Eduardo Andrés Ruiz

Fundación Ortega MuñozPoesía, SO4

ImageS06 Pabellones Imaginarios

GUILLERMO PÉREZ VILLALTA - Series Pabellones Imaginarios 2010

ENRIQUE ANDRÉS RUIZ

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Cuatro poemas

DE La HistOria saGraDa Y DE sUs nOMBrEs


A Feliciano Novoa, historiador

La Vuelta a España del 57
arrancó de Bilbao.
Y terminó en Bilbao, porque aquel año
el organizador más importante
era El Correo.

Lo recuerdo y regresan muchas cosas que ya no tengo,
mas con distinta forma
                                                           —se diría
que estoy como en un sueño de despiertos
donde está, por ejemplo, el banderín de seda
de colores vivísimos
que se debió quedar tras una puerta
del cuarto azul,
en tanto que nosotros, de mudanza, nos íbamos
arriba del paseo, hacia la casa nueva—.

Aunque también hay cosas que he podido
a pesar de los años conservar, objetos
que hablan de esa historia.
Por encima de todo, el cenicero
de caucho y de cristal, que es una réplica
exacta (aunque en escala) de un neumático
Firestone
de aquellos tiempos...
(Por cierto, que —son cosas de la época—
en una de las fotos de Picasso
que hizo Jacqueline, tan cerca y lejos
como siempre un pintor lo está de su modelo,
sobre una mesa mínima creí ver uno idéntico,
allá en la planta baja de La Californie.
Afuera ardía el sol y en los aleros
se refugiaban las palomas).

Sin embargo y al lado de las cosas,
también vuelve una música que importa,
para mí, mucho más,
compuesta en cierta dimensión extraña
con unos pocos nombres, que son:
                                                     Bernardo Ruiz,
Loroño, Bahamontes...
Pero de esta canción lo que me falta,
lo que ya sólo puedo a duras penas recordar,
es la voz.

Lo quiero ver entrar en las tabernas
de España entera (con principio y fin
por esa vez en Barrencalle y luego
Barrencalle-Barrena), la camisa a cuadros,
la sonrisa abierta,
invitando en el zinc a la parroquia
que los desconocidos formarían
después de cada etapa.
Las cortinas de chapas se quedaban bailando
y al fondo, mientras tanto, en la penumbra,
los vasos sobre el mármol destellaban de sol.

Y ese mismo latido
del compás, casi siempre ternario, al que acudían
como por un ensalmo aquellos nombres,
traía otros a veces, igual de legendarios.
Mazzola,
                                                       Rigamonti,
Carapellese...
Los muchachos aquellos que se hicieron célebres
cuando la gran tragedia del Torino,
llegaban enseguida para dar testimonio
de alguna antigua relación perdida
que unía poesía y salvación.
Recuerdo a los del Manchester, que nunca
regresaron de Hungría.
Como podría recordar a Hisbón,
Estenio, Feres,
y Anquémolo, y Larides,
                                                          y Toante...,
que tampoco volvieron del combate.
(A pesar de vencidos, un verso los recuerda
en una historia escrita por los hombres).

Cantor de las hazañas,
                                                            mi poeta,
Dios quiera que en un libro de la vida

se guarde el suyo igual que el de los héroes
del reino perdurable
y el de las incontables multitudes.
Por esto al cabo sé que me estremecen
las enumeraciones muy precisas.
Esta ilusión de imaginar que vuelven
—aunque en distinta forma— reunidas
salvación, otra vez, y poesía.



vÍsPEra DE LOs santOs

Lo mismo hubiera dado
que estuvieran vacías.

Porque ahora, si vuelvo a este lugar
(y nunca en realidad he dejado de hacerlo),
ya sé que estoy muy lejos
de la invención aquella que tejí
sobre urdimbre de vivos silencios familiares.

Pero también recuerdo
                                           —y una especie
de lealtad me obliga—
aquella dicha inmensa de la imaginación
que, en haldas del deseo,
campaba a su sabor por esta sede
vacante de los sueños,
este espacio de libertad, desnudo
y limpio todavía por entonces de tristes
recuerdos personales.

Así un año tras otro yo subía hasta aquí
y aquí era más feliz que en ningún otro sitio.

Todo tenía que ver, según lo creo,
con la memoria ajena, y el placer.
Los cipreses, hoy altos, ya muy gruesos,
no habían levantado todavía
(no tanto como ahora) las calles de cemento.
Puedo otra vez oír los apagados
murmullos de mujeres que trajinan
con cubos, de rodillas,
bajo este cielo puro y tan azul
que lacera los ojos como un alcohol de altura.
Y zumban los tardíos moscardones.
Y siento el aire helado que sentía
a oleadas que entonces ya alternaban
con cálidas caricias.

Aquí están, justo enfrente, los Padres Carmelitas,
y a la izquierda las Siervas de Jesús;
un poco más allá, como en un ara
y a una cierta altura, bajo losas
de piedra del país con floraciones
de musgo blanquecino
o gris, va la familia
de aquel León del Río que fue gobernador
y, además, padre de Ángel,
profesor en Columbia,
el amigo de Lorca en Nueva York
cuando el viaje famoso del poeta...

Los ángeles hablaban. Y esos pasos primeros
del sujeto consciente (más o menos)
que comenzaba a ser ante un mundo sin daño,
me hacían parecido a un proyector
de representaciones incesantes.
A pesar de todo eso, yo no te negaré.

Radiaciones fingidas,
liturgias fabulosas
de una efectiva comunicación con héroes
al fin tan familiares cómo desconocidos,
habitantes en suma de un reino de la acción
desde el que revelaban otra vida
más grande, más hermosa
hacía mucho tiempo ya enterrada con ellos.
Así que ya perdida para mí desde siempre
y hasta siempre.

                                                                            Por eso
es posible que ahora esté mucho más cerca
de la realidad. Pero también que el fuego
del corazón ha muerto, como todo en la vida.
Y que es un sol gastado que declina
mi afán de revivir
su vida, tal como ellos,
de frente, la vivieron
                                                            —o eso imaginé—
con una fiebre de alegría y gloria
abocada al destino de morir en la guerra,
la cárcel
o los ruedos.
(En cumplimiento, pues, de la mitología
que ya tenía escrito el argumento
de una casa española, al final extinguida).

El tiempo fue pasando.
Estos cielos de piedra se abrieron y cerraron.

El dolor ya no pudo ser cosa de teatro.
Aún así, fervor mío, yo no puedo negarte.

Los gatos abandonan el recinto
de las losas partidas, las verjas herrumbrosas.
Inscripciones del XX, de principios.
Las palomas igual, sus vibraciones
de alas en el aire.
De los cerros en torno llegan ráfagas
resecas de romero, de mejorana.
Por no decir que al fondo, al otro lado,
descansa Leonor...
                                                             Corazón mío,
descansa. En este póstumo
recuerdo del deseo, no seré yo quien niegue
tu sueño derogado. Tu verdad abolida,
la seguiré escuchando. Como el silbo
de una vela apagada
o el rumor, en silencio, del buen río invisible.


CaJa DE LUZ

Así como de un campo volteado,
mezclado entre la tierra puede a veces
saltar al sol algún cristal de cuarzo
con su dulce fulgor, mas su destino
es volver hacia el fondo, ...Esto era algo

pendiente desde siempre entre los dos
—me acuerdo que dijiste—. ¿Y cuántos años
envueltos en la noche del presente
pasarán otra vez hasta encontrarnos
de nuevo? Cierva antigua, sueño mío

que yo he querido retener en vano
hasta el último instante antes del alba,
despierto ya, con ojos aún cerrados.
Ventanas en la noche, iluminadas
con un tiempo interior a nuestro abrazo

junto a la mesa de las fotografías,
mientras sueño y acción fueron hermanos.
El círculo de luz que nos unía.
El hielo deshaciéndose en los vasos.
Pendiente desde siempre, hasta siempre.


corintios 5

Ahora que termina el cumplimiento
de la felicidad ya consumada,
vuelve bajo la forma del recuerdo
la esperanza que nunca nos defrauda,
la flor de la promesa que era el sueño
de la savia creciente en la semana,
la sangre que pujaba en el deseo,
y los días de fiesta, que fracasan.