Carlos Clementson

ortegaPoesía, SO5

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ELENA ASINS
Giro del Menhir (variación 2), años 1990-2000

CARLOS CLEMETSON

CABO DA ROCA

Portugal es el país
donde acaba la tierra y empieza el mar.
LUIS DE CAMOENS

Primero es un olor.
Un albor genesíaco... como algo que estuviera
a punto de empezar. Bruma y silencio.

Como un fluido ancestral hirviente de inminencias,
un aroma de sal y frondas verdes
moviéndose muy lento entre la niebla
como empezando a ser,
                                               con un esfuerzo
de anónimos milenios, de expectantes
nocturnas pulsaciones infinitas,
que comienza a aflorar desde los siglos.

Un trueno sordo y largo, desde el fondo,
o una turbia presencia numerosa,
como un vasto animal
que comienza a latir y a abrir sus puertas
y todos sus caminos, y los cierra
a cada ola que viene, de nuevo, desde siempre,
desde la madre inmensa de las aguas,
desde la eternidad, desde la nada.

Se le escucha moverse abruptamente,
llegando de muy lejos como un lento
ser vivo, o una fosforescencia arborescente.

Y cierta es la sospecha:
está naciendo el mar entre lo verde.
Está naciendo el mar.

FRONTERA (Traducido de Miguel Torga)

De un lado tierra, de otro lado tierra,
de un lado gente, de otro lado gente;
lados e hijos de esta misma sierra
que un mismo cielo mira y los consiente.

El mismo beso aquí, el mismo beso allá;
el mismo aullar de perros y de lobos;
la misma luna lírica que acude
a blanquear los nudos de una vieja trama.

Mas una fuerza que razón no tiene,
que carece de ojos y sentido,
pasa y divide el corazón silvestre
del más pequeño brezo adormecido.

CAPITAL DE LAS OLAS

UMBRAL DEL OCÉANO

Oh ciudad doblemente cimentada en las aguas
cuyas ondas reflejan el fulgor de tus cúpulas
y tus torres marinas, como naves de mármol,
que quedaran ancladas para siempre en el puerto,
de una escuadra lejana naufragada en la bruma.

Cuán hermosa y terrible puede ser la aventura
de buscar, de probar los vedados caminos
y los términos últimos traspasar de las olas,
desde siempre cerrados a los sueños del hombre.

Navegaste y perduras, naufragaste, y aún sueñas,
o eres tú un sueño acaso que nos vino de Oriente.
Tajo lleva tu imagen mansamente a los mares,
y la mar te recibe como suya en su seno;
y son tantos los siglos que en silencio te abraza
con un amor que aúna destrucción y caricia,
que están tintas sus aguas de tu nombre y tu sangre,
y el mar en sus crepúsculos con tus sueños se inflama.

MEMORIA VIVA Y LEJANA DEL MAESTRO GIL VICENTE (1460?-1536)

¿Guimarães? ¿Beira? ¿Lisboa?
¿Barcellos, quizá tu cuna?
Mas tu palabra plural
—hispánica y lusitana—,
se eleva a lo universal,
vernácula y general,
como expresión de la vida.
Vida y creación consanguínea
de una fe peninsular
sobre la escena, animada
por el verso y el espíritu
de una imaginación
creadora de la verdad.
Versos, música y canción,
sarcasmo, burla, ironía
y zumba sabia y burlesca,
gozo y ridiculez,
los temores del amor
y su excelsa maravilla,
la flor de Iberia hecha verso
satírico y erasmista
y flor sobrenatural
por su audaz naturaleza
y su hondura popular:
Soledad tengo de ti,
oh tierra donde nací;
la saudade del amor
y de la muerte, a la vez,
melancolía y dolor
soñadoramente dulces;
soledad y desamor
con todo el latido humano
levantando el diapasón
en cantigas, vilancetes
y cantares de nostalgia
y delicadeza al par,
donaire sabio y vernal,
Dom Duardos, Amadís,
Casandra, Rubena, el Viudo,
que alza sobre Iberia toda
el alma atlántica y lírica
de España y de Portugal.
Dom Galaor, Florestán,
Casandra, el Doncel del Mar,
Corisamda —¿tanto amar!—
o Don Rosel Tenorí:
libertad, gracia espontanea
de la magia del vivir,
de entusiasmo caudaloso
y alegría virginal
vuelo celeste y a un tiempo
zambullida terrenal,
lozana aurora en las tablas
de la frescura inicial
de la vida y la palabra
ya en luz sobrenatural
delicada y tolerante:
El tomillo de los montes
huele de dos mil maneras.
Todo aquí en flor está ya,
galanura y novedad
cortesana y ancestral:
costureras, lavradeiras,
navegantes, caballeros,
herreros y vaquerizos
amantes y labradores,
ángeles y remadores
la vida toda en la tierra
profunda de Lusitania
que aún no corre tras el mar
—aunque el mar sea su destino—,
ni afán tenga aún por las Indias
por donde vive el Gran Khan,
sino en esta Nao de Amores
—jardín vora el mar plantado—
que fue siempre Portugal,
tierra de gozo amoroso
y burla por no llorar;
tierra novia y maternal,
cortesana y amadora
donde los pinos florecen
con su promesa de mar.
Y aquí acaba este cantar.

ENVÍO PARA GIL VICENTE

En la huerta nace la rosa;
quiérome ir allá
para ver al ruiseñor
cómo cantaba

I

Cortesano y juglar al mismo tiempo,
abrazaste el presente y el pasado,
la Edad Media y aquellos nuevas luces
que sin saber por qué ya alboreaban
en tu viva palabra palpitante,
doliente y delicada,
jubilosa y burlesca,
satírica y jovial,
ese alado universo
espumante de vidas y cantares,
irónico y risueño,
lozano y matinal como una tierra aún fresca
de rocío en la aurora
y las velas al viento de una gracia inocente
que nos viene del mar.

Y todo entrando iba en tu nao portuguesa,
a bordo de tu barca,
este mundo y el otro,
lo culto y popular,
y las Indias de Dios, todas las Indias,
y Dom Duardos, Casandra y Amadís,
aquel “doncel del mar”,
daba igual si en tu lengua o en la lengua
fraterna de Castilla,
mas siempre lusitano, portugués;
nuestro, peninsular.

II

Y luego, todo a bordo,
y aparejado el barco,
te pusiste a cantar en la mañana
como un niño, un pastor o un marinero,
todo gozo, donaire y poesía:
Muy serena está la mar,
¡a los remos, remadores!
ésta es la nao de amores.

¡Cuántas naves en el mar!
Tañía el viento el cordaje de las jarcias;
y recién descubierto en su violenta
inocencia, y al par alegre y fresco,
el mar, sonaba el mar
en la proa y la borda de tus barcas.

Y te diste a cantar como el gaviero
que avizora el ayer y el más allá,
y no olvida la patria de sus sueños:
Oh lusitana señora,
tú te puedes alabar,
de desposada dichosa
y pámpano de la rosa,
y sirena de la mar,
frescura de las verduras,
rocío de la alborada,
perla bienaventurada,
estrella de las alturas,
garza blanca namorada.

Y con tales cantigas
florecía en las olas Primavera
(¿o era Venus quizá?);
se hacía más nuevo el mar.