Amador Palacios

ortegaPoesía, SO6, Suroeste

AMADOR PALACIOS

Poemas

Cabo de Gata. desierto de tabernas. Homenaje a la poesía de j. a. Valente

Este correlativo paisaje endémico
se remonta a cuando el demiurgo
mostraba sus furores aleatorios
y sus caprichos desmesurados.
Todavía quedan huellas reconocibles
de los fieros mordiscos en las rocas,
esos oasis disparatados,
estas yeguas inquietas y esqueléticas
que aún corretean nerviosas por las arriesgadas y abismales terrazas
que penden en vacíos impregnados de polvo y moho reseco.
Para contrarrestar tal inquietud de suelos inestables
el Padre extendió un gran volumen
de agua azul y salada
que adosó a estas tierras de incontables pitas y ramas
exageradamente retorcidas por el temperamento del demiurgo;
agua tranquila a la que el Padre puso ondas
haciéndoles lamer pausadamente arena
en compases precisos.
Además allanó extensiones
y conformó llanuras
con pequeñas parcelas de arbolitos
para calmar la fiebre de los montes,
haciendo que, ya vistos desde lejos,
la tierra pareciera más risueña
y habitable.
Aunque nunca pudo llevar a buen término
las rogativas ad petendam pluviam:
no más que sueño estéril, turbio anhelo
perdido en la canción infructuosa.

ESTÍO

Esto no es un poema, como escribe Dionisio Cañas al referirse a su dilecto melocotonero, hecho sólo de tierra y agua. Pedregosa tierra manchega, agua caliza.

En el recinto de la piscina, el burlón, el férreo sol hace vibrar el césped ralo y un polvo iridiscente que lo cubre; como lámina emiten un elegante y empalagoso “tilín, tilín”, mientras en la campana, mísera y pretenciosa, de la iglesita próxima, suena un intempestivo “tolón, tolón” tal bronco grito de niño totalmente derramado en su infancia.

Llega un momento en que prietos conviven, en esa bendecida línea paraboloide, los sedosos rayos oblicuos, una tangente sombra impregnada como un paté sobre los bañistas, una oportuna boda de pájaros (sus ecos desmedidos) anticipando el suave claro de luna que anima un griterío infantil dulcísimo. Los rumores combados e inarmónicos dispuestos en estado de revista: Anette, Pablo, Patricia, Julia, Hugo.

estrofas naturales

Chopo Milenario

Saliendo de la sierra
y viniendo de Valdehierro
torcí un poco mi rumbo para visitar
al chopo milenario, o centenario
(qué más da lo que pongan los carteles
cincelados sobre brazos secos, ramas truncas).
Las hormigas vestales
se afanan en el humus
oficiando en la blanca sima
que oculta las raíces
del milenario chopo
que en realidad está bien muerto
pero mantiene en apariencia eterna
su posición erguida:
éste es grandioso guiño temporal de la especie árbol.
Su vasto y basto tronco
con fervor acaricio,
suspenso en el misterio y alentando,
silenciosa y sentida, la plegaria.
Prendo tabaco mientras me animan
gorjeos y la elocuencia de la compañía del chopo,
y estoy sentado en una de sus ramas robustas,
más de trescientos años ya en el suelo.

Aldeaquemada1

No oigo sirenas en la noche, luego existo.
La noche es un soneto vivo;
sus cuartetos se encierran
en una ponderada penumbra
que penetrar no logra
el muelle filamento que pervive
en el insomnio calmo de lo oscuro
que se alumbra rácanamente
por el resuelto sarpullido
de las estrellas en el firmamento.
Duermo. Duermo al cabo del agitado transcurso
que ha consumido el cigarrillo alígero y
sorbo tras sorbo el enervante vino.
La cascada repite
su canto insulso durante la noche.
Esos tercetos del soneto vivo que es la noche
se pierden en los frunces de la noche mientras duermo.
Al alba se revelan los caminos,
surgen los árboles, las piedras,
gamos humanizados,
surgen las criaturas de las cuevas nocturnas,
la montaña inhumana abrigada por Véspero
y espabilada por las abluciones
de este lucero matutino
al que todo agradece reviviendo.
El afecto, el aprecio,
el cariño, la aceptación,
los mordiscos acompasados
con que masticas la manzana
se suman al amor en toda la curvatura de la tierra
girando desde el centro de tu pecho;
en la curvatura de la tierra y también en la música de las esferas,
la música que amamos todos los demoníacos.
Entre un árbol y una escultura
me quedo con el árbol.
Y entre el arte y la Naturaleza,
con la Naturaleza.
Pues el arte es un vago sustituto
de la infancia perdida,
nuestra infancia perdida
configurada en lo natural.
Siempre lo natural divino ámbito.

A Rosario Quevedo Muñoz

1 Este poema es una imitatio de varias expresiones contenidas en el Diario de Carlos Edmundo de Ory, tomo I.

Trilogía en Portugal

(Soportales de Évora)

(Évora, 31 de diciembre de 2015)

Soportales de Évora
dialogando con paraguas morados
expuestos a una “chuva fraca”.
Alargarse por largas calles
a lo largo de “travessas” aviesas1,
y llegar al grato refugio
asiendo un bienestar
que medra en tonos albos y amarillos
sostenidos en pétreos
suelos que arrojan fieros emparrados.
La noche reclama verter el “espumante”
en mitad de la noche,
mascar las uvas pasas
antes del beso prolongado
y el orgasmo en los lienzos
desplegados en la bendita oscuridad.

1 “Em cada viela o vulto dum fantasma” (Florbela Espanca).

(La mullida espesura de la sierra de arrábida)

En la avenida portuaria de una ajada Setúbal sólo quiero mirar un edificio, y penetrando en su interior de altas ojivas, adquiero una buena “garrafa” del buen vino del Alentejo para beberla entera, directamente del gollete, en lo alto de la Sierra de Arrábida, adhiriéndome a la mullida espesura del monte, y contemplando el mar, que esta vez no es un ente “siempre recomenzado” sino un único y sempiterno comienzo.1

Último sorbo, muy tristón, contenido en la fiduciaria oquedad del envase, queda arrojado, con un supersticioso fervor, sobre el viñedo de Azeitão. Bajo el cabo Espichel el mar (sigo negando a Valéry) no se sucede nunca. Abruptamente nace. No manifiesta crecimiento. Nace: esto quiere decir que se alumbra, durante instante no medible, a partir de la descorazonadora pereza del Caos y la armonía del Universo.

Despintando la bruma, posados en lejanos mas poderosamente visibles acantilados, sobresalen breves y enmascarados predios blancos; su máscara es la bruma, interpuesta y difusa.

Y, pacientes pero anhelantes, me esperan

(Cabo Espichel, 2 de enero de 2016)

1 “Sinto-me nascido a cada momento / Para a eterna novidade do mundo…” (Alberto Caeiro).

(Lisboa)

Ésta es una ciudad
que celebra nuestra llegada
separando sus carnes
y expandiendo los jugos
provenientes de todos sus sentidos.

De lejos el pintor nos la pintaba
con rojizas colinas
y oportunos dorados
en la ciudad distante.1

Desde los altos miradores
esta ciudad cercana,
que ya hemos visitado 20 veces,
en nuestro honor lloraba de alegría
lanzando a sus galayos arropados
rachas de “chuva fraca”
sobre cúpulas de un blanco sucio,
sobre marmóreas hondonadas
y esos amplios tejados
encima de fachadas rosáceas.

Entre los abruptos relieves
de esta ciudad sentimental
“Pensar incomoda como andar à chuva
Quando o vento cresce e parece que chove mais.” 2
Quiere máximamente nuestro sentir, nuestro pensar sentido3,
una lluvia sedante, sin viento, lluvia escasa
rezumada con decoro en las “rúas”,
“largos”, “becos”... Con saña, sin embargo,
vengándose en la hilera de neones
en nuevas avenidas.

Ambiente rozagante. Con las sayas al vuelo
vueltas hacia los bajos trenes de aterrizaje,
la piel de esta ciudad abre sus poros,
nos los abre permitiendo discernir la soltura
que los “maceiros” aplicaron apretando la piedra;
nos muestra alambres irisados
en pálidas pendientes
que procuran el silencio gatuno
proyectado en los súbitos “andares”
de la vistosa calle Vila Berta.

Y por fin, de camino a la Basílica
y su jardín enhiesto,
la calle de la Escuela Politécnica,
que se inicia en la bella bombonera
situada en el centro del ufano jardín
de la Plaza del Príncipe Real;
la calle de la Escuela Politécnica,
trazando suavemente un desnivel inocuo,
se abre a una algarabía,
compartida por pájaros, amables “alfacinhas”.
Inunda los estantes
de los “alfarrabistas”,
pues son conversaciones
que dulcemente se desgranan
en la delicia de las aceras
donde aterciopeladas sugestiones
demandan: “Beba isto com açúcar”.
Por la “bica” aclarada, un habla azucarada
empapa las calzadas humedecidas;
expresión de una lengua que se exhibe,
con sobrada molicie, ¡con molicie exquisita!,
como esta recia lengua castellana
desprovista de huesos.4

(Lisboa, 5 de enero de 2016)

1 Florbela Espanca: “El aviador”.
2 Alberto Caeiro: “O guardador de rebahos”.
3 Fernando Pessoa.
4 Unamuno.