Mercedes Cebrián – Comercio Exterior

ortegaNarrativa, SO7

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MERCEDES CEBRIÁN

COMERCIO EXTERIOR

“Tráenos algo importado, Lola” —el mensaje de su familia era claro y escueto. Algo importado: lo más fácil del mundo en un Duty Free Shop. Lo más fácil del mundo cuando alguien compra algo en un país A y lo regala en un país B: nadie va a obsequiar con un sombrero mexicano comprado en plena Gran Vía de Madrid a sus anfitriones de Oaxaca; nadie va a llevarle chocolate Lindt a un amigo que viva en Zúrich. Pero en la tarjeta de embarque de Gallardo López/María Dolores figura el falso acrónimo EZE, diminutivo de Ezeiza, el aeropuerto de Buenos Aires. Es decir con no llevarles una caja de alfajores, ya se puede considerar que los regalos son importados —piensa Lola sin verse obligada a realizar un esfuerzo mental excesivo.

     Porque de algún modo, ¿no son sus propios familiares de allí un grupo de personas que, décadas atrás, se autoexportaron por obligación, como si ellos mismos fuesen un producto ibérico envasado al vacío y necesario en una tierra donde faltaba mano de obra? Los tíosabuelos españoles de frente corta que al llegar a la ciudad en barco se instalaron en la versión tridimensional del cartel turístico que, repartido por oficinas turísticas de todo el mundo, muestra los multicolores conventillos para inmigrantes de la calle Caminito en el barrio de La Boca. A los tíos-abuelos españoles les fue bien, por eso procrearon y esas nuevas voces humanas, generadas por los Gallardo sobre tierra fértil y vacuna, ahora piden con insistencia algo importado como regalo.

    Perfumes franceses, italianos, estadounidenses y, en muy pequeña medida, españoles llenan un gran sector de las estanterías del Duty Free. He aquí el epítome de lo importado, piensa Lola. Si fuesen libros, sería políticamente incorrecto que se dividieran en textos para hombre y textos para mujer, pero al ser meros perfumes esperando ser atomizados sobre alguna piel, la división no molesta. Aunque no sirve como regalo para esa hidra de siete cabezas que es la familia hispano-argentina de Lola: ¿qué perfume o fragancia podría gustarle a todo un grupo de personas de nombres tan dispares como Osvaldo, Paula, Gabriela, Marcelo o Soraya? Abandona entonces la idea de llevarles perfume, no sin antes probarse cuatro: dos en las muñecas y dos en mitad del antebrazo. Su aroma es tan denso que parecen cubrirla con un chal olfativo intangible.

     Se dirige a los estantes del refrigerador donde los productos del cerdo loncheados esperan su turno para ser elegidos. Pero trece horas de vuelo con una pata de cerdo en rebanadas no es tampoco una idea brillante: ya llevó en una ocasión lonchas de jamón serrano envasadas al vacío (total, si nadie distingue, una vez fuera de España, entre el ibérico y otros jamones inferiores, como si las papilas gustativas de los foráneos no contasen con el dispositivo que logra diferenciarlos); al pasar la maleta por el escáner nada más entrar a Ezeiza, el policía, un hombre moreno de argentinidad condensada en un tamaño reducido, le hizo ver que no se podían introducir alimentos crudos en el país. Pero si hasta ella misma, en un momento dado, podía ser considerada alimento crudo si la atrapaba una tribu de caníbales —con este comentario trató de congraciarse con el poli, ayudándolo a relativizar, haciéndole ver inmediatamente después que ese jamón había sido curado, y que la técnica para curar alimentos es, de algún modo, una manera de cocinarlos, pues se emplea la salazón en el proceso. No insista —le dijo el policía, requisándole el paquete de jamón de gama media que probablemente llevó más tarde a su modesta casita de Quilmes o de Lanús y abrió y comió junto a su familia (“Che, gorda, no hagas cena hoy: mirá lo que traigo”).

     Sigue Lola en busca de lo importado, esta vez en la zona de ropa y complementos. Las chanclas Havaianas, descartadísimas, pues lo Made in Brazil se encuentra demasiado cerca de los Gallardo geográficamente; los productos de Agatha Ruiz de La Prada también los descarta, pero por razones diferentes: su religión laica no le permitía comprar una combinación de colores tan incomprensible. El policía argentino que le retuvo el jamón en la aduana aquella vez, ¿habría hecho lo mismo con un albornoz fucsia estampado a base de corazones color verde billar? Quizá algún uso le habrían sabido dar en la casita de Quilmes o Lanús.

     Quedan veinte minutos para el embarque y hay una larga cola integrada por compradores de cartones de Fortuna Light y de toros negros reproducidos en diversos materiales. Ha que decidirse ya mismo por un regalo importado. Deja atrás Lola varias tabletas de turrón del duro y una caja de polvorones, casi seguro vueltos a envasar tras las fiestas navideñas, y se acerca a la sección de los alcoholes. Las ginebras, los rones y los whiskies, todos de pie y en fila, como si fuesen hombres en una rueda de reconocimiento policial. Glenmorangie, Macallan, Johnny Walker… maltas que han descansado en barricas de roble de las Highlands, de Irlanda, de Tennessee. Todas las variantes han sido destiladas en países sajones menos una: la de DYC, el whisky para gente sin complejos, como decidió anunciarse la marca a finales del siglo XX. Los anuncios mostraban a personas con algún rasgo prominente o poco atractivo en el cuerpo pero que no por ello se sentían amargadas o inferiores al resto. Por ejemplo, un trío de obesos. Uno de ellos, el primero de la izquierda, era el novio de Lola por aquel entonces. Necesitaba un dinero extra, dijo, y pagaban bien. No tanto la vergüenza de regalarles a Osvaldo, Paula, Gabriela y los demás un whisky hecho en Segovia, sino más bien el arrebato de vergüenza repentino ante aquel novio del pasado, le hace olvidar los whiskies y dirigirse hacia las bebidas blancas. Allí pasa de largo los vodkas y las cada vez más numerosas ginebras; ¿qué tal una Larios, malagueña y económica? Pero el diablo marrón de orejas puntiagudas y sotabarba que figura en la etiqueta de la botella de Anís del Mono la mira con su mal humor acostumbrado y logra convencerla. En la cola para pagar, Lola, de repente algo avergonzada ante su elección, tapa la ilustración del homínido feo. Mientras espera su turno ante la caja, se le van los ojos hacia un espectáculo en directo de formato reducido que acaba de comenzar en medio de la tienda. Lo protagonizan una chica y un chico vestidos de marinero, es decir, con camisetas a rayas blanquiazules y sendas gorritas de grumete. El espectáculo es completamente incoherente con el resto de lo que sucede en el Duty Free: quizá el hecho de que estemos en verano impulse a los que idearon la promoción a vestir de marinero a los dos bailarines. Un grupo de japoneses y unos viejos de aire muy castellano miran con impaciencia a los marineros, cuya coreografía obstaculiza el paso a los distintos sectores de la tienda. Los marineros terminan su baile, procedente de una película de Gene Kelly, y comunican la promoción del día: por una botella de alcohol nacional, le regalamos un paquete envasado al vacío de paletilla ibérica. Lola se alegra: ya sabe lo que el policía bajito y argentino cenará mañana en su casa de Quilmes o Lanús.