Hernández-Pacheco @ MEIAC

Elementos del paisaje

1

Gredos, Arenas de San Pedro (Ávila). Museo Nacional de Ciencias Naturales

2

El Guadiana, Don Álvaro (barca), Badajoz. Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense

3

Canal de la Sotonera, Almudévar (Huesca), 1917. Museo Nacional de Ciencias Naturales

4

Llanura de turberas, Reinosa (Cantabria). Museo Nacional de Ciencias Naturales

5

El Valle glaciar de Otal, cerca de Bujaruelo, Torla (Huesca), 1920. Museo Nacional de Ciencias Naturales

6

La Raña de Castiblanco descuajada, en el horizonte la sierra de Altamira, plioceno, Castilblanco (Badajoz). Museo Nacional de Ciencias Naturales

7

Los acantilados, Zumaya. Museo Nacional de Ciencias Naturales

 

 

Cum Pictura Poesis

Libros de artista relacionados con la naturaleza

26 de noviembre 2015 / 14 de febrero 2016

SOStenible [fotograma] 2013 Video performance . Javier Flores

SOStenible [fotograma] 2013 Video performance . Javier Flores


Hablar de libros relacionados con la naturaleza nos obliga a mencionar a Heidegger que, en sus reflexiones sobre el ser, cuestiona la problemática del hombre moderno a partir de su completa rendición ante la técnica que destruye la naturaleza, y su abandono del espacio de la palabra. “Habitar poéticamente” sólo puede hacerse en armonía con la naturaleza. El propósito  de esta exposición consiste en mostrar libros que comparten artistas plásticos y poetas, relacionados con el paisaje y la naturaleza, además de mostrar, en algún caso, los procesos y/o performances que dieron lugar a la creación de estas ediciones.

Incertidumbre 2015

Incertidumbre 2015 Libro objeto en madera de nogal. Compuesto por 32 fotografías, semillas de mostaza y pulpa de papel. Mónica Fuster. Textos de José Carlos Llop

Artistas seleccionados: Santiago Arranz – Juan Luis Baroja Collet –  Hilario Bravo – Hashim Cabrera – Ricardo Calero – Pedro Castrortega – Luis Costillo – José Pedro Croft – Javier Fernández de Molina – Javier Flores – Hamish Fulton – Mónica Fuster – Emilio Gañan – Jacinto Lara – Richard Long – Carlos Medeiros – Ruth Morán – Ortega Muñoz -David Panea – Johanna Pimentel – Salvador Retana – Ángela Sánchez – Victoria Santesmasés –  Paloma Souto – Olga Simón – Andrés Talavero – Wolf Vostell.

 

Cum Pictura Poesis @ MEIAC (obras expuestas, 2015 – 2016)

Hernández-Pacheco

Elementos del paisaje
Fotografias 1907 – 1950

Monumento a Giner de los Ríos

Monumento a Giner de los Ríos El Tolmo, Manzanares la Real, Sierra de Guadarrama (Madrid), c. 1930. Museo Nacional de Ciencias Naturales

28 de octubre 2015 / 14 de enero 2016

Patrocinada por la Fundación Ortega Muñoz y la Secretaría General de Cultura de la Junta de Extremadura, la exposición Elementos del Paisaje recoge un exhaustivo trabajo de selección, digitalización y restauración de imágenes de Eduardo Hernández-Pacheco. La muestra consta de cerca de 50 fotografías procedentes del archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales y de la colección de placas diapositivas custodiada en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid.
Siguiendo la clasificación que el propio Hernández-Pacheco hacía de los componentes del paisaje, la exposición está dividida en varios apartados: roquedo y vegetación, el relieve del terreno, las masas de agua y el hombre en su aspecto etnográfico. Un último apartado está dedicado a sus trabajos paleontológicos.
La selección de imágenes se ha llevado a cabo teniendo en cuenta los aspectos documentales de carácter científico y los aspectos estéticos y pretende dar a conocer un fondo fotográfico que, salvo en el ámbito especializado de la paleontología, la geología y la geografía, es totalmente desconocido, así como rendir homenaje a la figura de Eduardo Hernández-Pacheco y a la de su hijo Francisco, su discípulo y estrecho colaborador.

Don Ramón Menéndez Pidal

Menéndez Pidal, durante su intervención en el acto inaugural de la Peña del Arcipreste de Hita (Foto Cortés). La Esfera 29-IX-1930

Aspecto no menos relevante en esta muestra es el que hace referencia al importante papel desarrollado por el profesor Hernández-Pacheco en el ámbito del conservacionismo como alentador de las primeras
experiencias registradas en España tendentes a las  declaraciones de Monumento Natural. En 1930 se inauguró en Madrid el Monumento a Giner de los Ríos, y en 1937 el dedicado al Arcipreste de Hita.

 

Hernández-Pacheco @ MEIAC (obras expuestas, 2015 – 2016)

 

 

 

LAS RAZONES GEOLÓGICAS DEL PAISAJE ESPAÑOL

(Una conferencia interesante)

La Esfera. Num.807-Año XVI.

Eduardo Hernández-Pacheco

Eduardo Hernández-Pacheco

Madrid, 22 de junio de 1929

 

El Congreso de las Ciencias constituye una nota culminante del periodo inaugural de la Exposición de Barcelona: los hombres de ciencia españoles han comprendido, como es natural, que su labor, siempre trascendental, había de ser más trascendente aún en ocasión tan solemne, y la labor que constituirá el trabajo de las diversas secciones tendrá esta vez mayor importancia aún que en reuniones anteriores de la Asociación Española para el progreso de las Ciencias.

Los conferenciantes que han de actuar, como representación genuina de las diversas secciones, han sido más cuidadosamente elegidos que nunca, y en esa selección ha sido acto de justicia designar como representante de los cultivadores de las ciencias naturales, al eminente catedrático de Geología de la Universidad Central y Jefe de Sección del Museo de Historia Natural, don Eduardo Hernández Pacheco.

Hernández Pacheco es geólogo de reputación universal; su labor científica, muy copiosa y selecta, es conocida y comentada por todos los geólogos eminentes, y su nombre significará un enorme atractivo para la conferencia.

Hernández Pacheco tiene, además, un temperamento de artista, y lleva algunos años estudiando las relaciones íntimas que entre las bellezas naturales del paisaje y las condiciones del lugar en que se dé existen, y que nadie percibió antes que él, ni, menos aún, con tanta intensidad.

Ese tema constante de meditación, al que deberemos prontamente un libro, es también el asunto de la conferencia que en Barcelona dará Hernández Pacheco, y esto duplica el interés que, sin tanto, sería ya muy grande de su labor.

El eminente geólogo piensa, y tiene suficiente documentación para ello, que la gran variedad del paisaje español no es sino expresión de la enorme diversidad fisiográfica que dentro de su perfecta unidad geográfica ofrece nuestra Península.

Cuatro influencias esenciales determinan especialmente esa diversidad: la europea, la africana, la mediterránea y la atlántica.

Junto a ellas actúan el relieve (metas y purillanuras, llanuras exteriores, montañas centrales y periféricas) la litología (el viejo macizo granítico y paleozoico del Oeste; las areniscas y calizas mesozoicas de las montañas pirenaicas, ibéricolevantinas y béticas; las arcillas y margas nezoicas de la llanura castellana, aragonesa y tartesia) y el clima y la vegetación (zonas de clima húmedo europeo mediterráneo y continental).

Factores esenciales del paisaje son la vegetación y el roquedo, y su acción es matizada por los factores complementarios: el agua, el cielo y el hombre. La base, sin embargo, es siempre litológica.

Atendiendo a ella, cabe distinguir, y distingue Hernández Pacheco, los paisajes asentados sobre rocas plutónicas y los que tienen su asiento en las neptúnicas.

Al primer grupo corresponden los paisajes graníticos (sobre rocas graníticas) y los volcánicos (sobre ofitas, pórfidos y basálticos).

Los paisajes sobre rocas neptúnicas corresponden a los tres tipos de esas rocas arenáceas, arcillosas y calizas que, a su vez, dan subtipos: las areniscas eocenas del Estrecho; las formas fantásticas del rodeno; los ásperos paisajes de la cuarcita de Despeñaperros y de las Batuecas.

Los paisajes calizos dan, mediante otras influencias secundarias, la ciudad encantada de Cuenca y el Torcal de Antequera: las hoces y los congostos de los ríos pirenaicos.

Aún habría que estudiar las muelas y mesas calizas de las montañas levantinas, los abrigos rocosos (con pinturas rupestres) y los paisajes subterráneos…

La contemplación y la admiración estética de la naturaleza, influenciada por un espíritu depuradamente científico, llevó a Hernández Pacheco a buscar esas relaciones de tan alto interés.

Hace tiempo que es tópico manido hablar del “alma del paisaje”. Hernández Pacheco es el psicólogo de ese alma, el que dando un nuevo valor a la frase, nos dice el sentido de ese alma descubriéndonos su por qué.

La conferencia de Hernández Pacheco, como todas las suyas, y señaladamente las que se refieren al mismo tema, está ampliamente documentada con fotografías obtenidas por el mismo profesor y su hijo, también geólogo muy distinguido, en las que, aun no habiendo sido la preocupación estética sino la científica, el móvil del artista, resalta la belleza hábilmente lograda de los variados paisajes españoles.

Es un motivo más de interés que con que esas conferencias son oídas y del magnífico éxito que logran.

Por fortuna, el tipo de hombre de ciencia seco y desabrido, que no ve la belleza ni siente el arte, si existió, no existe ya.

CIENCIA, PAISAJE Y FOTOGRAFÍA

DIARIO DE SEVILLA

DIARIO DE SEVILLA

DIARIO DE SEVILLA. CULTURA Y OCIO | LUNES, 21 DE DICIEMBRE DE 2015

Una muestra en Badajoz rescata el archivo de Hernández-Pacheco, que documentó la variedad del territorio español en unas imágenes que combinan la finalidad científica con valores artísticos

 

‘Elementos del paisaje. Fotografías 1907-1950’. Eduardo Hernández-Pacheco

Organiza: Fundación Ortega Muñoz
MEIAC. C/ Museo, s/n. Badajoz

Hasta el 14 de enero.

Juan Bosco Díaz-Urmeneta

Como antes lo hicie­ron los creadores Philippe Jaccottet, Hamish Fulton, Mario Asociamos casi siempre el paisaje a la pintura, con menos frecuencia a la fotografía y pocas veces con la ciencia. Sin embargo, allá por 1839 confluyen en el paisaje un geógrafo, Alexander von Humboldt, un fotógrafo, Louis Daguerre, y un pintor (también médico), seguidor de Caspar David Friedrich, Carl Gustav Carus.

Tan fértil alianza se cumplió cuando un científico, François Arago, propuso al Gobierno francés adquirir el invento de Daguerre y Niepce, la fotografía. Pidió en apoyo de su petición un informe a Von Humboldt. Quedó éste impresionado por la verdad de las nuevas imágenes y así lo escribió a Carus, bien conocido entonces por sus Cartas sobre la pintura del paisaje.

En España, la unión entre ciencia, paisaje y fotografía se cumple decisivamente en la obra de Eduardo Hernández-Pacheco. Una generación más joven que los pintores Rusiñol y Casas, Hernández-Pacheco nació en Madrid (1876) pero creció y se educó en Cáceres, aunque volvería a Madrid para cursar Ciencias Naturales en la universidad llamada entonces Central. En 1910 gana la cátedra de Geología de esa universidad, pero antes fue profesor en el instituto de Córdoba. Ya entonces era un docente innovador: sus clases, en sintonía con la Institución Libre de Enseñanza, incluían desplazamientos a entornos naturales que fotografiaba, empleando sus positivos en cristal para proyecciones en el aula.

En Madrid, sus investigaciones, centradas en el paisaje, se dirigen a la elaboración de amplios archivos fotográficos que indagan en aspectos específicos de diversos enclaves naturales españoles. Como en esos años, segunda década del siglo XX, la geología está unida a la paleontología, Hernández-Pacheco explora, fotografía y documenta refugios prehistóricos y pinturas rupestres (como la Cueva de la Paloma y la Peña de Candamo), y no evita el documento etnográfico. Al ocupar en 1923 la cátedra de Geografía sus indagaciones se relacionan más estrechamente con la defensa de Parques Naturales a la que contribuye con la propuesta de Sitios y Monumentos Naturales, de la que es buen ejemplo El Tolmo, un enorme canto de casi 20 metros de altura en la Sierra de Guadarrama que, a sus instancias, fue declarado Monumento Natural y dedicado a Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza. Años después, otro gran risco, en la parte superior del collado de la sevillana, también en Guadarrama, se dedicará al Arcipreste de Hita.

Pero estas acciones de clara intención conservacionista no son esfuerzo más destacado de Hernández-Pacheco. Las superan sus trabajos en los que de modo sistemático estudia diversas zonas montañosas, determinadas formaciones calcáreas o llanuras aluviales, como la de la vega del Guadalquivir. Distintas publicaciones, ilustradas con fotos correctas, sencillas de apariencia, dan cuenta del rigor de las investigaciones.
Sus fotografías tienen una indudable finalidad científica. Solía tomar algunas, en un primer contacto con el medio, con una cámara de bolsillo, que le proporcionaban pautas para una exploración más en profundidad, documentada con imágenes técnicamente más cuidadas. La muestra recoge una parte de esas fotos (pequeña en relación con sus trabajos) que conserva el Museo Nacional de Ciencias Naturales, junto a las diapositivas en cristal (que siguió usando en sus clases) y guarda la Complutense.
Las imágenes se amoldan con exactitud a la intención del científico pero no carecen de valores artísticos. Hay una clara voluntad documental, similar a la que se advierte en fotos de pioneros como Timothy O’Sullivan, pero esto mismo les confiere un matiz que hoy incluimos en el arte: la adecuación a una intención científica que evita toda tentación pictorialista que resultaría inevitablemente retórica. Pero junto a este valor, que llamaríamos conceptual, hay otro, muy evidente, que se podría calificar como fidelidad al paisaje. Es algo que tal vez se remonte a Vidal de la Blache. Este geógrafo francés defendía, frente a positivistas y tardorrománticos, que la visión del paisaje no era neutra sino que encerraba siempre un elemento relacional, empático, que no debía perderse. No era un efecto psicológico, sino la consecuencia de que los animales humanos, antes de contemplar un paisaje, formamos ya parte de él. Es fácil advertir en las fotografías de Hernández-Pacheco matices de esta contenida empatía. Tampoco es desdeñable otra posible influencia, la del teósofo Mario Roso de Luna, paisano, pariente y amigo del investigador.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que la muestra une al interés de exponer estos archivos (una suerte de memoria del paisaje de este país) el atractivo de estos valores artísticos que deberían ser acicate para iniciativas más ambiciosas, como la Mission Photographique de la DATAR que reunió dos millares de imágenes de Francia, mostrando la variedad de su territorio.

EL PAISAJE ARTÍSTICO DEL GEÓLOGO HERNÁNDEZ-PACHECO LLEGA AL MEIAC

HOY

HOY

HOY | JUEVES, 29 DE OCTUBRE DE 2015

Las fotografías que tomó a principios del siglo XX retratan el componente estético de los elementos naturales

 

‘Elementos del paisaje. Fotografías 1907-1950’. Eduardo Hernández-Pacheco

Organiza: Fundación Ortega Muñoz
MEIAC. C/ Museo, s/n. Badajoz

Hasta el 14 de enero.

Antonio Gilgado

Cuando el geógrafo Eduardo Hernández-Pacheco (1872-1965) salía a sus largas caminatas por el campo para retratar el paisaje y llevarse muestra para sus estudios no retrataba con la frialdad de un investigador, buscaba una composición estética, una toma en la que un árbol en diagonal rompía el encuadre. A esa dimensión artística del profesor dedica el Meiac una exposición de medio centenar de fotografías de entre 1907 y 1950. Patrocinada por la Fundación Ortega Muñoz, se inauguró ayer y se podrá visitar hasta mediados de enero.

En el repaso a algunas de sus obras, queda patente que no se limitaba a almacenar documentos científicos. Al tratarse de un hombre culto, conocedor de la pintura de su época y activo participante en ámbitos intelectuales como la Institución Libre de la Enseñanza, su trabajo fotográfico era también una manifestación artística.

Eduardo Hernández-Pacheco se considera una referencia académica cono geógrafo, geólogo y paleontólogo. Profesor práctico, que salía al campo y mostraba los paisajes en clase. De hecho, una parte de la exposición recoge la reproducción de las diapositivas en cristal coloreadas a mano que proyectaba a los alumnos. Parte de ese material viene de la Universidad Complutense.

Pero las tomas de Hernández-Pacheco guardan además un concepto estético moderno. Es una mirada sobria sobre el paisaje. Nada que ver con la concepción bucólica o romántica recargada, son estampas desnudas. Cristina Zelich, historiadora de la fotografía y comisaria de esta muestra, destaca precisamente esa perspectiva renovada que afronta Hernández-Pacheco a principios del siglo pasado.

 

Defensa

Fue pionero también, destaca Zelich, en la defensa de los monumentos naturales, algo ya común en su época en algunos países europeos, pero todavía poco frecuente en la España en los años treinta. Sus fotografías ponen de relieve el valor estético de estos paisajes naturales.

El hilo narrativo de la exposición sigue los elementos que lo componen. Las rocas y la vegetación, el estado del cielo y el agua o los animales y las figuras humanas, tratadas siempre desde un punto de vista etnográfico. Cristina Zelich incluso encuentra puntos en común con la pintura de Ortega Muñoz. Los encuadres y los paisajes despojados, casi desnudos, destacan en uno y en otro.

Las fotos rescatadas van desde 1917 hasta 1950, pero la mayoría son anteriores a los años 30 porque guardan mejor la memoria del paisaje, según explica Zelich.

La fotografía de paisaje crece en España a partir de los años cincuenta, por eso tienen tanto valor las recogidas en los años treinta por el científico, los paisajes que se muestran ya no existen, se han transformado por completo. En esta recopilación destaca también la labor de su hijo Francisco, ayudante desde muy joven y un discípulo tan aventajado que cuesta diferenciar sus fotos de las de su padre.

EL REY DE LOS DESTELLOS

EL PAIS

EL PAIS

EL PAIS. BABELIA | SABADO, 19 DE JULIO DE 2014

Manuel Rico

 

POESÍA. MARIÀ MANENT (Barcelona, 1898-1988) fue crítico, editor, poeta y un original y perseverante traductor/divulgador de la poesía anglosajona. Primero al catalán (Versions de l´anglès, 1938) y más tarde al castellano (La poesía inglesa, 1958). Esa anglofilia lírica condicionó su labor como poeta y buena parte de su actividad crítica y reflexiva sobre la propia poesía (Poesía, llenguatge, forma, 1973). Tal dedicación ocultó en parte su obra poética, tan breve como lo que dan de sí cuatro poemarios, en setenta años de vida literaria. Así nos lo advierte José Muñoz Millanes en el prólogo a esta Antología editada con rigor y sensibilidad a la vez. La poesía de Marià Manent, fuertemente marcada por la contemplación reflexiva de la naturaleza y hecha de instantáneas, es un ejemplo de depuración expresiva, de delicadeza e intensidad. En sus libros domina el poema breve, el destello, el descubrimiento de lo que se oculta más allá de lo visible y la capacidad para dotar a los elementos de la naturaleza de vida humana: “La avellana / repica por los sacos. Las manzanas llaman / al grajo a la solana”.

El exponente más rotundo de esa respiración es, quizá, su obra maestra. La ciutat del temps (1961), publicada mucho después del final de la guerra, en plena madurez creativa. No por casualidad, la Antología descansa esencialmente en ese libro, del que se recogen 15 poemas (de los 25 que la conforman) en los que el poeta incorpora elementos que trascienden lo paisajístico y que van de la experiencia cotidiana (“A mi hija María, cuando tenía un año en tiempo de guerra”) al referente cultural (“La tumba de Rilke”) o al viaje (“Andorra en octubre”). En todos ellos hay una dolorida conciencia frente al paso del tiempo y un acercamiento sereno al abismo de la muerte. A finales de los años setenta y primeros ochenta, Manent comenzó a escribir los poemas de un libro que quedaría inacabado, El cant amagadis. Mayor depuración, aire de despedida, melancolía: “El tiempo del hombre es breve / y la puesta de sol se confunde con la claridad del alba”. Y una seña de identidad que comparte con su obra anterior: una rara fusión de la vida y de la naturaleza en espacios cercanos que nos recuerda las miniaturas de la pintura figurativa inglesa de finales del siglo XIX y principios del XX.

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Antología Poética.

Autor: Marià Manent.

Traducción y prólogo de José Muñoz Millanes. Edición bilingüe.

Fundación Ortega Muñoz. (Colección “Voces sin tiempo”)

Badajoz, 2014. 71 páginas.

Precio: 12 euros.

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ANTOLOGÍA POÉTICA

EL MUNDO. EL CULTURAL | SABADO, 9 DE MAYO DE 2014

EL MUNDO

EL MUNDO

Túa Blesa

 

Bastan los 25 poemas que se reúnen y traducen aquí para dar idea de la altura poética de Marià Manent (Barcelona, 1898-1989). Con tan sólo cuatro libros de poesía publicados -o cinco, contando el inacabado El cant amagadís que se incluyó en Poesía completa-, su obra literaria incluye varios libros de crítica, numerosísimas traducciones y sus muy celebrados dietarios. Siendo todo ello de interés, hay que destacar su labor de traductor, que él entendía como una forma más de creación: Blake, Coleridge, Shelley, Keats, Emily Dickinson, Dylan Thomas y a quien tenía por un poeta maravilloso, W. B. Yeats. Pero tradujo también a Kipling, el Peter Pan de Barrie o la Alicia de Carroll. Participó activamente en la vida literaria y dirigió con J, V. Foix Revista de poesía y participó en Quaderns de poesía, todo antes de la guerra española.
Manent es, como poeta, el autor de poemas que no necesitan grandes acontecimientos para romper a hablar, sino que parten del contacto con la naturaleza, de ahí que el mundo vegetal y algunos animales sean menciones recurrentes en sus versos. Los tilos en flor, el canto de las alondras son motivos suficientes para provocar a la palabra que ha de dar cuenta de la belleza que casi cualquier cosa ofrece, claro que a quien sabe mirarla. Y Manent lo supo. Convencido de la existencia de una íntima comunión entre todas las cosas, las figuras parecen lenguaje directo y se dice con toda naturalidad que “con plumas de ángel el almendro venía”, o se suceden las personificaciones y “nos mira el membrillero” o “La noche suave/ nos vigila y nos piensa”. Dicho con sus propias palabras, todo se une en “una armonía de amor y claridad”, incluso los opuestos: “se parece al silencio de la muerte/ este tibio silencio de la vida”. Siempre con un lenguaje claro y versos rítmicos, asoma a momentos la melancolía y un cierto tono elegíaco.
José Muñoz Millanes, que ya preparó la edición en español de Dietario disperso, traduce los poemas trasladando los valores del original y escribe un prólogo preciso. Que basta este puñado de poemas para gozar y calibrar el pulso poético de Manent comienza diciendo, pero no es menos cierto que abren el deseo de prolongar ese disfrute.
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Antología Poética.

Autor: Marià Manent.

Traducción y prólogo de José Muñoz Millanes. Edición bilingüe.

Fundación Ortega Muñoz. (Colección “Voces sin tiempo”)

Badajoz, 2014. 71 páginas.

Precio: 12 euros.

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