José Ignacio Carnero Sobrado – Ser otro

ortegaNarrativa, SO6

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ALMERINDA PEREIRA. José Luís Peixoto. 2014

JOSÉ IGNACIO
CARNERO SOBRADO

Ser otro

Vivir es ser otro. Ni sentir es posible si hoy se siente como ayer se
sintió. Sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir: es recordar lo que se
sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.
Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

     He dado un paseo por las calles de Marvão, y he creído difuminarme a cada paso que daba. El calor a estas alturas de agosto hace más irreal todavía el ambiente. Detiene el segundero del reloj, y me hace caer en un letargo en el que el tiempo deja de existir, y sólo es un océano de horas. Es lo que también les sucede a estos ancianos que permanecen callados en la plaza del pueblo. Están quietos, apoyados en sus cachavas, contemplando un mundo que se desvanece ante sus miradas, y con las piernas colgando del abismo en que se ha convertido el futuro para ellos.

     Cuando llego a la que está siendo mi casa estos días, el calor cesa de inmediato. Las gruesas paredes encaladas alivian el sol que cae a plomo en el Alentejo, y que hace que el asfalto arda. Subo a la habitación, me desvisto, y me meto en la ducha. Cierro los ojos, elevo ligeramente la cabeza, y pronto el agua tapona mis tímpanos hasta crear una sensación de vacío. Pero las gotas que caen de la ducha siguen repiqueteando contra mis oídos. Es entonces cuando lo oigo: llueve como en Bilbao.

    He cerrado el grifo. Casi sin esfuerzo, me he secado de inmediato, y he vuelto a la perpetua canícula de este territorio, pero pronto me he dado cuenta de que sigue lloviendo sobre mis recuerdos. Siempre es así. Sobre ellos cae un agua perpetua, que los oxida y envejece. Hay quien lo escucha, y quien no: oír el sonido de la lluvia es un buen indicio de que se está solo. Como yo ahora mismo, aquí, a ochocientos kilómetros de Bilbao, mi ciudad, a más de mil de Barcelona, donde ahora vivo, pero oyendo siempre la misma lluvia de forma invariable.

     Esa lluvia debió oír también mi padre estas últimas navidades, que fue la última vez que estuve con él en Bilbao. Unos días antes, un primo suyo contactó conmigo porque quería mandarle unas fotos antiguas que había encontrado, y le resultaba más cómodo enviarlas por correo electrónico. Pasados unos días recibí las fotos. Aparecían los dos, mi padre y su primo, cuando ambos eran adolescentes. A ninguno de los dos conozco. Tampoco a mi padre o, para ser exactos, a quien fue mi padre, y aparece retratado en esa foto. La debieron sacar en un día de fiesta, porque los dos primos llevan unos trajes que pretenden ser elegantes, aunque en realidad son ropas desgastadas, y varias tallas más grandes que las que les corresponderían. Detrás de ambos, un carro lleno de hierba, y un hórreo. Es Galicia, es la posguerra, y hay en sus rostros cierto gesto de quien sabe que va a emigrar, y se despide sin querer decir que ya ha empezado a hacerlo.

     Quizá fuera su última fiesta. Como aquella otra mía, en Bilbao, al terminar la carrera, y antes de irme a vivir a Madrid. Fue con B, y aunque ella no se lo crea, supe con certeza que era la última noche. Recuerdo sus apuntes de Estructuras de la Edificación en el asiento de atrás del coche. Era un día de lluvia también. Ahora que me he tumbado en la cama, y el sol que se cuela por la ventana me ciega los ojos, puedo verla tal y como era entonces. Siempre que pienso en ella me sucede. A pesar de que nos veamos a menudo, y nos saludemos por la calle, cuando estoy solo y pienso en B, nunca la veo tal y como es ahora. Es la prueba más evidente de que, pasado tanto tiempo, no he traicionado a aquella chica que ya no existe.

     Ha comenzado a atardecer en Marvão, y en las paredes se dibujan extrañas formas ocreas. Un perro ladra en la calle. Son callejas estrechas en las que los sonidos parecen más cercanos aún. Algunas personas han salido de sus casas aprovechando que el calor amaina. Y yo, ahora que el pueblo se va llenando de sombras, puedo ver mejor el crepúsculo de la juventud. La mía, y la de mi padre, que parecen entrecruzarse ambas en estas solitarias y angostas calles de Marvão. Los dos hombres que fuimos mirándose mutuamente como desconocidos que se encuentran en este solitario lugar, que comienza a llenarse de luces de farolas encendidas como linternas en la niebla.

     Estos dos momentos son un vértice de nuestra biografía. Pocas veces uno es consciente de que está doblando una esquina de sí mismo, pero sucede. Son ángulos que se retienen en la memoria, porque el resto es un océano de días a través del cual se hace imposible explicarnos, justificar quienes somos, perdonarnos. Un mar de decisiones que se toman a cada instante y que, como sedimentos de nosotros mismos, se acumulan en las orillas de la vida propia. Nos construimos así. Nada de lo que hacemos es inocuo, porque es la acumulación de actos espontáneos, de insignificancias, lo que nos acaba por definir. Somos piedras de una playa moldeadas por la paciencia de las olas, pienso viendo la foto de mi padre mientras el sol que se cuela a través de la ventana, se esconde también en la habitación, y recorre mi cara, hasta, con su sombra, partirme en dos, en tres, en varias piezas de mí mismo que no consigo recomponer, y que podría buscar a tientas por el suelo de este cuarto.

     Por un momento dormito en la cama con la foto entre las manos, y siento el vacío de no tener nada en qué pensar. Es una sensación de la que ahora es fácil huir, pero que no lo era cuando conocí a B. Cuando estaba con ella perdía el control de lo que sucedía a mi alrededor, porque todo lo demás era silencio. Ella era lo único real que importaba, y en torno a nosotros, como un mapa desplegado, sólo un universo desierto abierto a los pies. No era doloroso, al contrario, era como un narcótico que me hacía desaparecer y no tener a qué aferrarme. Sólo a ella, que desapareció como un fantasma de otro tiempo, a pesar de que me la encuentre por la calle, y le pregunte por el trabajo, por su familia, o por su perro, que ya será viejo, o habrá muerto quizá. Hablo con B, pero es más real cuando la pienso, que cuando es, porque ya no existe cómo yo la recuerdo.

     Eso me sucede también con la foto de mi padre, aunque de distinta manera. Nunca había visto fotos suyas tan joven. Mi mirada estaba acostumbrada a verle en otras fotos con treinta años, más o menos la edad que tengo yo ahora, o más mayor. Al verle así, puedo intuir qué tipo de hombre era entonces, y acabo por concluir que, aproximadamente, el mismo que yo ahora. Sin embargo, al verle tan joven algo se ha movido dentro de mí. Ha sido como ver a un desconocido, al que, no sabes bien porqué, conoces de algo, y comienzas a sentir temor. Buscas en la memoria y no hallas nada. Esa cara, ese gesto, afloran a través de un desconchado de la memoria, como si lo hicieran a través de estas grietas de las fachadas encaladas de Marvão. Removiendo la fisura, uno intenta lograr rescatar un acontecimiento sepultado entre sucesos posteriores, que consumen la realidad como termitas, pero es en vano, porque su rostro, el de ese hombre que dice ser mi padre, es tan impenetrable como el de un moái de la Isla de Pascua.

     Ya el pueblo se ha quedado totalmente a oscuras. Sólo lo iluminan las farolas diseminadas por sus calles. La campana de la iglesia suena levemente y yo decido salir a dar un paseo. Al acercarme al castillo me ocurre algo que sucede cada cierto tiempo. Se suelen ver como se ve una estrella fugaz. Como a un cometa tal vez. Porque ocurre siempre de noche. También, en ocasiones,al atardecer, a esa del crepúsculo que es una frontera de la intimidad. Camina uno distraído por la calle y de pronto ocurre. Una chica sale de un portal llorando y se cruza en mi camino. Resulta imposible no seguirla con la mirada durante unos segundos. La belleza de esa tragedia me atrae como espectador de algo ajeno, porque cuando es algo propio no solemos asomarnos al balcón para verlas alejarse. Sin embargo, con esa desconocida nos pararíamos a hablar, preguntarle qué le pasa, y decirle que seguro que no es tan importante. Pero nunca lo hacemos. Esta noche tampoco. Después se aleja convertida en una sombra. Se seca las lágrimas por pudor. Entonces, y esto es más raro aún que suceda, se gira consciente de que la he visto llorar, y sonríe. Apenas un instante, pero suficiente para contener todo cuanto es la esencia de la vida.

     Es de noche, y las caras que veo en los bares, tomando cervezas y licores, son las mismas de siempre. No son desconocidos, son los mismos aunque con otro aspecto, que se repiten en todas las ciudades y pueblos cada madrugada. Ellos son más accesibles que el rostro de la fotografía, a pesar de que nunca les haya dirigido la palabra. Son las mismas personas que he conocido en otras noches, en otros lugares. Me sucede lo mismo con las turistas que llegan a mi barrio de Barcelona los fines de semana. El lunes las calles del Born se quedarán vacías de nuevo, y así hasta el viernes siguiente de forma constante durante todo el año. He acabado por pensar que son también las mismas personas y, entre ellas, una única mujer que viene a visitarme cada fin de semana. Acabaré quizá tratándolas como a conocidas, como si fuesen una única, hasta que la cotidianeidad de mi trato le extrañe a alguna. Os conozco a todas como si fueseis la misma, le confesaré finalmente a una de ellas, y ésta quizá me responda que podría ir a visitarlas a uno de esos fríos países del norte de los que vienen. La idea me gusta, pienso ahora que camino de vuelta a casa, y cuando alzo la vista al horizonte imagino un lugar así al que volver. Un lugar en el que estén todas esas otras mujeres, que son siempre la misma en realidad.

Desde lo alto del pueblo se puede intuir el pequeño mundo que es todo cuanto la vista abarca. Unas chicas pasan a mi lado hablando portugués entre risas. Son desconocidas, como desconocido, aunque cada vez menos, es su idioma, que es una geografía que comienzo a descubrir. Me gusta oírlo porque es como un atlas con zonas vírgenes. Como un cuerpo nuevo que acariciar. Lo mismo me ocurrió cuando conocí a P y me hablaba en catalán, tot just despertàvem del son dels infants, y entonces me gustaba más todavía, porque era como verla con un vestido nuevo o, incluso, como estar con otra mujer, pero sin dejar de ser ella. Era una infidelidad sin culpa.

Pero eso ya es sólo pasado, que desde lo alto de este risco sobre el que se asienta Marvão, se ve con más claridad aún. A decir verdad, desde aquí todo cobra su auténtica dimensión, y nos hace ver las cosas del tamaño preciso. Como he llegado en coche desde España, si miro hacia Extremadura, veré el pasado, y si aprieto los ojos y, sin éxito, intento ver Lisboa, observaré el futuro abrirse a través de un Tajo cada vez más inabarcable. Al mirar hacia el mar que el Tajo inaugura, siente uno el temor a lo desconocido. Por eso, tal vez, pienso en recorrer el camino de vuelta, y no sé porque, eso me hace recordar a B. Puede ser porque quizá al recorrerlo la encuentre aún en esa encrucijada donde nos despedimos. Quizá también halle en mi camino los campos arrasados por este sol que hace arder al Alentejo, y tras un páramo yermo, quebrados por una frontera que no existe, la sombra de nuestros cuerpos.

     Pero cuando dejo de pensar en nosotros, si es que seguimos existiendo como tales, la oscuridad me cubre por completo. Me llama al móvil G, que me cuenta que la novia de un amigo ha tenido un aborto; que otro se ha comprado una casa; y que se ha encontrado a D en el supermercado. Hace años que no veo a D. Decían de su padre que era pastor, pero al cabo de un tiempo supimos que era guardia civil. ETA todavía no había dejado de matar, y D se inventó el oficio de su padre para no tener que dar explicaciones en el instituto de Bilbao. Era invisible. Tendría su vida familiar, sus amigos, pero para el resto de la gente era un enigma. Un manto de silencio y misterio. Siempre me pregunté porque a alguien, quizá a su hijo, se le ocurrió decir que era pastor. Y, sobre todo, porque nadie se dio cuenta de que era un disparate que en una ciudad industrial como Bilbao hubiera pastores. Quizá alguno por Artxanda, pero nada más. No era, desde luego, un disfraz muy eficiente. A mi, al menos, siempre me llamó la atención y me hizo sospechar. Quién ideó la simulación puede ser que pensase en una profesión sin peligros, como la de pastor, que a lo mejor fue la de los abuelos antes de venir al País Vasco a trabajar en esas fábricas que vomitaban humo y ceniza, y dejaban la ropa de los tendederos llena de mugre y hollín.

     Cierro la puerta de la casa, y mientras abro una botella de vino, pienso en las certezas y principios que tenía D cuando le conocí, y caigo en la conclusión, no me había dado cuenta hasta ahora, de que las necesitaba como apoyo frente a la inseguridad en la que vivía. Frente al miedo a que una mañana matasen a su padre, el pastor.

     Termino ya de hablar con G, que me sigue contando que hace unos días estuvo con D, y que se ha vuelto mezquino e insoportable. Entonces sólo era un chico con miedo. Es inimaginable hacia dónde la desconfianza nos lleva, le digo a G mientras me sirvo una copa de vino, y miro a unas ancianas despedirse en la calle.

     Apoyado en la barandilla de la terraza que da a la calle, oigo el sonido de los grillos, y a unos hombres pronunciar la palabra crise, crisis, que se ha convertido en algo tan común, que es ya como un hogar para nosotros: los que vivimos en este pedazo de tierra ibérica. Un hogar infeliz, pero un hogar, al fin y al cabo. Eso me hace acordarme de que pronto acabarán las vacaciones, y volveré a oír esa palabra en las salas de reuniones y en los juzgados. Como hace unos días, justo antes de comenzar mis vacaciones, y de llegar a Marvão. Un niño, no tendría más de doce años, acompañaba a su padre en el juzgado. El padre estaba nervioso a pesar de que su abogado trataba de tranquilizarle. Cuando fue a entrar a la sala de vistas, me pude dar cuenta de que el hijo, que se quedó fuera, vio a su padre descompuesto, débil, sin saber reaccionar ante un mundo que le era ajeno. Esa solemnidad del juzgado acabó por convertirle en otra persona distinta a la que el niño conocía, y a la que estaba acostumbrado a ver. La del padre protector y seguro de sí mismo. El hijo le miró por última vez como a un extraño, y bajó la vista cuando su padre entró a la sala. Indefenso por ver así a quien creía invulnerable, sintió el miedo real por primera vez. El miedo a lo tangible, a las cosas que suceden y nos golpean. Desahucios, deudas, despidos. En sus ojos algo había cambiado. Ya no era el mismo. Ardió en ellos la llama que quema la infancia.

     Al acordarme de ello, he vuelto a coger la foto de mi padre, y he indagado de nuevo en su mirada. Apenas he encontrado nada. Concluyo que no le conozco. Su rostro me es distante. No logro saber en qué está pensando, ni qué sueños tiene, porque en el fondo sé que son otros distintos a los que después tuvo, como también me ha sucedido a mi. Yo a veces también me siento otro. Estoy acostumbrado a eso. Pero a lo que no estaba acostumbrado era a tener esa misma sensación en mi padre. Ese punto inamovible que durante años ha sido, y que sigue siéndolo, se ha tambaleado al ver esa fotografía.

     Sí, ahora lo recuerdo bien. Las pasadas navidades no caí en lo que sucedió en la cena de Nochebuena. Al recibir el correo electrónico del primo de mi padre, mandé imprimir y enmarcar la fotografía. Terminó la cena, y le entregué el regalo. Abrió el envoltorio, y al verse a sí mismo creo que sintió algo parecido a lo que yo he percibido al ver hoy la imagen. La contempló durante unos segundos, me sonrió, y la dejó posada boca abajo en la mesa, como queriendo despedirse de quien ya no existe.