impúdica que trata
de cumplir con un rito tan famoso
como falso y absurdo.
                                              Muchos de ellos
están, en realidad, solo de paso,
no disponen de más de una o dos horas
para ver la ciudad, pero prefieren
perder el tiempo aquí en vez de ganarlo
descubriendo la Piazza dei Signori,
rodeando la Arena, extraordinaria,
o admirando por entre las almenas
del rojo y elegante Ponte Vecchio
las desbocadas aguas del Adige.
A uno le gustaría interpretar
este extraño fenómeno cual síntoma
del triunfo de la Literatura,
de la fuerza real de la ficción,
del genio universal de William Shakespeare,
pero mucho se teme que lo cierto
es que este tumultuoso guirigai
es tan solo una pobre muestra más
de nuestra estupidez globalizada.

aUtOMatiC vOtE

Aquí, en el futuro, no votamos.
Y no porque ya no haya democracia.
Justamente por todo lo contrario:
nuestro cerebro alberga un microchip
que en tiempo real informa al Ministerio
de aquello relevante que pensamos:
de si estamos o no estamos de acuerdo
con alguna propuesta normativa
o de si nos parecen adecuadas
las últimas reformas del Gobierno.
De ese modo eficaz hemos logrado
hacer de la política, aquel monstruo,
un eterno y constante referéndum
en el que todos siempre participan.
Si, en alguna ocasión –pues todo pasa–,
algún microchip falla
y emite un voto erróneo,
es inmediatamente eliminado
por agentes del propio Ministerio
para que todo funcione como debe.
Gracias a este sistema incuestionable,
que siempre tiene en cuenta tu opinión,
venimos disfrutando sin percances,
sin votos, diputados o asambleas,
amén de de una ingente paz social,
de no menos de treinta, o de cuarenta,
décadas de Feliz Gobernación.

GOOD BLaCK FriDaY

¿Quién se acuerda de Cristo,
de Buda, de Yahvé o de Mahoma?
¿Quién de las crueles luchas fratricidas
entre católicos y protestantes,
sunníes y chiíes,
del sanguinario cisma, años atrás,
en el seno de la Cienciología?
Hoy ya nadie celebra
Hanukkah, Eid Al-Adha o Navidad,
fiestas del odio y del enfrentamiento,
hoy tan solo esperamos,
en fraterna amistad consumidora,
que llegue el cuarto viernes de noviembre
y, con él, nuestro Buen Señor Descuento,
Hijo del Dios Mercado,
que, encarnado en efímera etiqueta,
descendió hasta las Grandes Superficies
para salvar al hombre de la calle
de toda su miseria.
                                       Que así sea.