José María Jurado

ortegaNarrativa, SO6, Suroeste

JOSÉ MARÍA JURADO

Atlas apócrifo de Literatura Universal

Isaak Babel

La ubre tumefacta de la luna se derramaba sobre las jenízaras barbas de la noche. En los ensortijados bucles negros brillaban las estrellas inmisericordes. Mañana entraríamos en la arcaica ciudad, pero al sargento lo devoraba la impaciencia y no dejaba de atizar con la fusta al viejo, que yacía a sus pies como un cardo aplastado sobre un charco de sangre y aguardiente. “Guarda tu odio para el amanecer”, le decíamos. No quería oírnos y resoplaba como una locomotora asmática con las calderas al rojo vivo: “el camarada Lenin ha dicho que a los terratenientes hay que sacarles las ideas a golpes”. Y siguió apaleándolo al menos otra media hora más. Aunque me fascinaba el odio de aquel sayón me alejé para respirar la brisa metálica de la hora. A lo lejos restallaban fogonazos púrpuras sobre las cúpulas de las sinagogas. De pronto sentí una fuerte emoción en el pecho al pensar en la carga de nuestra gran caballería, me imaginaba el universo como una inmensa llanura que Dios había bruñido para el bello galope de nuestros tristes y famélicos caballos y lloré. Lloré como aquel sabbat en Odessa cuando la hija de nuestro rabino me miraba con sus grandes ojos de hebrea que cobijaban todas las desolaciones.

Lampedusa

La brisa del mar mece los naranjales de Palermo y levanta oleadas de perfume dulce y ácido. El Príncipe de Salina sube al observatorio a contemplar el cielo apuñalado de estrellas. Ante una danza de soles amarillos, grandes como limones o cristales de azufre, late el silencio espectral de los templos ruinosos, el gong angosto de los campanarios sobre las plazas de piedra. Bajo el hechizo tornasol de un interludio, radiante y protector como el manto de la Virgen, la ínsula salvaje sueña con la belleza de Lola, con la belleza de Angélica. Cuando la luna emerge del volcán es una daga de plata, el Príncipe de Salina manda preparar su carruaje. A lo lejos, entre los olivares, repta un aullido sordo, humano o animal: ávida de sangre, la tierra calcinada y sulfurosa aguarda la lava roja de los amaneceres, su tenaz e incierta cuchillada.

A. Schnitzler

Era la clase de muchacha a la que uno hubiera llevado a patinar al Stadtpark. ¿Por qué estaba allí? Grandes rizos negros, como ramas de sauce colmadas, caían sobre sus hombros blancos y altivos. No era como las otras. No había en ella la mueca estridente y pintarrajeada de la muñeca rota, ni exhalaba el perfume carnoso de las orquídeas podridas. La pianola taladraba las paredes tapizadas de raso y el Bello Danubio Azul amenazaba con inundar la habitación, arrastrado por la trepidante locomotora de las teclas.

-¿Bailamos?

Por un momento pensó en Hermine, a la que hacía apenas una hora había despedido en el recibidor de la planta noble de su casa de la Ringstraße como todos los domingos. La bella y voluptuosa Hermine cuya larga cabellera rubia iba enhebrando miradas como la estela de un cometa cuando patinaban juntos. Hermine, un gatito que se ovillaba con cada golosina que recibía, tan fría como caprichosa.

-¿También a ti te doy miedo?

Un perfume de violetas umbrías inundaba la estancia. En algún lugar del corazón algo había sellado una compuerta. A lo lejos, pero no sabría decir dónde, unos amantes huían a caballo por un bosque en penumbra como en un cuento de los hermanos Grimm.

-Yo tampoco soy la muchacha que buscas, anda, corre la persiana.

A lo lejos el tejado y la aguja de la Catedral de San Esteban se veían cubiertas por un manto de armiño. Nevaba. Nevaba como nieva siempre que miramos esta vieja etiqueta de un frasco de colonia o la caja antigua de de latón, quizá de bombones o galleta danesas, donde unos patinadores de principios de siglo se deslizan tristes y fugaces.

Robert Musil

Silencio de nogal y muebles Biedermeier, Herr Adler vuelve tarde a casa, pasada ya la medianoche. Al recorrer en su landó la desierta Ringstraße las copas de los árboles sin hojas han proyectado en el suelo mapas de países extraños. La mujer y los niños duermen plácidamente, en el estudio encendido apenas se escucha el murmullo de su respiración, el eco de los pasos del servicio en las buhardillas. Un reloj de pared ha dado la una, Herr Adler acaricia una leontina cosida a su chaleco y con la mirada repasa las encuadernaciones doradas de la biblioteca, bajo el humo ondulado del habano parecen un friso delirante y lúbrico pintado por Gustav Klimt. Abre las ventanas, en la noche congelada reverberan disonancias de cuerda y clarinete, inquietantes músicas que inducen un estado alterado de conciencia: en la copa de brandy ha germinado un tablero de ajedrez que flota en el centro mismo de la estancia bajo los techos altos de la mansión burguesa. Herr Adler lo contempla confundido y abandona muy despacio la biblioteca invadida. Al pasar por la escalera principal todo tiene un aire de opereta, de escenario a punto de caer, ¿dónde están las rosas imperiales, el águila de Habsburgo, el violín de Fritz Kreisler por los cafetines?

(En una casa de Praga Kafka escribe).

Con el alba llegan a Viena carros de heno y cántaros de leche de los Alpes, afuera acontece el mundo claro: huele a pan de tahona y a cerveza caliente. Y cae una nieve japonesa que lentamente borra los sutiles mecanismos de la hipnosis.

El mundo es nuevo.

Listo para la destrucción.

Joseph Roth

Llovía en las fronteras del Imperio como llueve en los mapas, siempre lejos. En el patio de armas de todas las guarniciones, tras los portones pintados con los emblemas amarillos y negros, crecía el lodo gris de las trincheras, pero los húsares dormían a caballo su interminable siesta danubiana. “A mis pueblos”: en el tabique alto de la cantina o en el angosto salón prostibulario, la inmaculada efigie de Su Majestad presidía, -amarillenta como la nicotina y cagada de moscas-, las excelsas maniobras militares. Y llovía. Llovía en las cúpulas de bronce, en los anchos y verdes bulevares por donde las familias burguesas y los rectos funcionarios de distrito paseaban los largos domingos imperiales. Llovía en los tableros de ajedrez y en los veladores de los cafetines, en los palcos de la ópera y en la noria del Prater. Una lluvia tenaz y amartillada, como un redoble remoto de tambores, que mil naciones nuevas aplaudían.

Marcel Schwob

Entrever en la verja del jardín cerrado, cubierto de maleza y de hojarasca, un arpa de oro verde. Acariciar los tallos y las hojas, hacer sonar las músicas umbrías de la metamorfosis de las plantas y trasponer el umbral de las ruinas bajo una ojiva de ladrillo rojo. Una vez junto al pozo mirar tu reflejo en la lámina negra de agua inmóvil. Aguarda. Acudes cada noche a este lugar llevado por las pálidas figuras de los sueños, a través de senderos olvidados donde Cristo se aparece entre los árboles, pero nunca habías pasado adentro. El pozo es muy profundo. En el fondo del huerto hay un ángel flamígero que avanza muy despacio hasta tu sitio. ¿A quién reza esa Mujer?

No atiendas a las voces de los niños.

Henry James

Los niños hojean grabados en la biblioteca: un rinoceronte abatido a los pies de un cazador británico, la máscara de un rey zulú. Pastelitos de carne, galletas de jengibre, a la hora del té, sobre la cristalera blanca de la sala, como un ojo ciego velado por la niebla, pasa la sombra errante del Cutty Sark. Los perros ladran en el páramo. El ama de llaves enciende las lámparas de petróleo y los niños cantan canciones infantiles y recitan a Shakespere ante la linterna mágica del ventanal. Al fondo de la estancia, la bella institutriz se mesa los cabellos, mientras, una tras otra se asoman al vitral las lúgubres siluetas victorianas.

No es bueno que los niños vean tanto la televisión.

Italo Calvino

El viajero que llega a Kalbinia lo hace súbitamente. Tras diez jornadas de viaje al oeste de las cordilleras Italas, las puertas de la ciudad se abren de improviso al visitante, sin anticipar ninguna vista de sus cambiantes torres o de sus bien proyectadas murallas. Sólo quienes hayan aprendido a leer en los libros sagrados o hayan escuchado recitar las suras de los profetas desde los quince alminares, percibirán la estructura de Kalbinia, hecha de palabras y ecos de palabras que producen una impresión directa en la conciencia con un temblor de luz y de sonido. Los camelleros apenas atisban la sombra de un oasis donde los dátiles saben como la voz remota de una madre, las bestias pasan de largo, asustadas por la sombra de las voces, y los eruditos y los políglotas enloquecen en sus calles fastuosas. Sólo el hombre sabio discurrirá por sus avenidas de largas sintaxis y arbolados adjetivos sin perder la cabeza y, atemorizado por las intrincadas amatistas de los palacios, no cejará hasta recorrer los últimos callejones de podridos verbos y versos desnudos que conducen a la salida. El fuego y el olvido son los enemigos naturales de Kalbinia, sus habitantes han memorizado las frases que componen este frágil urbanismo para protegerla de su segura destrucción: en una imprecisa calle de este laberinto hay un edificio que es la descripción detallada de las ciudades del desierto, en el frontispicio se lee que el viajero que llega a Kalbinia lo hace súbitamente.

Saint-John Perse

Trueno profundo del mar, cuerno de bronce y viento, frontera de las blancas terrazas emparradas que hunden su túnica de lino en la marcha sin fin de las corrientes. En la barca amarrada, caparazón de madera podrida, corazón de molusco, el pulpo oscila como un ojo de agua, los ocho tentáculos la rosa de los vientos. He aquí el lugar propicio: bajo la glorificación de las adelfas y el presentimiento de las ciudades arrojaremos a la rada grandes bloques de piedra, aquí será la entrada y salida de las naves, aquí los volcanes de brea, la hoguera de la sílice. En el osario, sobre una calabaza henchida de agua dulce, el canto amarillo de la cigarra, su eco remoto y cereal, mientras las bestias sudorosas arrastran los frutos del océano: tinajas de salmuera, ánforas de vino, pecios de púrpura y cristal. ¡Oh los undosos y dorados bueyes del mediodía sin sombra, olas de músculo en la playa, -fíbulas, bocados, frontiles de plata, ¿quilla o yugo?- que desbaratan con sus pezuñas la prospección de los arqueólogos!

Pierre Menard

En el decurso de los años hay una pesadilla que se repite: Borges y yo nos cruzamos infinitamente en una calle de Sevilla, él lleva aún sus lentes de miope ultraísta y esconde un himno al mar en un vehemente cartapacio. Lo saludo y finge no verme. Acaso lo acucia la urgencia de la imprenta, acaso lo fatiga el perseverante barroquismo de la ciudad. La escena, con cambios apenas notables, regresa como la rueda de los astros o la unánime noche. En alguna ocasión se dilucida así: Borges, que aún no sabe que será Homero, intuye con horror a uno de sus profusos emuladores y rechaza, ruborizado, estas torpes imitaciones.