Clara Pastor – New Heaven

ortegaNarrativa, SO6

CLARA PASTOR

New Haven
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Almerinda Pereira. Javier Tomeo. 2014

Para ir al cementerio han tomado el tren. Hay que andar quince minutos hasta la estación, hace frío, como siempre en febrero, y sería más cómodo acercarse con el coche, dejarlo en la entrada y andar el tramo de sendero empedrado hasta donde está su tumba. Pero cada año prefieren ir en tren; es el tren que tomaba él para ir a verles el fin de semana, cuando terminó la universidad y ya trabajaba en la ciudad.

Es temprano y este año el aniversario cae en domingo. En su vagón no hay más que una mujer negra que probablemente vuelve a casa después del turno de noche en el hospital cercano. Cuando bajan del tren la estación está desierta, suben el tramo de escaleras metálicas desde el andén hasta la calle y allí les envuelve el paisaje de un paraíso helado. Todo brilla con la nieve recién caída y bajo el manto blanco se adivinan las formas de los arbustos, los muros de piedra y los parterres donde en primavera salen las flores. No hay nadie en las calles y los periódicos esperan en la puerta de entrada de las casas envueltos en bolsas de plástico transparente a que sus habitantes los recojan. Algunos saldrán a buscarlos en bata o vestidos con ropa deportiva y achinarán los ojos cuando les sorprenda el reflejo del sol sobre la nieve. Dentro les esperará el resto de la familia, aún en la cama o en la cocina, listos para el desayuno. Y tanto fuera como dentro de las casas parecerá que nada inesperado y feo podría llegar a suceder nunca.

Ellos dos caminan muy juntos. Sienten esa seguridad que todo lo envuelve y en medio el hueco de la excepción que les visitó a ellos y transformó para siempre las mañanas, los días y los anocheceres. Por eso se agarran del brazo, no sea que el hueco roa también un vacío entre ellos, los que quedaron. Pasan por delante del café que hay en la última esquina antes de llegar a la puerta del cementerio y el hombre le pregunta a su mujer si quiere que paren a tomar algo caliente. Ella dice que tal vez sí, que podrían pedir dos de esos cafés dulces con mucha espuma y llevarlos con ellos para calentarles las manos, y el alma. Dice lo del alma y él sonríe porque sabe que tiene razón. Que ese sabor les acompañará en la visita y hará más alegre el rito necesario y triste de recordar el día que murió, en una ciudad lejana y solo.

Entran en el café que huele a vainilla y a bollos recién horneados y piden dos cafés grandes para llevar. La chica que les sirve es amable, estudiante en la universidad seguramente. ‘¿Algo más?’ les pregunta poniendo las tapas a los vasos de papel. ‘No, con el café está bien’, responde el hombre, devolviéndole la sonrisa. Paga, se despiden con el familiar ‘Que tenga un buen día’ y salen de nuevo a la calle. El tramo que queda hasta la entrada del cementerio está bordeado de unos árboles altísimos, hoy cubiertos con la nieve recién caída, que aguantará hasta que el sol caliente y haga que caiga, amontonándose con algún resto de pinaza en las aceras. Todas las estaciones traen algún recuerdo nítido y la del invierno es el de los chicos jugando en el jardín, haciendo muñecos de nieve o escondiéndose de las bolas que lanza el otro.

‘Gabriel siempre decía que la nieve le dolía, ¿te acuerdas?,’ dice la mujer sin necesidad de poner el recuerdo en un contexto que ambos conocen.

‘Sí,’ sonríe él. ‘Era el primero en cansarse y el pobre Rafe se quedaba solo en el fuerte con el resto de la artillería. Gabriel entraba y se acurrucaba junto a la ventana y miraba afuera.’

‘Al mundo que le esperaba…decía eso, ¿te acuerdas? Y no podía tener más de diez años,’ añade ella.

El hombre asiente y siguen andando en silencio, cruzan la avenida y luego las puertas de hierro. Unos pájaros blancos y negros son lo único que se mueve en el jardín helado, porque eso es el cementerio: la continuación de los jardines de las casas pulcras y señoriales donde las familias empiezan a desperezarse. Nada malo puede pasar, ni antes ni después de la muerte. La muerte es lo que nos llega a todos, aunque sea el último cambio para el que nunca estamos preparados. Pero de eso no hablan, ni él ni ella, no en voz alta. En lugar de eso se alegran de ver los pájaros blancos y negros que saltan entre las lápidas y se asoman a los bancos en busca de comida, un signo de que la vida sigue viva aún en el lugar donde descansan los que ya no viven.

‘El año pasado no había tanta nieve y la que había no era nueva,’ dice ella.

‘No, quizás no,’ responde él.

‘No, fueron esos días demasiado calurosos para la época del año que Rafe vino con su amiga y querían ir a patinar en el pantano y no se podía,’ precisa ella. Recordar algo concreto de cada año los distingue y los ordena. Un año jugaban a lanzarse bolas de nieve en el jardín, otro fue el que no pudieron patinar Rafe y su amiga y Gabriel está presente en todos ellos. La mujer siente por un instante el temor a que llegue un momento en que no pueda identificar algo de ellos uno a uno y se fundan en una larga espera. Y entonces le pregunta a su marido, deteniéndose:

‘¿Rob, tú crees que se fue porque no le gustaba la nieve, por algo de este lugar que no le gustaba?’ Y sin darle tiempo a responder sigue: ‘¿O por algo que hicimos…?’

La última pregunta se le atraganta y él teme que puedan venir las lágrimas. Es la misma pregunta, la que sigue allí año tras año y emerge en el aniversario. Él le acaricia la mano y le dice que no, que claro que no se fue ni por la nieve ni por nada que ellos hicieran. Se fue porque ese era su destino, salir al encuentro del mundo que le estaba esperando desde que era niño. Ella conoce las palabras, pero no la consuelan porque el recuerdo sigue vivo, vivo y doliente como la pregunta.

‘Pero siempre decía que vivíamos en una isla protegida, bella y luminosa —luminosa, decía, ¿te acuerdas?, desde que volvió de Italia— y que ahí fuera la vida seguía sus ritmos emocionantes y crueles. Cattivos, decía.’ Sonríe recordando a su hijo travieso y brillante y tan, tan trabajador y obstinado en todo lo que hacía.

El marido se alegra de que ella elija sonreír, de que mantenga el llanto en la orilla y no se culpe. Sobre todo de que no se culpe, porque nada hay de lo que culparse, no en este caso. Le dieron todo lo que podían y supieron darle y su vida fue el resultado de ello, breve pero hermosa. También él se pregunta por qué se fue yendo tan lejos, primero a la ciudad, años en los que le veían poco y siempre un poco atormentado, pero le veían. Y luego la vuelta a Europa, a la ciudad en la que atesoraba los recuerdos de sus primeros años lejos de casa. La vuelta a Europa fue un buen paso después de la actividad frenética de trabajos alejados de sus sensibilidades más íntimas, sólo trabajando y ganando dinero, teniendo el éxito de los otros, de los que no eran como sus padres.

‘Se le veía tan feliz. La última vez que le vimos había vuelto a escribir y a pintar…Le sentaba bien Europa…’ dice la mujer siguiendo el hilo del pensamiento de él. ‘Aquí parecía siempre un poco enfadado, ¿no crees?’

El hombre no dice nada. No es en realidad una pregunta sino la continuación de la duda de por qué se fue, de qué era lo que le hacía querer estar lejos de allí, como si la única manera de lograr la paz con su origen hubiera sido mantenerse alejado de él. También de ellos.

‘No era por algo que dijimos o hicimos, ¿verdad?,’ ella regresa con la pregunta y él vuelve a acariciarle la mano, negando con la cabeza.

‘Fueron esos años en la ciudad. Le veíamos tan poco y cuando le veíamos era difícil hablar con él de nada que no fuera el trabajo y todo el dinero que estaba ganando: “el sistema”, solía llamarlo. No sé qué haría en esos años…’ No termina la frase y la pregunta queda en suspenso, donde estuvo siempre, incluso el día del funeral, cuando algunas lenguas más audaces se referían a ese tiempo como el culpable de su muerte. Vivir tan intensamente pasa factura, dijo alguien. Aunque por suerte los padres no lo oyeron.

Saben que fueron unos años oscuros para él, o a ellos se lo parecía, en la angustia de ver que se deslizaba fuera de su mundo. Renegaba de la academia y de sus popes atrincherados en la comodidad de sus ideas abstractas. Ni siquiera Umberto Eco, al que había ido a conocer a Boloña para ser su alumno y tal vez discípulo, se salvaba. Pero le pareció pedante y envarado y trataba a los estudiantes fatal. El hombre sonríe para sí, recordando el énfasis que ponía su hijo en la caricatura del venerado intelectual italiano. Claro que el hecho de que repartiera su burla a ambos lados del Atlántico le tranquilizaba, le hacía sentirse un poco menos ¿fracasado? en su intento civilizatorio de los jóvenes que acudían a las aulas de la universidad para adquirir una ‘buena educación’. Su hijo se reía de ello, era duro, pero él también había pasado sus cuatro años allí y su padre sabe que sin ellos nunca habría adquirido las herramientas de la crítica, las mismas que pueden hacerle a uno sentirse tan extraño y solo.

‘Pero nunca dejó de escribir, ¿te das cuenta?,’ dice la mujer mirando a su marido y soltándole el brazo. ‘La escritura estuvo siempre, siempre, siempre en su vida, y luego la completó con la pintura. Era incombustible…’

Se interrumpe, bien porque hay mucho que recordar y las palabras podrían empequeñecerlo, bien porque han llegado al sitio. Allí está enterrado, bajo una lápida de piedra sencilla con su nombre y los años de su nacimiento y de su muerte: Gabriel Burns Stepto 1970-2003, el nombre y la fecha escritos en la única franja de gris entre la capa de nieve que ha quedado sobre la lápida y el grueso manto que cubre la tierra. Todo brilla alrededor de su nombre y los padres se aferran a ese brillo como signo de algo que no describen porque su lenguaje preciso y empírico no les permite hacerlo. Después de la vida, la muerte, y lo único que queda son las obras y el recuerdo, nada más. Ese es su rito silencioso de cada año, sin flores, sin rezos, sin más música que la de algún coche que pasa por la avenida que circunda el cementerio. Y sin Rafe, su hijo pequeño, que si visita el cementerio lo hará sin decirles nada, en momentos de tristeza o desasosiego.

Permanecen así en silencio un rato largo y ambos piensan lo mismo. En cómo murió, lejos y solo, esperando a su joven esposa, Anna, que llegó del trabajo cuando su corazón ya se había parado. Imaginan su último momento entre sus lienzos —Basquiat, soy el nuevo Basquiat, decía, irónico y eufórico cuando se descubrió brillante también con el pincel—, en el apartamento del barrio al que quiso regresar y que ellos nunca llegaron a conocer. Siguen la estas ya no imaginadas, del viaje interminable hasta allí, los preparativos del funeral, la puesta en escena para evitar la liturgia habitual; la música de jazz, las palabras del hermano, el silencio, la ausencia de plegaria y los abrazos desolados de gente que apenas conocían, casi todos jóvenes, de su misma edad. Y luego, tal vez más borrosas, las de los días de espera para la autopsia, la ansiedad, el traslado del féretro en avión y la llegada al aeropuerto cuando empezaba a anochecer.

Uno de esos días, ella perdió los estribos. Fueron al hospital por la mañana, esperando firmar ya los papeles para el traslado. Al fin y al cabo ya sabían la causa de la muerte: muerte súbita, infarto, sin restos de alcohol, drogas o fármacos en la sangre. Se le paró el corazón y basta. Esa es la causa que determinan los médicos, pero ellos no pueden ir más atrás. No pueden determinar si algo que sucedió antes, en algún tramo de su vida, tuvo que ver con su muerte. Los médicos habían hecho su trabajo y los padres querían llevarse a su hijo a casa. ‘

¿Por qué entonces no podemos acabar con esto si ya saben de qué murió? ¿Qué más necesitan, para qué quieren retenerle más? Quiero llevarlo a casa y enterrarlo, ¿es que nadie lo entiende?’ No necesitaban saber nada más, ya sólo querían marcharse lejos de allí, del lugar en el que lo perdieron. Anna viajó con ellos. Se la veía tan pequeña dentro de su abrigo gris, sus grandes ojos oscuros divididos entre la tristeza y el enfado por ese final que llegó cuando acababan de empezar la vida que ambos deseaban al dejar la ciudad de cemento y marcharse a Europa. Algo de esos años lo mató pero nadie dijo nada; nadie tenía una palabra que sirviera para calmar el dolor. Sólo querían irse a casa para enterrarle allí.

Se acuerdan de esa escena y por un momento, frente a la tumba, la reviven. Pero orillan el empeño absurdo de llevarse a casa algo que ya no es nada, porque después de la muerte no hay nada y todo eso de que morimos cuando ya hicimos lo que vinimos a hacer aquí es tan ridículo como discutir la existencia un Dios cuya inexistencia es evidente. Cómo dejaría sino que pasaran cosas como que un autocar lleno de escolares choque con una máquina quitanieves, o que una ciudad entera quede barrida por un huracán. Esta era una conversación habitual con los chicos, como lo era entre ellos dos cuando eran jóvenes solteros aún sin hijos: una forma de afrontar la vida con valentía, por lo que significa la ausencia terrible de Dios, y de distinguirse de los que necesitan creer para darle sentido a la vida.

Pero ahora no piensan en eso. Descansan la mirada en la tumba y ella vuelve a apoyarse en el brazo de su marido. Sorben el café caliente y dulce, y le recuerdan. Se acercan dos pájaros, uno se posa sobre la lápida, el otro picotea la nieve que está al pie y se detiene un instante, mirando en dirección a un punto más allá de las lápidas, donde está el lago helado.

La mujer sonríe y dice que a él le habría gustado esa imagen tan sobria y poética de los pájaros visitando su tumba. Sí, le habría gustado seguro, responde el hombre y le pregunta si no quiere sentarse un rato en el banco que hay un poco más allá.

‘Sí,’ responde ella, ‘quedémonos un rato más.’

En ese momento ven acercarse una figura por el mismo sendero empedrado por el que han llegado ellos. Es una mujer, menuda, vestida con un abrigo oscuro y un gorro de lana gris. Anda con pasos cortos, una bolsa en una mano y en la otra algo envuelto con papel marrón que parecen flores. Cuando se acerca un poco más ven que sí, que es un ramo de flores de colores como los que venden en la entrada del supermercado. Pasa de largo sin verles y se detiene unos metros más allá, donde el terreno es un poco más alto y las lápidas se ven más hundidas, tal vez porque el tiempo las haya ido asentando en la tierra que año tras año recoge el hielo, la lluvia y luego el calor.

La mujer deja la bolsa en el suelo y encima pone las flores, con cuidado de que no se desarreglen ni toquen la nieve. Se acerca a la lápida y, atenta a no pisar la nieve que la rodea, barre la que está encima de la lápida. Vuelve a donde dejó las flores, les quita el papel que las envuelve, lo guarda en la bolsa y pone el ramo al pie de la lápida. Vuelve a ponerse justo en frente, saca de la bolsa algo que parece un mantel de plástico o tal vez una manta de viaje y lo extiende en el lugar donde estaba de pie; luego saca un libro y, abriéndolo por la página que marca la cinta de color rojo, se arrodilla.

La pareja ha observado cada uno de sus movimientos con curiosidad, pero este último, ver a la mujer arrodillarse con dificultad frente a la tumba, hace que sientan una punzada de pudor. Ambos miran instintivamente en otra dirección, hacia el banco al que se dirigían o más allá, donde está el lago. El hombre tira suavemente del brazo de su mujer, entrelazado con el suyo. Ella le sigue, pero a los pocos pasos se para y mira hacia atrás, hacia la tumba donde la mujer sigue arrodillada, la cabeza baja y el libro abierto entre las manos. Está demasiado lejos para saber si lee en voz alta o lo hace en silencio. Desde allí no se escucha más que el aire que corre entre los inmensos cedros que conservan sus hojas durante el invierno y de vez en cuando el graznido de las aves que animan el manto inmaculado del cementerio. La mira y quisiera acercarse, no sabe bien para qué, como si algo en la figura pequeña y oscura, en la humildad de la bolsa en la que lleva la manta y el libro, en esas flores chillonas la llamara.

‘Rob…’, dice ella.

‘Vamos, vamos a sentarnos,’ contesta él retomando el paso hacia el banco. Ella le sigue, obediente, mirando aún hacia la figura que sigue inmóvil frente a la lápida. Llegan al banco y se sientan, de cara al lago. El hombre le acerca el vaso de papel, animándola a beber lo que queda del café para no enfriarse. Pero ella no presta atención al gesto. Sigue presa de la imagen de la mujer frente a la lápida y de algo que no puede nombrar pero que se la atraganta allí donde antes sólo había el ritual de recordar a su hijo muerto: cómo era de niño, cómo era cuando murió, como era cuando él no faltaba.

‘¿Rob, has visto a esa mujer?’ pregunta. ‘Sí, claro que la has visto,’ se responde ella misma.

Su marido no dice nada. Mira la superficie helada del agua y tampoco piensa ni recuerda nada. La escucha y sabe que ahora sí está a punto de llorar. Ella le mira, buscando respuesta a una pregunta que no sabe formular, tal vez porque nunca se la ha formulado, mucho menos delante de nadie, ni siquiera de él, con el que ha vivido dos tercios de su vida. Pero él no tiene la respuesta, sólo comparte su pobreza, esa de la que nadie ni nada puede rescatarla. Citar a Burns, a Shakespeare o a Browning sería inútil y los libros que han escrito, por separado y entre los dos, no pueden darles en ese instante ni una gota de consuelo. Calla y deja que ella siga, hacia la duda inevitable que lucha por expresar.

‘¿Rob, tú crees que…? ¿Tú crees que deberíamos haberles enseñado que había…algo más?’ Las palabras le salen lentas y angustiadas como salen cuando algo ya no tiene remedio.

Él tarda en responder pero responde al fin, poniendo en claro la duda que la encoge y la seca como las vainas de los árboles cuando muere la flor. ‘¿Algo más? ¿Algo como que para completar al ser humano es necesario creer en algo más allá de uno mismo?’

‘Sí, algo así, como que se pueden llevar flores a los muertos y que se puede…rezar para que estén bien…’ responde ella.

‘Allá donde estén…’ termina él para que no se interrumpa lo que por primera vez desde que murió, desde siempre, en realidad, piensan y nunca pensaron en decir. Ella llora y le pone la mano en la mejilla para que él la mire y puedan mirarse.

‘Rob, ¿tú crees que Dios se ríe de nosotros, viéndonos aquí, año tras año, viéndonos aún en esa sala recrudecida por la luz, con esa absurda guitarra, los escritos de otros, todo para evitar nombrarlo?’

La pregunta queda suspendida en el aire blanco. Él quisiera responderle con un no rotundo y razonado que no, que Dios no se ríe por el simple motivo de que no hay tal Dios. Y tal vez no lo haya, pero no puede confortarla con hechos, con alguna información definitiva de todas las que han acumulado a lo largo de su vida. No puede alejar esa duda, como sí ha logrado hacerlo con la culpa de haber dejado que su hijo se marchara a vivir la suya propia.

Una pareja de patos se desliza por el lago, sorteando las placas opacas del hielo por el agua oscura, dejando tras de sí un triángulo perfecto. Llegan a la orilla más cercana al banco donde están sentados y se sacuden el frío antes de acomodarse en el borde mismo entre el agua y la tierra nevada. Siguen en silencio un rato más y al fin el hombre responde.

‘Tal vez sí les dejamos poco espacio para que nada pudiera maravillarles, nada que no fueran ellos mismos y los logros brillantes de los hombres,’ dice.

Detrás de ellos la mujer se ha puesto en pie, ha recogido la manta y después de sacudirla la ha doblado y la ha vuelto a meter en la bolsa. Se acerca una vez más a la lápida y coloca bien las flores, pero ellos no la ven marcharse porque están de espaldas. Cuando se levantan para irse no queda nadie en el cementerio y en las partes donde da el sol ha empezado a fundirse la nieve.