Avelino Fierro

ortegaNarrativa, SO6, Suroeste

AVELINO FIERRO

El viaje de Sali

      En un lugar del desván de la casa del pueblo estará, revuelto con otros, el cartel de “En la ciudad blanca”. Es de aquellos años en que algunas películas hicieron de nosotros unos cinéfilos. Aunque Alain Tanner no piense lo mismo. En una entrevista de la época de la película lisboeta, el periodista le pregunta si “La Salamandra” –muy anterior– fue un film generacional que dejó marcados a muchos. Y el director suizo habla de una generación desaparecida como público cinematográfico, de espectadores que iban mucho al cine, pero estaban condicionados por razones ideológicas. Esos espectadores, dice, estaban politizados; y la política es algo muy volátil….

     No sé si éramos cinéfilos, pero amábamos el cine y el amor y los viajes y –¡ay! con qué inconsciencia y ardor– la revolución. Ese cartel está enrollado con otros de Bertolucci, Godard, Visconti y Truffaut dentro de un gran lienzo de dos por tres metros en el que aparecen Bogart y Bergman, que nuestro amigo Marcel había encargado a un pintor alemán para decorar su discoteca del Puerto de la Cruz, y que acabó misteriosamente en casa.

     No hace mucho he venido a saber que el guionista de “La Salamandra” y “Jonás, que cumplirá 25 años en el 2000”, era John Berger. Que él dejó palabras en esa metáfora sobre la alienación de la vida en la ciudad y esa fábula ecologista y libertaria. Aquellos personajes de Rosamunde y el profesor de historia, que da su clase rodeado de verduras, sirvieron para secretas discusiones que alentaban nuestros deseos de un mundo mejor. Ha pasado el tiempo. Puede que Tanner tenga razón: he dejado de ir al cine y leo al Berger que habla de estética y dibujo, de la mirada sobre las cosas y no de la ética, de la deriva de los hombres.

     Todo era en la juventud más carnal y físico; ahora queda el ensimismamiento, cierta ensoñación. Recuerdos entre la bruma, las caminatas de Bruno Ganz por la callejuelas de Alfama; el tiempo que no volverá, no existe ese reloj que él ve marcando las horas en sentido inverso. “El ayer está lejos, y el pasado perdido”, escribe Pessoa en uno de sus sonetos portugueses.

     Mucho antes de ver la película, nosotros habíamos estado en Lisboa. La idea del viaje de aquellos años era la deriva, la improvisación y el descubrimiento. También perseguíamos llegar al mar. Y en el trayecto no había atajos, sino desvíos, y la casualidad podía retenerte en cualquier parte.

     Llegamos a la ciudad en un Seat 124. Éramos cuatro. No recuerdo las etapas. No sé la época del año. Quizá era a finales de invierno y puede que viésemos –como en el poema de Nuno Júdice– una mariposa perdida entre los coches mal estacionados, con alas sin brillo, pero que anunciaba ya la ilusión de la primavera. Fuimos a ver los barcos y el agua. En una guía que se atribuye a Pessoa –aunque su estilo es tan administrativo y funcionarial que hace dudar a uno de su autoría– la entrada del viajero es por mar y vista así, de lejos, la ciudad se levanta como la hermosa visión de un sueño. Veíamos el abigarramiento de cascos y óxidos, chimeneas y jarcias, guindastes y flámulas: la visión de ese vaivén que a las gentes de interior nos produce ya un cierto mareo. Algo muy distinto a la serenidad de esa estela que se dibuja en unos versos de Andrade: “A veces pasaba un barco. / Era como un arado labrando / en mi corazón la tierra muerta. / En la proa el viento salado de los pinares…

     También en este casi anochecer en el que escribo, una nube finísima atraviesa como una estela la luna llena del viernes santo, varada en el mar de la bóveda celeste. El día ha acabado entre luces inciertas desde que en la mañana una lluvia leve refrescara el aire e hiciera ruborizarse a los pétalos de los prunos florecidos. Pero la noche no es gris, sino azul. Al menos lo es sobre el perfil de las lomas que veo desde mi ventana de un sexto piso. Y allí aparecen los destellos de las urbanizaciones. Pronto se difuminará la línea del horizonte. Una costura fruncirá la tierra y el cielo. Y esas luces titilando parecerá que comienzan una danza leve de fuegos fatuos.

    Hay una intensidad inescrutable en este momento. Escucho la realidad. Trato de atender al susurro de las cosas. Su tiempo es distinto del mío. Son sonidos tenues: una ventana que se cierra, el llanto de un niño cansado, la paloma que remueve las hojas de un plátano del parque, una tela que se rasga… Es el engranaje del tiempo, que mueve este pequeño mundo y su costumbre. Esta monotonía que nos traspasará, porque es inconsciente, eterna. El tedio de lo real y su terco metrónomo. No cabe preguntarse nada. Sé que en ello hay desvalimiento y riqueza. Como esa flor que brota en este campo de oscuridad, esa luz de una ventana de la casa alta, lejana, que ya no tiene su contorno dibujado. Esa luz que reconozco de otras noches y que sé que seguirá cuando las demás se apaguen. Un hilo invisible parece unir su instante y el mío. Dos momentos de soledad.

     Desde la habitación de un cuarto piso en la Baixa, Pessoa contemplaba temblorosamente el paisaje: “¡Si nuestra vida fuese estar eternamente a la ventana, si nos quedásemos así, como algo de humo siempre quieto que vive siempre el mismo instante de crepúsculo dañando la curva de los montes! ¡Si, al menos, sin alcanzar la imposibilidad, pudiésemos quedarnos así, sin acometer ninguna acción, sin que nuestros labios lívidos pecasen más palabras!”. Así estoy yo ahora, acodado en la barandilla de la terraza, viendo anochecer. Hay una música dentro de la habitación, que va y viene, que percibo ahora que he dejado de escribir. En la portada del disco se dibuja también una estampa nocturna, una escena urbana, casas altas, una grúa con luces de gálibo, la visión de una ciudad del norte de Europa, un instante trivial y de spleen como este mismo.

     He pensado en el cartel de la película de Tanner porque queremos viajar a Lisboa el 14 de abril. Y me he rodeado de los apuntes tomados en otros viajes portugueses. Y de libros. Da pereza pensar en ello. Yo no soy muy viajero. A veces me basta con salir de casa, dar algunos paseos mirando las luces de la ciudad, ver cómo se pierde una silueta al final de una calle de barrio mal iluminada. Un paseante indeciso que se alimenta de melancolía, como dijo W. Benjamin. Un flâneur fuera de época.

     He anotado esas miradas en mis diarios. Y así, recuerdo aquella noche en que la lengua de cemento que cubre ahora los viejos raíles del ferrocarril brillaba como un río de mercurio o una enorme serpiente plateada acariciada por la luna. Al parque llegaban unas mujeres marroquíes, cuando los demás se habían ido, y se sentaban en los cartones que quedaban en las gradas. Cerca de la parada del autobús una negrita se fundía sobre el fondo de aligustres. Las finísimas lentejuelas brillantes de su vestido eran una diminuta vía láctea suspendida en el aire.

     Salir de la vida cotidiana, de la costumbre, de la soledad y de los sueños. Eso es el viaje. Y el desasosiego –casi una angustia– que lo acompaña. Ya sé que todo lo va arreglando luego la rutina de siempre: la ilusión de los otros, las llamadas nerviosas, las últimas compras, los preparativos. Nuestro grupo es bien avenido y animoso. Aunque habrá ausencias por motivos de trabajo: Juan Antonio estará en Chile y Cristina, en Bucarest. Yo seré el encargado, como siempre, de componer con dibujos y textos un breve cuadernillo del viaje. Es una tarea ingrata, pero como ello me aparta de cualquier otra obligación, nunca me he quejado. Recuerdo el que hice en otra ocasión, con JoséLuis como profesor encargado de explicar las comarcas heroicas, Alcobaça y Batalha, el paisaje de Aljubarrota, Coimbra...

     Sí, recuerdo bien aquel viaje de cuatro días hacia “os saudosos campos do Mondego”, entrando por Ciudad Rodrigo. Aquel camino de agradable monotonía, de vaivenes por tierras bajas y verdes. Nubes, aguaceros y rayos de sol hacían brillar los prados y las verduras tardías: puerros, calabazas, coles... Los huertos se veían cuidados y los pueblos vividos y enlazados al entorno sin intermitencias. Era un tobogán amable por lugares de incontestable modestia, pero asistidos por la razón y la sensatez, la vida de unos hombres con los pies en el suelo, apegados al latir de la tierra. Sucedía también con las construcciones, los tejados, los colores; sólo algún sobresalto mínimo y blanco de esos volúmenes cúbicos de la nueva arquitectura. Nada era abrupto; todo destilaba una entrañable tristeza risueña. Como un vivir sensato, sin falsas apariencias, sin estridencias, sin aspavientos. Escribe Unamuno: “No hay modo de penetrar en el alma elegíaca de la poesía portuguesa, no habiéndose dejado ganar del hechizo, un poco triste, de su paisaje mimoso”.

     Pero esas visiones amables siempre han tenido para mí momentos de incorregible angustia: no puedo dejar de imaginar las vidas de los otros y el deseo de habitarlas. En cada una de esas casas habitan instantes felices, tediosos o de tristeza. Quizá sea ese ansia de salir de uno mismo, huir del lastre de la carne propia, dejar de sentir, tal vez soñar. Y esas imágenes vuelven a veces, más que el baluarte de una fortaleza u otra estridencia de la cultura, con melancolía y engañosa nostalgia.

     Aquel era un viaje organizado, de esos que apartan de un plumazo los itinerarios de la indecisión. Pero esta vez, ¿qué caminos tomar? ¿dónde detenernos?

     En grupo no hay posibilidades tan extraordinarias como las que disfruta el viajero solitario. Unamuno, en sus Andanzas y visiones españolas, recuerda su visita a la catedral vieja de Coimbra y cómo pasa buena parte de la mañana dibujando algunos detalles del retablo de madera tallada, obra de flamencos y de principios del siglo XVI. En esas notas que firma en Figueira da Foz, en agosto de 1914, es donde están aquellas reflexiones sobre el manuelino, del que acaso, dice, el más genuino ejemplar es el templo de los Jerónimos, cerca de Lisboa, y el calificativo de estilo “tirabuzonesco”. Todo está en rizos, escribe. “Diríase a las veces que son piezas de ropa blanca, cuando, después de lavadas, se las retuerce para enjugarlas, o calabrotes y cordajes de barcos. ¿Tomaron de la jarcia acaso la inspiración de esos trenzados de piedra?”.

     En esta ocasión ni siquiera hemos hablado de itinerarios. No estaremos muchos días. Descartamos entrar por la frontera muy al norte; otra vez dejamos para el futuro recorrer los lugares que Julio Llamazares visitó ya en 1998, la región de Tras-os-Montes. Quizá les proponga recorrer la autovía de la Plata, hasta llegar a Badajoz. Por aquellas tierras estuvimos en el año 2012 Mar y yo en compañía de Manuel Vicente González, que también tenía escritas sus jornadas por la zona en Carretera y manta, un viaje entre Badajoz y Alentejo. Aquella primavera de hermosas nubes reflejadas en las charcas de las dehesas. He encontrado un trozo de papel en el libro, con anotaciones de Mar y los lugares que visitamos en nuestro recorrido, nuestras idas y venidas por La Raya.

     Y en la última página del libro yo dejé un dibujo a lápiz, el tronco de un árbol en el que se apoyan una mochila y una vara, un trozo de cielo, y a lo lejos, una loma en la que se perfila un viejo castillo.

     Tengo más libros sobre la mesa: El tiempo de los regalos, de Patrick Leigh Fermor -uno de los pocos libros de viajes que me gusta recomendar-; Un corazón de nadie, antología de poemas de Pessoa con traducción de Ángel Campos Pámpano; El libro del desasosiego, en la cuidada edición de Pre-textos; los versos de Eugènio de Andrade que me hicieron compañía en el verano de 1990...

     Miro ahora viejas fotos de Lisboa en el número de la primavera de 1980 de la revista Poesía. Hay pocos recuerdos de aquel viaje de hace cuarenta años: las sombras rotas del follaje mientras descansábamos sobre la hierba en una etapa del camino, un sol rojo y enfermo sobre el Tajo visto desde el mirador del castillo de San Jorge, una noche de fados con lágrimas y celos de los cantantes (como en un cuento de Borges sobre tanguistas y cuchilleros en un galpón de las afueras)...

     Sólo hay cierta nitidez en la imagen del cartel de la película: ese sillón rojo, el barco. Todo lo demás es bruma. Niebla. Como en esa visión de la ciudad que describe Gaziel en Portugal lejano.

     “Hoy era un día de éstos. Acodado en la borda del pontón fluvial a pleno viento, respirando la bocanada salobre que viene del Atlántico, en dirección contraria a la corriente del río, me he quedado embobado como ante un escenario. Había sobre nosotros una inmensidad de atmósfera, tan pesada, que aplastaba la tierra y parecía que ensanchaba más aún el río. Los barrios accidentados de Lisboa ondeaban sobre la ribera, a caballo de sus innumerables montículos y a medida que nos alejábamos se convertían en una especie de inmenso pesebre tendido junto al agua, con los puñados de casas colocados de costado. Todo el celaje estaba encubierto por una leve bruma, tal como si una fina capa de cola lo cubriera, sobre la cual el sol iba colocando chapas de oro estridente que brillaban como toques de corneta. A la derecha del panorama el encumbrado castillo de San Jorge, la fortaleza medieval de Lisboa, parecía pintado con fuego, mientras la torre de Belem plantada a ras de agua en el otro extremo de la población, resaltaba como un agua fuerte, muy entintado, sobre la brillantez pegajosa del río que agarraba ya al bies la luz amarillenta de la tarde. Los tonos pastel de las casas lisboetas -verdes, azules, rosadas y sienas- brillaban también a etapas, según fuera el lametazo del sol que las encendiera o amortiguara dulcemente la sordina de la niebla”.

     Una descripción “como de un arte movedizo”, dice Gaziel. Quizá sea esa la visión que encontremos en abril. Hay otras palabras hermosas sobre el país y la ciudad. Lo mejor será hacer un cuaderno, una antología de esos textos y algunos dibujos, y pensar más en la posible ruta y dónde clavar esos alfileres rojos en el mapa, ver qué lugares conviene conocer. Puede que escriba a Andy Symington y le pida la dirección de las bodegas que sus familiares australianos tienen al sur de Oporto; sería un buen desvío. Además, si uno va pendiente de escribir no sabe a qué atender. Por eso en la última crónica (íbamos a Múnich) mi relato comienza con un viajero que lee en el avión y finaliza cuando cierra el libro al subir al tren de cercanías para dirigirse a la ciudad.

     Para ese cuaderno pensaré en otros paisajes que hay en Gaziel (también me gustaría tener aquel libro de Ruano, Un español en Portugal, que publicó en 1928; y ver el periódico portugués en que le dan por muerto en accidente de automóvil a los pocos días de regresar a Madrid). Leeré versos de Sena o Andrade. Copiaré la descripción que hace Pessoa de ese día en que nubes oscuras y de perfiles mal definidos rondaban por la ciudad oprimida por la zona de la barra del Tajo. Y los epitafios de Martín o las páginas portuguesas de Andrés. Buscaré en textos de otros autores pequeños poemas en los que -como dice Ricardo Reis- haya algo por lo que se advierta que ha existido Homero. Creo que eso será suficiente para que a Sali, que es la única del grupo que nunca ha estado en Lisboa, le acompañe la música invisible de esos versos. Como a mí me sucede ahora que, cansado y pensando en ellos, saldré a pasear en la noche. Llevo horas encerrado. Hay nubes bajas que veo moverse iluminadas por las luces de la ciudad, empujadas por un aire inquieto. Y recuerdo a Alberto Caeiro: “Otras veces oigo pasar el viento, y me parece que sólo para oír pasar el viento vale la pena haber nacido”.