Miguel Sánchez-Ostiz – Las puertas de Valparaíso

ortegaNarrativa, SO8

MIGUEL SÁNCHEZ OSTIZ

Las puertas de Valparaíso

VALPARAÍSO es para mí una ciudad pateada a conciencia, todo lo a conciencia que se puede patear una ciudad extraña cuando no llegas con la propia, y también una ciudad leída en las páginas de autores más conocidos unos que otros, en poemas, vista en películas memorables, en cuadros, grabados y dibujos. No soy el cronista de la ciudad, sino uno que pasa y se va, y vuelve cuando puede y cuando no, escucha canciones, repasa fotografías, lee y relee, como si fuera la primera vez, algunas páginas que le devuelven la ciudad.

Valparaíso está en las memorables páginas de Pablo Neruda, a las de Confieso que he vivido y a las de Para nacer he nacido me refiero.

Valparaíso en blanco y negro en las fotografías de Sergio Larraín, que atrapó sus nieblas, penumbras y sombras fugitivas de una ciudad que se quema y derrumba, para renacer de sus cenizas.

Valparaíso vibra en las canciones de Ángel Parra o en las del Gitano Rodríguez, en una muy hermosa de Patricio Manns y en la voz de Jorge Farias, el Ruiseñor de los Cerros, que canta La joya del Pacífico en Valparaíso mi amor, la apasionante película del doctor Aldo Francia... Es Germaine Montero, la amiga de García Lorca, quien con su voz de gouaille canta la canción Hardi les gars! , que con su Nous irons à Valparaiso! abre la película de Jorys Ivens.

Debería estar en las películas de Raúl Ruiz, que frecuentaba con su peña de poetas y bohemios el Liberty de la plaza Echaurren, único superviviente de un barrio Puerto que el toque de queda de la dictadura de Pinochet se llevó por delante y a Ruiz a un exilio parisino.

De Valparaíso escribieron Joaquín Edwards Bello, Juan Uribe-Echeverría, Salvador Reyes, autores olvidados algunos, injustamente desconocidos, Manuel Peña Muñoz en Ayer soñé con Valparaíso, el poeta Guillermo Quiñonez, Carlos León, Roberto Ampuero con su detective Brulè, pero no solo en El caso Neruda…

Una ciudad pintada también, por el francés Thierry Defert, Lolo Coirón, ahora mismo y pintada en sus incontables murales: ciudad soporte de un arte urbano deslumbrante.

 

«NO SE PUEDE VIVIR sin conocerla», cantaba el Gitano Olvaldo Rodríguez, y en la misma canción dice que esa ciudad «Atrapa como el hambre».

Es Pablo Neruda, que tuvo en el Puerto su Club de la Bota, su enrevesada Sebastiana, allá arriba, en el Cerro Florida, quien en Para nacer he nacido escribe que caminando sus incontables escaleras acabarás dado la vuelta al mundo; las escaleras por las que ha rodado más de un borracho «como un meteoro negro»; escaleras interminables que surcan belenas y se pierden en las alturas, en los recovecos de las casas palafíticas, en ningún lado, en una puerta que es trampantojo que semeja la de la puerta de tu infancia, la de tus sueños, y a la que es inútil llamar porque es un muro, un espejo desazogado, otro pasadizo al próximo mundo.

La plaza Aníbal Pinto fue el inicio de mis derivas porteñas. Un día me eché a caminar Cerro Alegre abajo por la empedrada calle Templemann, en cuyo fondo se ven los cargueros de la bahía y luego por la Almirante Montt, la de las puertas y los trampantojos, y la casa de Salvador Allende hecha icono, y me encontré con las palmeras de la plaza, con la fuente del Neptuno, con los limpiabotas, con el tranvía, con una vendedora de plastificaciones, otra de cosas para limpiar gas, otro de manís y nueces caramelizadas, con un inevitable locutorio, un Café del Poeta y otro, el Riquet, el de los anuncios de neón rosas, ya rancios más que anacrónicos, encendidos en una mañana de lluvia y mucha bruma, y con el Cinzano, ese bar que nos va a embrujar y en el que tomé cañas de Canepa con el capitán Oliva, un charlatán de buena entraña que me contaba del mundo, de barcos del Pacífico, desde Seatle a Punta Arenas, de la gente a la que Pinochet envió de vacaciones lejos, a Suecia, a España, a vaya usted a saber dónde. Barcos, poemas y piscosauers gloriosos acompañados de choritos, y conversé, bajo los cuadros de feria que me recordaban a Dis Berlin, los barcos y el cachureo, de la isla de Juan Fernández y de la magia de la ciudad con el Uli, un expatriado alemán que había conocido en la isla, y con Brunster, poeta, y donde Rodolfo, el camarero, me solía comentar cómo va el mundo que, como todo el mundo sabe, va mal, rematadamente mal, porque no puede ir de otra manera y ya no hay ni vergüenza ni respeto, y dices sí señor, ahí está usted, ponga otra caña de Canepa, ah la vida, ah el mundo, ah todo.

En el Cinzano, el poeta Brunster me hablaba mucho de Georges Perec, de la vie mode d’emploi y del agotamiento de un lugar parisino. Esa plaza es un buen lugar para ese ejercicio y el mode d’emploi no me extraña porque es la ciudad del chisme y sólo del chisme y de la especulación.

Un buen lugar sería el ventanal del café Riquet, de no estar cerrado y para siempre. Desde ahí se podría haber hecho ese ejercicio, pero ya son raros, de verdad raros los extravagantes que poblaban las calles de Valparaíso o cuando menos las calles de papel de sus cronistas: «¿Ha llegado alguno nuevo?», preguntaba Neruda.

A falta del Riquet, estaba todavía El Café del Poeta que parece medio antiguo, pero es moderno y ofrece ediciones de poesía: Pesoa Veliz, Jorge Teiller, Cameron, de Rockha, Neruda por supuesto, Gonzalo Rojas, Ennio Moltedo, Enrique Lihn... Pero en Valparaíso el culto que se practica es sobre todo el de Neruda (que sirve hasta para dar nombre a un meublé desvencijado de la parte de la Avenida Francia, no lejos del ascensor más vertiginoso de Valparaíso, el Monjas).

Roberto Ampuero dice que a su detective Brulè le gusta una mesa que hay junto a la puerta, que es un mirador de la plaza: la fuente de Neptuno, la librería Ivens –donde los expatriados compraban Der Spiegel – y otras cosas que no se ven, salvo que alargues mucho el cuello o tengas el don de ver a través de los cuerpos opacos, pero dan carácter, ambiente.

Los camareros del Café del Poeta sabían de poesía. Si estaban en vena y os veían leer o escribir, era muy probable que os dieran palique poético; tal vez hasta escribieran poesía –Valpo, la ciudad de los poetas, no lo olvidemos–. Había uno que me hablaba de Enrique Lihn y de los poemas desarraigados de Teiller, en un sur de trenes, vías muertas y lluvia, mucha, pero sobre todo de Guillermo Quiñónez (1899-198, autor de un emocionante poema largo titulado «Balada de la galleta marinera» –Canto que a nadie ha de interesar es éste/ Ahí reside su júbilo– y de otro, «Cuando los veleros anclaban en Valparaíso», de no menor intensidad. Quiñónez fue un poeta de tierra firme con nostalgia incurable del mar que azota la Costanera de la ciudad con la que se había «enredado indisolublemente», que diría Carlos León, El Hombre de Playa Ancha, el contertulio del Riquet.

La nostalgia del mar-océano y sus horizontes
le había mordido el alma como a los perros de los veleros,
que bajaban a tierra con las tripulaciones
y se quedaban dormidos debajo de los catres de los lenocinios,
arrullados por la música febril de los somieres,
y después, morían en los malecones,
ladrándole a las velas,
cargadas de vientos de todos los barcos.

 

Al fin, después de varios viajes y de no pocas vueltas, di con la calle Pío Baroja, en el cerro Cordillera. Está donde la habían dejado los últimos cronistas que escribieron sobre ella, o poco menos, en el límite con el Cerro Chaparro. Cerros malfamados, porque en ellos habita (que le dicen) la pobreza y la delincuencia, dicen, se hacen lenguas, o tal vez a causa de la obsesiva conversación sobre la inseguridad ciudadana que se convierte en una de las mejores armas del autoritarismo y que tiene a esos y otros cerros como escenario favorito. Nada como tener a la población atemorizada con lo que de hecho pasa y sobre todo con lo que puede pasarle para poder meterle ley y orden a cucharadas soperas en el menú del día.

La pobreza, cuando está a la vista resulta sospechosa, la vemos como una amenaza a nuestra seguridad, a nuestro modo de vida y probablemente lo sea. Por eso no frecuentamos los lugares donde anida. Por eso los mantenemos apartados, los borramos del mapa, salvo que nos sirvan para hacer uso de ellos en nuestro beneficio. Y en esa calle de Valparaíso, y también en otras calles, por llamarlas de alguna manera, de los mismos y otros cerros, la pobreza salta a la vista, agresiva, inquietante. Además de nuestro mundo, hay otros, muchos, demasiados. Conviene pasar de largo.

Pablo Neruda se escondió en esos cerros de la persecución de la que fue objeto por parte de un dictador de feo rostro, González Videla, –amigo de Baroja, o eso decían, en su exilio parisino– que le declaró comunista y Enemigo de la Patria; habló de los habitantes de esos cerros, de los racimos de puertas pobres, de esas casas desvencijadas, habitadas por «dinastías de marítimos y portuarios, que se eternizan entre los cerros y el Puerto». Los oficios de la bahía se heredan: estibadores del cuarto y el medio pollo, mecánicos, ferreteros y shipchandlers , gruistas, lancheros, pescadores, camioneros… Otro tiempo, sin la amenaza del paro y las demoledoras reubicaciones neoliberales que paralizan en seco vidas.

La calle Pío Baroja es una calle humilde y descalabrada, sinuosa. No hay en ella una plaza donde tienda hoy su carpa un circo en derrota –el Circo Timoteo, el del Enano Cochino–, sino que por un lado está flanqueada por una escuela en cuyos muros aparece, blanco sobre negro, el nombre del escritor, y por otro, por casas bajas de techos y paredes de calamina verde limón, azul Prusia o desvaído, granate intenso. Viejas puertas y viejas aldabas. Algún derribo. En los bordes de la calle basuras, muebles desvencijados, escombros. A la espalda de la escuela hay una iglesia medio ruinosa y un enorme conventillo ahora restaurado y grafiteado en plan elegante por los grafiteros porteños que ponen su alegría, su arte cierto y su lirismo intenso de palabras, colores y formas en los muros descalabrados de la ciudad. Hace unos años, el ruinoso e insondable conventillo estaba habitado por delincuentes y travestís que salían nocturnos, como los vampiros. Eran una parte de esa leyenda urbana del viejo puerto que se renueva sin cesar, fantasía sobre verdad.

De la calle Pío Baroja salen un par de calles, que los días de lluvia se transforman en torrenteras, en cuyo fondo aparecen las grúas del puerto y los barcos que estén al atraque. Hasta allí llegan los bramidos de las sirenas y al día siguiente de las grandes borrascas, el olor del yodo marino. Le hubiese gustado al autor de La estrella del capitán Chimista.

El primer día que pasé por ella, un vecino que andaba al ojeo, cuando me vio tomando una fotografía del viejo cartel de la calle, además de decirme que tuviera cuidado porque me iban a robar la cámara –un guardacoches, unas calles más abajo, después de preguntarme: «¡Aonde va, gringo!?», me hizo un expresivo gesto de cortar el pescuezo–, me instruyó de inmediato sobre el nombre de la calle que, según él, era de «un importante papa de Roma, muy antiguo», por lo de Pío, explicó. Se mosqueó el hombre cuando me eché a reír. Y no le gustó nada que le dijera que era el nombre de un importante escritor. Importante o no, un escritor no es lo mismo que un papa ni de lejos, como todo el mundo sabe. Y mientras vivir en la calle de un papa tiene su prestigio, vivir en la de un escritor que vaya usted a saber qué habrá escrito, no tiene ninguno, sobre todo para quien no lee. Siento haberle dado el día. Supongo que en cuanto me di la vuelta, el papa regresó a los altares de aquel mitómano de barrio y ahí seguirá. De la misma manera que hace cincuenta años, la calle no era Pío Baroja, sino Pido barajo, una expresión del habla canalla porteña propicia a la bronca, según el folklorista Juan Uribe-Echeverría.

Esas calles vertiginosas van a parar a la plaza Echaurren, la plaza que fue de la marinería en tierra y hoy es de los mendigos y de los platos de sopa que reparten los que anuncian el fin del mundo y otras amenidades. El barrio chino porteño del que apenas queda nada, como no sea el Bar Liberty, un antro centenario, donde los borrachones medio méndigos o méndigos completos, beben y arman bulla debajo de un insólito cuadro, no malo, de tres jugadores de golf vestidos impecablemente de tales, auténticos gentlemens, y bajo una constelación de miles de gorras marineras y cuatro o cinco loros verdes y pulgosos que arman una gori de espanto en la penumbra. Ambiente. Espeso, pero el propicio para el cantante Jorge Farias, el de Volveré a triunfar y La joya del Pacífico, que acabó teniendo una pobre estatua de yeso en la fuente de la plaza.

Esa calle, ese barrio que nunca vio, aunque lo describiera con exactitud, le hubiese gustado a aquel Baroja que soñó, como pocos lo han hecho en lengua castellana, con una vida de aventuras, propia y ajena, o ajena hecha propia; con largas travesías, con vidas intensas de marinos que hacían la carrera de Ultramar, con espejismos americanos que supo escribir esa amarga e intensa poesía de la vida en el mar para seguir cien años después conmoviendo a sus lectores.

Pero fue en uno de los artículos que Quiñónez escribió sobre su ciudad hecha manía, donde di con la pista para encontrar esa calle que se me escapaba y que él describió como un lugar de desmontes donde había instalado su carpa uno de esos circos humildes que ponen algo de alegría en los cerros altos del descalabro y la pobreza; un escenario donde el poeta encontró a unos marineros en camiseta de lana azul, tomando el sol y fumando sus pipas: «Un organillero –escribe– tocaba un vals, que escuchaba una mujer desgreñada y gorda que lavaba un niño, al que esperaban otros niños para jugar a los bandidos. Ambiente y personajes del autor de Zalacain el aventurero, del áspero Pío Baroja (…) Después de nuestro descubrimiento nos fuimos a una taberna cercana, con clientela de hombres de mar, a descorchar unas botellas de vino. Estábamos todos jubilosos. Hablamos de don Eugenio Aviraneta, de Laura, del Empecinado, de Paradox, de Silverio Lanza, en el olvido, aun allá».

Aquel día era de la partida Juan Uribe-Echevarría, el vasco-chileno más barojiano, el que dijo que «A falta de mayores ocupaciones me aboné a Baroja», y autor de la estupenda novela porteña Sabadomingo (1973), la novela que describe la apoteósica llegada a Valparaíso del Winipeg, el barco de los «coños republicanos». Juan Uribe-Echeverría, un pelotari barojiano, amén de folklorista y novelista, a quien debemos los navarros el oxímoron barojiano, referido al periódico de los carlistas (El Pensamiento Navarro), de que pensamiento y navarro es imposible.

La taberna (¿Los Chicos Malos?) de la que habla Quiñonez y que les sirve para los brindis, estaría bajando hacía el barrio Puerto, por donde estuvo el cabaret de Los Siete Espejos que fotografió Sergio Larraín, al cabo de una de esas calles que son torrenteras del invierno, por las que merodean perros vagabundos, los quiltros, y suben o bajan gentes derrengadas o felices, decidoras, como aparecen en algunas escenas de la película Valparaíso mi amor (1969), del doctor Aldo Francia. El presente es otra cosa: más duro, sin marinos, sin circo, con calaminas roñosas que tabletean con el viento del otoño, con casas cerradas y deshabitadas. Allí todo invita a seguir viaje.

Y no solo Uribe fue aquel día de la partida, sino que había más compadres barojianos de parranda dominguera… poetas, un dramaturgo, un músico. Tardé en darme cuenta de que era una reunión de gente excepcional que por sí sola tiene una novela de exilio republicano español en Chile.

Allí estaba Alfredo González, autor de unas estupendas memorias, De carne y sueño , y un músico, el cellista Salvador Goñi… Me ayudó Google a averiguar quién era. Le puse por casualidad el segundo apellido y acerté a la primera: Salvador Goñi Urriza, de los Goñi Urriza, de Pamplona, como su esposa (de eso que llaman de «familia conocida» hasta ahora mismo): «los peligrosos Goñi Urriza». Salvador Goñi, abogado, concejal socialista del Ayuntamiento, exiliado, que de haber sido atrapado habría sido fusilado porque todos los hermanos fueron muy buscados; ellos y sus amigos. Tener amistad con los Goñi Urriza era motivo de denuncia y prueba de cargo. Salvador Goñi Urriza, padre de una arquitecta chilena de prestigio y abuelo de una novelista.

Y estaba también «El santanderino José Quintanilla »… es decir, el hermano del pintor Luis Quintanilla (durante meses jefe de los servicios secretos republicanos en San Juan de Luz), un personaje, José, de vida tan oscura que nadie quiere tocarla, ni su familia quiso saber qué hacía Pepe en el Madrid rojo, con sus trapicheos, sus influencias policiales y sus líos, y que había encontrado refugio en una conservera de langosta en Juan Fernández, lejos, de verdad lejos… ¿Sabían sus amigos del domingo porteño y barojiano quién era en realidad el santanderino? De hecho, ya nadie lo sabe, a no ser Javier Rubio Navarro, autor de fiar, creo, que escribió sobre él.

Y el cronista de la parranda, el poeta Guillermo Quiñonez , para mí el gran poeta del puerto, junto con Pablo de Rokha en Oceanía de Valparaíso. Días de fiesta, días barojianos, lejos de aquellos otros en los que Alfredo González acusó, de manera velada y con tristeza, a Juan Uribe-Echevarría de connivencia con el régimen de Pinochet.

En el cementerio de Playa Ancha está la animita de Émile Dubois. Es una de las primeras leyendas que me contaron al llegar a Valparaíso, hace siete años. Luego leí crónicas muy distintas, la novela de Carlos Droguett, Todas esas muertes y otra de Patricio Manns, La vida privada de Émile Dubois.

La historia de Émile Dubois es para unos la de un Landrú porteño, que fue acusado y condenado a muerte por el asesinato de cuatro ciudadanos extranjeros y estuvo a punto de acabar con la vida de un dentista gringo que tenía su consultorio en el edificio del desaparecido café Riquet, el que ha pasado a engrosar la nómina de lugares de Valparaíso de los que se habla en pasado.

Para otros, Dubois fue un Robin Hood, aunque él fuera el único beneficiario de sus requisas sangrientas, y la devoción popular lo ha convertido en santo. Así, como un verdugo de usureros, realizando un «trabajo de higiene social», es como aparece en la novela de Patricio Manns.

Émile Dubois, aunque en realidad pudiera llamarse Luis Amadeo Brihier Lacroix y nacido en Francia, en 1868, fue acusado de asesinar, entre 1904 y 1906, a los comerciantes franceses Ernesto Lafontaine e Isidoro Challe, al alemán Gustavo Titius y al inglés Reinaldo Tillmans. Cierto o invención, los cuatro pasan por haber sido usureros y Dubois un justiciero que libró a la sociedad de unos parásitos. El naciente proletariado porteño, vagamente anarquista, tenía su vengador.

Es posible que Dubois llegara a Valparaíso, desde Colombia, en 1903. Valparaíso seguía siendo entonces el gran puerto del Pacífico, el del aluvión de la inmigración extranjera en busca de mejor fortuna, el recaladero de los barcos que iban y venían de California, era la ciudad de la Aventura, pero sobre todo de la Busca termitera.

En ese escenario, Dubois fue un vividor y un modesto agitador social, un farsante que supo sacar partido de su farsa, que se dedicó con fortuna desigual al sable, a las fantasías de los negocios de humo, que ofició de ingeniero de minas y prometió, y embaucó todo lo que pudo. Supo sacar partido de la codicia y del afán de lucro sin escrúpulos del prójimo lanzado de manera furiosa en pos de la riqueza.

Lo detuvieron cuando intentó asesinar al dentista gringo Davies, en un local de la céntrica plaza Aníbal Pinto, pero no pudo con el dentista. Tras pelear con él sólo logró aturdirlo y Dubois se vio forzado a huir, pero fue perseguido y finalmente atrapado en una plazuela cercana. En esta ocasión no logró escapar, como en alguna otra en que sí fue acusado de uno de los crímenes cometidos. El ataque frustrado al dentista gringo reabre los anteriores casos y Dubois es juzgado y condenado a muerte. Apelará, una y otra vez, hasta que el presidente Montt le niegue la última gracia. Su proceso será un acontecimiento en la sociedad chilena de la época. La prensa siguió al día su proceso y todas sus circunstancias teatrales.

Al tiempo del terremoto de 1906, Dubois está en la cárcel de la que trató de huir, como otros presos, pero cuando vio que los reclusos eran abatidos a tiros por los guardianes, se limitó a esconderse. Esta escena dará pie a una de las páginas más afortunadas de la novela de Manns, como también la del matrimonio con su amante colombiana Úrsula Morales, con la que tenía un hijo, cuando ya se encontraba en capilla.

Émile Dubois fue fusilado en la mañana del 27 de marzo de 1907 por un pelotón de cuatro soldados. Su ejecución contó con un público numeroso, dentro y fuera de la prisión. El último deseo de Dubois fue echar un discurso en el que proclamó su inocencia y su condición de mártir, pidió consideración para su hijo y su esposa y que no le vendaran los ojos, y fumarse un cigarro marca Yolanda. Hay fotografías que lo muestran fumando ese último cigarro. Y quedan las últimas palabras: «¡Apunten bien al corazón, ejecutad!». Luis Amadeo Brihier Lacroix fue enterrado en el cementerio de Playa Ancha. Y su tumba, como la de muchos fallecidos de muerte violenta, se convirtió casi enseguida en lugar de culto y peregrinaje, aunque sus restos fueran a parar a la fosa común y a parte alguna. De prostitutas al principio, de ladrones luego, hasta hoy en que acuden estudiantes en mal de exámenes o jóvenes en mal de amores, o la mamá con su hija estudiante que rezaban con devoción al santo, ponían las preceptivas oraciones o aquella familia entera, azuzada por la abuela, que rezaba en grupo al patrono de los expoliados por la usura.

No es la tumba de Dubois, no hay tumba, no hay cuerpo, es su lugar de culto en una esquina más bien apartada del cementerio de Playa Ancha, plagado de placas de agradecimiento, objetos, muñecos, un delfín de cristal azul, peluches, dijes, cruces, papelitos con encomiendas, flores naturales recién colocadas y flores de plástico, y un cajetín de velas encendidas... y la oración a San Émile Dubois, ladrón, asesino y mártir.

* Los fragmentos aquí reunidos son capítulos del libro inédito Las puertas de Valparaíso basado en impresiones de viajes de los años 2003, 2004, 2008 y 2010.