Manuel Neila – El comienzo conversable (sobre la poesía última de José Lezama Lima)

ortegaEnsayo, SO6

MANUEl NEILA

El comienzo conversable

(SOBRE LA POESÍA ÚLTIMA DE JOSÉ LEZAMA LIMA)
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ALMERINDA PEREIRA. Juan José Millás. 2

La evolución de la obra lezamiana presenta, como se sabe, tres fases o etapas bien diferenciadas, que se supeditan finalmente a la unidad esencial de la misma. El cambio de la primera fase, o época de Muerte de Narciso (1937) y Enemigo rumor (1941), a la segunda, o época de Aventuras sigilosas (1945), La fijeza (1949) y Dador (1960), ha de verse como el abandono de la estilización modernista, en beneficio del expresionismo carnavalesco, en el sentido que el semiólogo Mijail Bajtín daba a estos términos. El cambio de la segunda fase, o época de la retórica de la imagen, a la tercera, o época de Poemas no publicados en libro (1970) y Fragmentos a su imán (1977), ha de entenderse como la renuncia a la experiencia de la obra autónoma en favor de la apertura comunicativa, vinculada a los avatares de la Revolución cubana.

El crítico Abel Enrique Prieto, actual asesor del Presidente Raúl Castro, fue uno de los primeros en estudiar el cambio de rumbo postrero, al que vamos a referirnos en el presente comentario. En su contribución al Coloquio Internacional sobre la obra de José Lezama Lima, celebrado en la Universidad de Poitiers en 1982, advertía al respecto: “Fragmentos a su imán recoge lo que podría considerarse un tercer momento en la poesía de Lezama.” Y agregaba: “Asistimos a la lucha entre un andamiaje teórico y retórico que resultaba insuficiente y la voz del hombre que quiere ser escuchado en su humana dimensión.” Y concluía: “Chocan en estas páginas dos lenguajes: el lenguaje lezamiano y un lenguaje poético nuevo que, transido a veces de trémula sinceridad, está ansioso de coherencia y comunicación” (Fundamentos, Madrid, 1984).

EL COMIENZO CONVERSABLE

Con posterioridad a la publicación de Dador, el poeta habanero no vuelve a recoger sus poemas en forma de libro unitario. Las composiciones escritas a partir de ese momento aparecen incorporadas al volumen de su Poesía completa (1970), que se cierra con un grupo de dieciséis textos, bajo el título genérico de Poemas no publicados en libro, y en el volumen póstumo Fragmentos a su imán, donde se incluyen las composiciones escritas entre diciembre de 1970 y abril de 1976, fechas de redacción de “Desembarco al mediodía” y de “El pabellón del vacío”, respectivamente. Lezama, que rechazó desde el principio cualquier tipo de limitación formal —incluida la del poema, si consideramos los suyos como fragmentos de una totalidad plena de sentido, de un discurso poético unitario—, prescinde al fin del libro en tanto forma superior, organizada y autónoma, al menos en lo que tiene de organización externa.

Los poemas no publicados en libro anticipan, por una parte, los registros familiares y cotidianos, tan abundantes en Fragmentos a su imán, y por otra parte, el tono desesperanzado, pesimista, sombrío que dominará a partir de este momento en el desarrollo general de su obra. La actitud expansiva, de apertura al mundo exterior, dominante aún en “Telón lento para arias breves” o “La prueba del jade”, se equilibra con la más reconcentrada, de ahondamiento en la intimidad, que observamos en otros poemas como “El número Uno” o “Mi hermana Eloísa”. El concepto, la idea suelen ocupar ahora el centro de tensión interior del poema, sin que esto suponga un abandono de la imagen, sin que esto prive al poeta de su voluptuosidad sensorial.

Esa actitud expansiva —tan evidente en “Proverbios” o “Minerva define el mar”, por citar dos nuevos ejemplos— se halla en vivaz e intrincado contrapunto con la más concentrada de introspección en el ámbito de lo íntimo, que emerge en otros textos de la colección. El poema titulado “Mi hermana Eloísa”, inaugura la serie que el poeta cubano dedica a sus seres queridos —completada con “La madre”, “Eloísa Lezama Lima”, “Mi esposa María Luisa”, “La mujer y la casa”, de Fragmentos a su imán—, en la que los requerimientos cotidianos y los toques de ternura —el “comienzo conversable”, para decirlo con el poeta— son empleados con destreza:

                                    Comienzo porque sé que alguien me oye,
                                    la que oyó mi nacimiento.
                                    Mi madre, estoy muy ahogado,
                                    voy a quemar los polvos,
                                    despiértame cuando llegue Eloísa con su hijo
                                                                      (“Mi hermana Eloísa”)

Del mismo modo, las composiciones agrupadas bajo el título de “Décimas de la amistad” anticipan las características formales —empleo libre de la estrofa clásica— y el tono popular que se continúan en “Décimas de la querencia” —también dedicadas a sus amigos— y “Amanecer en Viñales”, de Fragmentos a su imán. Muy cercano a este grupo —en Dador ya había aparecido “Primera glorieta de la amistad”— pueden situarse los poemas panegíricos con que el poeta agasaja a sus buenos amigos, y que ésta colección anuncia con la antológica “Oda a Julián del Casal”.

En otros poemas hace acto de presencia el tono desesperanzado (“Las doce / —eructo de los palotes fantasmales— / en el frío terciopelo del naufragio”, en “Los cordeles”) y la angustia vital (“Todo va hacia el turbión, / los fragmentos no podrán alzarse / con el botín ni con el instante / del pestañeo al bañarse en el agua solar”, de “Vueltas en la parrilla”), aspectos que teñirán de un contenido pesimismo esta última etapa de su obra y, en particular, las piezas de Fragmentos a su imán.

En la serie de Poemas no publicados en libro, Lezama Lima reflexiona, desde la perspectiva que le confiere su plena madurez vital y artística, sobre el sentido de la amistad, en el caso de que hubiera que buscarle alguno (“El momento en que llega la muerte a la amistad, / aunque la amistad sigue su incesante caminata”, en “El número Uno”) y sobre la significación histórica del poeta (“Pues todo poeta se apresura sin saberlo / para cumplir las órdenes indescifrables de Adonai”, en “Oda a Julián del Casal”), motivos característicos de Fragmentos a su imán. Conviene detenerse en estos poemas, los cuales resumen el vivir del hombre desde perspectivas diversas, para apreciar mejor el alcance de esta última etapa de la obra lezamiana.

Ya desde el mismo título de “El número Uno” —alusión a la carta primera del Tarot, cuya figura, el jaguar, se identifica aquí con “el prestidigitador, el farsante”— Lezama expresa la importancia que confiere a la figura del poeta, así como el camino de iniciación en que consiste al fin y al cabo la existencia. Dicho esto, resulta obligado referirse al uso particular y frecuente que Lezama hace de las cartas seculares del Tarot, como ha indicado Magali Fernández Bonilla, para fundamentar la estructura de Paradiso, su verdadera biografía espiritual. Al igual que el capítulo primero de la celebrada novela, el poema que comentamos se fundamenta en la carta primera del Gran Arcano, tomándola como símbolo del poeta y su formación espiritual. Al referirse a su propia experiencia, la alusión a la muerte del padre era inevitable:

                                    Te preocupas mucho, recuérdate de tu padre
                                    que se murió tan joven,
                                    ésas son las cosas que tienen importancia,
                                    lo demás es pasajero, lo demás es poco,
                                    muy poco, ¡tan poco!

Ni la amistad ni el amor pueden sustraerse a una certidumbre de semejante calado. El sujeto poemático podría haberse conformado con esta convicción dolorosa. “Pero hay una envoltura superior / a nuestra decisión y a la palabra”. Más allá del desilusionado vivir, el poeta busca la revelación de una realidad trascendente que intuye e inventa (el término “inventar” debe tomarse aquí en su acepción etimológica de “hallar”) en el reino poético de la imagen. Así puede leerse en la sección VI: “Dichoso voy entre nieblas / que así desatan el árbol”. Y concluye el poema: “Dichoso voy en la niebla, / avanza caballo blanco. / Voy huyendo y traigo a la noche / con la cabeza inclinada”. Este final climático, leído bajo la perspectiva de su creencia en la resurrección poética, presenta evidentes concomitancias con el de Muerte de Narciso (“Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas”) y con el último poema de Fragmentos a su imán, “El pabellón del vacío” (“Me duermo, en el tokonoma / evaporo el otro que sigue caminando”), lo cual pone de manifiesto la constancia de su pensamiento y la fidelidad del escritor al sentido evolutivo de su obra.

Como hemos anunciado hace un momento, el tema clave de “Oda a Julián del Casal”, uno de los textos capitales del conjunto, es el sentido histórico del poeta. No sería ocioso decir que, al referirse al poeta romántico, Lezama nos habla de sí mismo y de todos los poetas. Esta intuición viene corroborada por el empleo de un material biográfico, evidente en la segunda estrofa. Él mismo ha relatado cómo pasaron al poema el “reno de la escribanía” y la “manilla de ámbar”, objetos descubiertos en el cuarto de su abuela poco antes de fallecer. También apoya esta interpretación el cambio brusco de personas verbales —segunda y tercera del singular, y primera del plural— a lo largo del desarrollo poemático. Perseguidor de imágenes en vida, el poeta sobrevive después de muerto en calidad de imagen. Y así puede decirnos el autor:

                                    Los frascos de perfume que entreabriste,
                                    ahora te hacen salir de ellos como un homúnculo,
                                    ente de imagen creado por la evaporación,
                                    corteza del árbol donde Adonai
                                    huyó del jabalí para alcanzar
                                    la resurrección de las estaciones.

LA POSIBILIDAD INFINITA

La colección póstuma Fragmentos a su imán vino a coronar la trayectoria poética de Lezama, una de las empresas literarias más originales de las letras hispánicas del siglo pasado. Los poemas que componen el libro, ordenados cronológicamente, giran en torno a un núcleo temático fundamental: ese imán hacia el que convergen los fragmentos de la existencia que se interroga y medita su corriente; y que podría formularse como el examen del vivir personal y humano, realizado desde la perspectiva de la madurez vital y artística. Análisis que el poeta —conocedor de las intuiciones seculares del Tarot, refrendadas posteriormente por la psicología moderna— proyecta en su doble vertiente: una exterior, de exaltación del mundo y la cultura (vía solar), y otra interior, de introspección en el ámbito de la interinidad (vía lunar).

Lo primero que nos sorprende en relación a la obra precedente, e incluso a los poemas no publicados en libro, es la sensible disminución del hermetismo críptico, de la complejidad expresiva en suma. Sin abjurar del impulso místicopanteísta de su primera época, unido de manera inextricable al culturalismo prodigioso tan peculiar en su obra, los poemas de esta colección parecen surgir de una situación biográfica más próxima. No se trata ya de la elaboración de los datos biográficos que puede observarse en algunas piezas anteriores, como “Rapsodia para el mulo”, de Enemigo rumor, “El arco invisible de Viñales”, de La fijeza u “Oda a Julián del Casal”, de Poemas no publicados en libro. Ahora siente la necesidad de comunicar lo más próximo, empleando un lenguaje directo, transparente a veces. Este proceso de esencialidad, lejos de significar una fácil concesión al lector, aumenta si cabe la tensión del discurso.

Apertura al mundo exterior e indagación en sí mismo son, pues, los polos de ese imán en torno al cual se vertebran las composiciones de esta última entrega. Lo primero le lleva irremediablemente a la celebración y alabanza de la realidad fenoménica, ya sea aprehendida por la vía de los sentidos (realidad aparente) o por la facultad de conciencia primigenia (realidad esencial), confundidas ambas en el orbe de su imaginación mito-poética. Algunos de los poemas mayores del libro (“Retroceder”, “Nacimiento del día”, “Los dioses”) muestran a las mil maravillas la irrefrenable apetencia lezamiana de incorporación del mundo por medio de la imagen:

                                    Qué alegría, qué alegría
                                    qué majestuosa tristeza esa unión
                                    de la respiración misteriosa,
                                    entre la transparencia que se recibe
                                    y la exhalación de las entrañas
                                    que se devuelve.
                                    Esa es nuestra morada,
                                    la pureza que se recibe
                                    y la siniestra semilla que se hunde.
                                                                        (“Los dioses”)

Como ha podido comprobarse, la “alegría” de la celebración aparece unida íntimamente a “una majestuosa tristeza”, tono dominante en ciertos textos de la colección: “Sorprendido”, “Doble noche”. El poeta ha vislumbrado una certeza dolorosa: “Sabemos, que carcajada, que lo lúdico es lo agónico” (“Virgilio Piñera cumple 60 años”). Tal evidencia sólo puede ser conjurada, como en las culturas antiguas, mediante una carcajada trágica, culminación de la risa que Nietzsche elevó a categoría ontológica. Y así, siguiendo el hilo de Ariadna del discurso poético, nos topamos de improviso con la certeza final:

                                    Con dar ojos y conciencia
                                    a los crepúsculos de la luz, sin apoyarnos
                                    en el terco sustentáculo de la muerte,
                                    hubiéramos sido alegres sin saberlo
                                    respirantes sin ser y sin estar.
                                                                        (“Nacimiento del día”)

Del mismo modo, cuando el poeta vuelve los ojos sobre sí mismo o contempla a los seres que habitan su ámbito familiar, descubre semejantes motivos de alegría. No son pocos los poemas encomiásticos que aparecen en el libro, iniciándose así un registro que apenas se había insinuado en su obra precedente. Tanto las composiciones que Lezama dedica a sus seres queridos (“La madre”, “Eloísa Lezama Lima”, “Mi esposa María Luisa”), como los que se refieren a la amistad (“Nuevo encuentro con Víctor Manuel”, “Octavio Paz”, María Zambrano” y, como no podía ser de otra manera, “Décimas de la querencia”), parten de la misma delicada ternura:

                                    Hervías la leche
                                    y seguías las aromosas costumbres del café.
                                    Recorrías la casa
                                    con una medida sin desperdicios.
                                    Cada minucia un sacramento,
                                    como una ofrenda al peso de la noche.
                                                                        (“La mujer y la casa”)

A esta serie pertenecen los textos más entrañables y sinceros que Lezama ha escrito. Pero el dolor y la soledad interior se acrecientan de manera considerable durante los últimos años de vida. Las circunstancias ambientales (las vicisitudes de la política cubana, el exilio de la familia y los amigos), unidas a los achaques propios de la edad, sumen al poeta en una tristeza insondable. Los tonos sombríos, elegíacos tiñen de patetismo algunos de los textos más desolados del libro: “Estoy”, “Esperar la ausencia”, “¿Y mi cuerpo?”. Véanse los versos finales de este último:

                                    Siento que nado
                                    dormido dentro de un tonel de vino.
                                    Nado con las dos manos amarradas.

La tensión entre el júbilo de la existencia y la angustia vital (así como sus posibles desdoblamientos: presencia / ausencia, inmanencia / trascendencia, plenitud / vacío) caracterizan, como puede apreciarse, la última fase de la obra poética lezamiana. Pero esta operación abstractiva que utilizamos en ningún sentido puede agotar un discurso poético irreducible en su materialidad sustancial, cuyo impulso asimilativo tiende a incorporar la diversidad de lo real (lo próximo y lo lejano, lo material y lo espiritual, la luz y la sombra) en una síntesis “religadota” que no anula la multiplicidad del universo, mediante el poder regresivo de la imagen, es decir, trascendiendo las representaciones nacidas de la experiencia en dirección de lo real primordial.

Su imaginación en estado naciente puede conducirnos, con la mayor naturalidad, al reino de los dioses, es decir, al ámbito irreal de las antiguas cosmogonías: “Los dioses empiezan a salir del mar, / alzan sus caracolas retorcidas, / ladean sus colas verdinegras / donde un delfín brinca y estornuda”. (“Los dioses”). Y con la misma naturalidad que nos presenta una caterva de seres exóticos, nos acerca al círculo familiar, donde los seres y hechos cotidianos adquieren una significación prístina: “Hervías la leche / y seguías las aromosas costumbres del café. / Recorrías la casa / con una medida sin desperdicios. (“La mujer y la casa”). Lo próximo y lo lejano, lo material y lo espiritual, lo esotérico y lo exotérico, todo hierve en el caldero de cobre de un discurso poético con ansias de totalidad. Véase al respecto el siguiente pasaje:

                                    Allí la mujer blanquísima
                                    no cuidaba del fuego, por la mañana
                                    toda la casa le abría sus puertas al sol.
                                    Donde hervía el caldo de la vida
                                    el toro orinaba las constelaciones
                                    y su cuerpo era repasado por las vírgenes.
                                                                        (“Nacimiento del día”).

Sólo un espíritu concupiscible como el de Lezama podía ofrecernos un pasaje de tal voluptuosidad. Y esta sería otra de las características del libro que nos ocupa: la complacencia en los placeres concupiscibles, el apetito voraz y el deseo de todos los alimentos terrestres. Así comienza una de las composiciones: “Un apetito que se queda / en el desmesuramiento de la boca. / Un apetito en el sueño, / del tamaño de todo el cuerpo. (“Un apetito”). Se trata del mismo impulso instintivo que le lleva a cantar a la humilde patata en su saco, al cuello de la botella o al ramo de espárragos en poemas como “Se desprendió”, “El cuello” y “Me hace propenso”. La complacencia en los placeres sensuales origina también su pasión erótica (que es al fin un acto de amor concupiscente), tema al que dedica dos hermosos textos: “El abrazo” y “Universalidad del roce”. Si en el primero describe con detallada complacencia el acto amoroso más íntimo, la cópula, en el segundo, el mismo acto adquiere una dimensión cósmica: “La universalidad del roce, / del frotamiento, del coito de la lluvia / y sus menudas preguntas sobre la tierra. / ¡Qué engendros para una nueva raza!”.

Frente a la continua zozobra de la existencia y ante las inevitables limitaciones humanas, la poesía representa la posibilidad infinita: en el reino de la sobreabundancia y la metamorfosis constante, Lezama inscribe la posibilidad como imagen soberana. Y a interpretar lo que la poesía representa dentro de su visión del mundo, dedicó tiempo e imaginación. Varios poemas de Fragmentos a su imán abordan la actitud metapoética, al reflexionar sobre el poema mismo, sin menoscabo de su profusión de imágenes. En ocasiones, Lezama recurre a la confrontación entre la realidad real y la realidad mental a fin de conseguir el efecto deseado (“Desembarco al mediodía”, “Consejos del ciclón”); otras veces, la reflexión sobre el poema se convierte en el motivo central: “De la contradicción de las contradicciones, / la contradicción de la poesía, / borra las letras y después respíralas, / al amanecer cuando la luz te borra” (“Discordia”).

A MODO DE CONCLUSIÓN

A diferencia de lo que sostiene Abel Enrique Prieto respecto a la cuestionable unidad de la obra lezamiana, estimo que “la impresión de severa persistencia, de fidelidad a toda prueba en la línea emprendida”, no resulta desmentida por la evidente evolución de esa obra. Durante los menesterosos años de la República, Lezama Lima había practicado una literatura distante de la realidad, había tratado lo cotidiano de manera irreal y se había refugiado en el mito. Con la llegada de la Revolución, abandona parcialmente la experiencia de la obra autónoma, en favor de la apertura comunicativa, en el sentido que el crítico Hans Robert Jauss daba a estos términos. Ahora bien, este cambio de orientación no desmiente la unidad esencial de su obra, sino que abre la experiencia de la obra, y la propia, a la experiencia ajena.

El poeta posmoderno que sin duda fue Lezama Lima se dedicó en cuerpo y alma a desvelar el acto creador. Desde Muerte de Narciso a Fragmentos a su imán, su poesía nos sitúa en el momento mismo de la creación. En primer lugar, se plantea la elección de una escritura (primera época); a continuación, se entrega a la experiencia de la obra autónoma (segunda época); y finalmente opta por la apertura comunicativa (tercera época). Se trata, en resumidas cuentas, de una aventura poética que va más allá de las convenciones literarias, para moldear una experiencia estética innovadora, cuya dinámica consiste en dejarse llevar por la imagen originaria, sorprendente, fundacional, y cuyo objetivo prioritario es la meditación sobre la obra de creación, con el objeto de que se ponga de manifiesto el sentido último de la actividad creadora.