Antonio Jimenez Morato – Deshacerme de mi

ortegaNarrativa, SO5

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antonio jimenez morato

Deshacerme de mí

En mis oídos están mis ojos.
IGOR BARRETO

Quentin Tarantino is interested in watching somebody’s
ear getting cut off; David Lynch is interested in the ear.
DAVID FOSTER WALLACE

LE SALÍA UN BROTE EN LA OREJA. Se trataba de dos pequeñas hojas casi transparentes y un delgado tallo que se enroscaba hacia el interior del oído. Pasaba totalmente desapercibido porque apenas sobresalía del trago y quedaba oculto tras la melena del niño. Por eso nadie lo había visto hasta que su padre lo descubrió al regañarle durante la comida. En vez de comer se dedicaba a remover con la cuchara la sopa en el plato y su padre le advirtió de que si no terminaba su ración lo castigaría. Pero el niño no mostraba el más leve gesto de estar escuchándole. Por eso el hombre se inclinó hacia su hijo preguntándole si estaba sordo. Fue ver el brote y dejar caer su cuchara dentro del plato para lanzarse a arrancarlo de la cabeza de su hijo. El mantel se cubrió de salpicaduras. La madre lo detuvo agarrándole del brazo y sugirió acudir al médico para solucionar aquello. Mejor que estas cosas las hagan los profesionales, le pidió a su marido. El padre aceptó la propuesta a regañadientes. Mientras ocupaba de nuevo su silla masculló que si la idea era contar con un profesional mejor sería llamar a un jardinero. Nadie le preguntó nada al niño y eso lo tranquilizó, porque él tampoco tenía ninguna explicación para todo aquello. La madre le apartó unos mechones del cabello para así poder observar con detenimiento la oreja y el brote antes de preguntarle preocupada si aquello le dolía. Como dijera que no los padres decidieron terminar la comida sin prisas y posponer la visita al doctor a primera hora de la tarde. La madre le hizo un par de huevos fritos al hijo y el padre, que no dejaba de observar la cabeza de su hijo con más curiosidad que preocupación, se comió los dos platos de sopa.

SE LO DRÍA ESA MISMA NOCHE,  durante la cena. Ella misma se sorprendió cuando reparó en que, al fin, se había decidido de una vez por todas. De hecho le desconcertó comprender que tal vez había tomado la decisión porque por primera vez en muchos días no había llegado a pensar en aquello a lo largo de toda una mañana. Cuando llegó al trabajo la jornada se presentaba como una inagotable cuesta arriba en la que se irían enlazando las respuestas a correos electrónicos pendientes que jamás habían sido leídos por completo, y por tanto nunca respondidos en su integridad, lo que los convertía en dilatados procesos que jamás conducirían a solución alguna, con las llamadas destinadas a solventar asuntos siempre irresolubles pero que, precisamente por ello, se alargaban en discusiones perpetuas e inacabables, donde los malentendidos y los callejones sin salida de las negociaciones se sucedían hasta que ninguno de los interlocutores, porque desde que había llegado la tecnología era habitual tener más de un interlocutor en esas conferencias de larga distancia, terminaba de tener muy claro cuáles eran los puntos en los que no lograban cerrar un acuerdo antes de acordar una nueva cita en la que todos, una vez más, llegarían con sus posiciones inamovibles y poco proclives al entendimiento, y, así lo recordaba y la agenda lo corroboró cuando se sentó en su escritorio, había incluso planificada alguna reunión, primero con los jefes y luego con la presencia de los subordinados del departamento, concebida para ser tan poco fructífera como todas las anteriores y todas las que vendrían después, pero que se celebraban porque la política de la empresa dictaba que las decisiones de importancia debían quedar sancionadas de modo asambleario hasta que el previsible bloqueo impusiera una decisión que respetaba siempre la jerarquía y haría que todas las citas anteriores fueran al final nada más que una formalidad carente de sentido, lo que convertía el hecho de levantarse de los puestos de trabajo para dirigirse a la sala de juntas en un desperdicio de tiempo que todos conocían y pese a ello asumían con resignada mansedumbre. Desde el momento en que abrió los ojos antes de que el despertador sonase la lista de tareas inútiles de cada jornada había ocupado su cabeza como una losa insoportable. Había dedicado el camino hasta la oficina a planificar métodos para evitar sus tareas, inventar subterfugios para no hacer nada, dejar el tiempo correr sin atender asunto alguno ni cerrar los trabajos pendientes que la esperaban sobre la mesa de la oficina al inicio de cada jornada. Porque todo es irresoluble, se había dicho, todo era irresoluble y además no importa. Y en ese momento, en el instante en que dejó colgado su abrigo del perchero y se acomodaba en su asiento frente a la computadora, su intuición parecía haberse abierto camino en medio de la maraña de obligaciones que la esperaban para indicarle la verdadera solución a sus problemas: confesar. Sacarse de una vez por todas aquello de dentro. Para poder atender al trabajo que se le iba acumulando día tras día, para sentirse más aliviada del peso que la había estado torturando durante tanto tiempo, para poder vivir.

ALLÍ DENTRO ESTABA EL MAR. Se lo habían explicado muchas veces y, aunque no terminaba de entender cómo era posible, podía comprobar que era cierto del modo más sencillo: bastaba con acercársela a la oreja para escucharlo. La caracola había estado desde siempre sobre el televisor y era idéntica a otra que decoraba el mueble del salón en casa de la abuela. Nunca le había llamado la atención hasta que un día le convencieron de que se la acercara al oído. Luego le explicaron que eso que oía era el mar. Él no podía contrastar si era cierto, porque todavía no lo conocía. Todos los años su madre les prometía a su hermana y a él que ese año irían a la playa en el verano. Pero cuando llegaba el momento de cumplir la promesa descubrían, o, mejor dicho, corroboraban, que no había dinero y les tocaba pasar las vacaciones en su ciudad. Le sorprendió, eso sí, que algo tan grande pudiera guardarse en algo tan pequeño. La caracola era tan sólo del tamaño de su cabeza, pero el mar era mucho mayor, era enorme. O al menos así se lo imaginaba por los mapas, por las fotos, por las series, por las películas donde lo había visto. Su madre no le explicó como habían logrado meterlo allí dentro cuando le preguntó. Tan sólo le acarició la cabeza y le dijo que ése era el sonido de las olas al romper cerca de la orilla, lo que se escuchaba al ser acariciado por la brisa de la playa. Así que a él le quedó claro que así sonaba el mar y, como en otras ocasiones, creyó a su madre sin cuestionarla. Cuando los compañeros de clase, en los primeros días del curso, le decían que ellos habían pasado sus vacaciones en la playa, él les hablaba tan sólo del rumor de las olas, del placer de escucharlo mientras uno se dejaba acariciar por el viento fresco sobre la arena. Sus amigos asentían al escuchar su relato y eso le sirvió como comprobación de que su madre no le había mentido. Jamás, por descontado, les habló de la caracola, ni de los meses estivales pasados sin moverse de la ciudad año tras año. Porque él no conocía aún el mar, pese a que en su familia existía la costumbre de tenerlo guardado en caracolas que decoraban el salón.

LA MAÑANA SE TORNÓ LUMINOSA. No de modo figurado: las nubes que hasta hacía unos instantes ensombrecían el cielo y filtraban la escasa luz mortecina y gris que le daba a su cubículo un aire desolado se habían apartado de repente para dejar pasar unos rayos de sol que refulgían en los muros cortina del complejo de oficinas. Las motas de polvo flotaban en el aire tornasoladas y las ventanas transformaban los rayos de luz en arcoiris proyectados hacia los pasillos de la oficina. El mundo era ahora transparente. Como los ideales, pensó para sí con una media sonrisa que no se pretendía tan irónica como aparentó. El murmullo de las conversaciones en los cubículos cercanos, los timbres de los teléfonos, los golpes en las teclas de sus compañeros no eran ya una música amenazante, tenían en cambio el tono del alegre rumor de las cafaterías a media mañana. Por momentos la vida se parecía a los catálogos de las agencias de viajes. Ahora sí podría centrarse en sus obligaciones laborales con otro talante, con alegría. Cualquiera hubiera dicho que bajo el escritorio tuviese una maleta preparada para salir de viaje apenas terminase la jornada y por eso se lanzó para ponerse al día con todo el trabajo atrasado. Había bastado decidirse a confesarlo para que todo resultase más sencillo. Ahora los correos electrónicos por escribir parecían un hobby de adolescente, las conferencias telefónicas un agradable modo de ponerse al tanto de la vida de esos compañeros que vivían en otras ciudades, con otros climas, bajo otros soles, la sala de juntas el espacio de encuentro donde tener una divertida charla sin tener que buscar la excusa de salir a la calle a por un café. Las dudas que la habían angustiado durante una larga temporada se disolvieron. Imaginó una de las escenas de los dibujos animados en las que alguno de los personajes se va envolviendo en la nieve al rodar montaña abajo. La enorme bola que se ha ido formando en torno suyo llega a aprisionarle hasta que choca contra una roca que la hace pedazos. El personaje aparece en esas películas siempre aturdido, sí, por el golpe, pero, más importante aún, liberado. Así se sentía ella ahora. Quizás por eso, para celebrarlo, decidió salir a la calle a tomarse un café. Un café lleno de sabor, como la mañana, no uno de esos café de máquina y vaso de papel que siempre saben a recalentado. Había que aprovechar ese sol de enero, tan acogedor tras unas semanas de duro invierno.

LOS NIÑOS ESTÁN OBLIGADOS A DORMIR LA SIESTA. Por eso, cuando han terminado de comer y han recogido sus tuppers, van escogiendo de entre las colchonetas que se amontonan a un extremo de la sala la que usarán para acostarse. Alguna de las profesoras de la guardería se encarga de acomodar a los más pequeños. Luego permanece unos cinco minutos vigilándoles para que se duerman sin armar escándalo. Él contempla como sus compañeros van adormeciéndose, pero es incapaz de dejarse vencer por el sueño. Sabe que deben permanecer allí durante toda una hora, por eso ha aprendido a poner su colchón al fondo de la clase y a fingir que se ha dormido cerrando los ojos cuando la monitora da la última vuelta antes de dejarlos solos. Apenas se ha cerrado la puerta y se escuchan apagados los murmullos que llegan desde la cocina donde toman café y fuman las profesoras, él abre los ojos y mira al techo. Sus compañeros ya duermen plácidamente. De haber alguno que, como él, no puede conciliar el sueño, lo disimula bastante bien. La hora de la siesta es un castigo, piensa, y el aula cubierta de cuerpos yacentes una cárcel. No puede levantarse y salir de la sala porque las profesoras mantienen la puerta de la cocina, que está frente a la de la clase, abierta. Tan sólo puede escapar unos segundos con la excusa de tener que visitar el baño. La mayoría de las veces ya no le creen, lo regañan porque siempre es la misma historia, se acuerda de que quiere orinar cuando debería estar durmiendo como sus compañeros. Con el tiempo, dentro de un año para ser exactos, le explicará a su madre lo aburridas que son para él las siestas, y las profesoras serán más comprensivas con él, cuando se levante antes que sus compañeros le dejarán jugar a cualquier cosa en el otro aula de la guardería, siempre con la condición de que no haga mucho ruido. Jamás le eximirán, eso sí, de buscar su colchoneta y acostarse junto a sus compañeros. Puede ser diferente, pero no parecerlo, le explicarán un día y él asentirá sin terminar de entender de qué le están hablando. Pero, entretanto, sólo puede dejar pasar los minutos en medio de las monótonas respiraciones del resto de los niños. Durante la primavera las ventanas de la guardería permanecen abiertas y por ahí se cuela el ruido de los vehículos que pasan por la calle. También entran insectos del jardín. Sobre todo moscas y, a veces, abejas. En medio del apagado coro de respiraciones de los niños el zumbido de los insectos resuena más de lo habitual. Él localiza muy rápido la ubicación del animal y sigue sus saltos de un niño a otro. A veces cae sobre sus rostros. Observa cómo frota las patas y retoma el vuelo una y otra vez. Pero eso termina, también, por aburrirle, y vuelve a tumbarse boca arriba. Juega a contener la respiración, a hacerse el muerto, para ser todavía más imperceptible que sus compañeros. Escucha el zumbido del insecto que lo sobrevuela. Va y viene de modo insistente, por eso abre los ojos para contemplarlo. El ruido se hace mucho más fuerte y, de súbito, siente que el insecto se ha posado en su oreja. Justo en el centro del pabellón auditivo, en la entrada del conducto del oído. Se asusta pero está jugando a hacerse el muerto, no puede moverse. Lo siente deslizarse por el agujero. Las cosquillas que siente las debe provocar al frotarse las patas. Quizás sean las alas, que agita al caminar. Quiere levantarse, pero eso supone dar por perdido el juego. O dar un manotazo que lo aleje. Cuando ya ha decidido rendirse escucha de nuevo el zumbido, esta vez más fuerte al principio y cada vez más leve, alejándose. Y, al fin, respira.