José Manuel Benítez Ariza

ortegaPoesía, SO6, Suroeste

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

CUADERNOS DE TIEMPO

Para el pintor José Antonio Martel

1

He cedido al camino mi voluntad: voy a donde fueron otros, piso donde pisaron, dejo huellas que son huellas ajenas. También, como ellos, me detendré indeciso donde se borra la vereda, donde los pasos ceden su lugar al vuelo.

2

Camino a veces hasta alcanzar el claro y entonces tengo la impresión de que se ha detenido una danza antigua y la luz es una forma arrebatada de canto. Aun así, callan los árboles. Pero sé lo suficiente de ellos como para no dejarme engañar.

3

¿A qué inframundo me conduces, perro? ¿Por qué me esperas todas las mañanas, me guías en mis paseos entre los corrales de las afueras, vuelves la cabeza para ver si te sigo? ¿Por qué tu querencia hacia los arrabales de casas derruidas, de veredas invadidas de zarzas, de muros florecidos? ¿Por qué a esa distancia siempre, la cabeza gacha, la mirada huidiza? ¿Por qué desapareces y me dejas más perdido aún?

4

Si paseo por la vereda junto a la charca, soy también el paseante que camina dentro de la charca, y el reflejo que ve ese paseante cuando alza los ojos de su mundo para mirar el mío. Tiendo la mano y él también tiende la suya. Toco su realidad. Y se me enturbia.

5

Algo ha cedido dentro y ahora todo mana y fluye. Y no es siquiera llanto, sino sólo el empuje de un exceso, de una abundancia nueva que durará lo que la lluvia en las torrenteras. Luego las cicatrices, el verano.

6

A diferencia del poeta inglés, no elogiaré la piedra caliza, ni su secreta connivencia con el agua, ni su memoria inerte de faunas extinguidas. Respeto su aspereza y temo a veces su declarada voluntad de deshacerse en lascas como puntas de flecha. También sé que a veces del costado de una montaña se desprende una laja que es media montaña, y de la herida abierta rezuman mil hilillos de agua. Llevo a mi boca un sorbo y empiezo yo también a disolverme.

7

De aquel milagro blanco vienen ahora estas manzanas rojas, diminutas, como dones del campo al capricho de un niño que las junta en la mano. Florecieron también en un romance, y al borde del camino a Meséglises, en la novela de Marcel Proust. Ahora el espino pone su nota de color en la indecisa primavera. Llevo en la boca la áspera dulzura de sus frutos.

8

Levanto la mirada y llego hasta donde la mirada llega, cumbre o cielo. Pero no más allá, no demasiado lejos del campo que se eleva gradualmente en su despojarse del trigo, no más allá de los setos florecidos ni de los árboles aún verdes. No lejos de la piedra que sustenta la cima como mis propios pies me proporcionan conciencia de la tierra y de mi irrenunciable apego a su palpable realidad.

9

Cielo cruzado de golondrinas. Como obedeciendo a una señal, se han lanzado a deshora al hueco abierto de la plaza. Barruntan, quizá, un viento malo, y por eso persiguen cada átomo de esa otra previa explosión de vida invisible que, en la calima de la tarde, flota en el cielo ingrávido. Y en ese frenesí sin alegría, la nota repetida de su canto inarmónico: granos de arena gruesa rozados contra un plato de porcelana blanca.

10

Para entender lo azul cierro los ojos y veo en la pupila deslumbrada una llama azul. Para entender el fuego de esa llama, la toco y me estremezco de dolor. Abro los ojos y en la mancha azul ha irrumpido una nube. Al rozarla la luz del ocaso la he visto sangrar.

11

Lluevo si llueve, soy agua yo también si el cielo se me deshace en agua, fluyo como las aguas desbordadas que corren calle abajo, canto en las torrenteras, percuto en los canalones, me hago río. Cansado de mí mismo, me remanso. Y vuelo hacia lo alto cuando el sol me llama.

12

He venido a la fuente a beber, no el agua de la fuente, sino su rumor, no el frescor que fluye, sino el temblor que permanece, no la luz atrapada en el chorro trenzado, sino la sombra espesa del árbol que cobija su secreto. He traído a la fuente una sed que no es sed de agua, pero que sólo en la fuente alcanza su ilusión de saciedad.

13

Donde el agua cercada la posibilidad de un cielo hondo. Donde el pozo, la vida en un reflejo surcado fugazmente por un pájaro. Y esa nada que tiembla de pura expectación. 14 Han abierto la puerta y un sol violento ha hecho un corte limpio en la penumbra opaca. Y he temido por la aspidistra en el umbral: el solo roce de la luz puede matarla.

15

Habrá dentro una banca de madera comida por la carcoma, y en el hueco de la chimenea una trébede negra y un perol herrumbroso entre cenizas frías. Y ese sol póstumo en el hueco del ventano cerrado para siempre como una tumba vertical.

16

Vivo en la casa blanca que se borra en un cielo blanco, y que en las blancas mañanas se disuelve en luz. Vivo en un mundo de paredes blancas, y blanca es la taza de leche y blanco el plato donde el pan ofrece la trama espesa de su miga. Cuaja la nieve a veces en ese anticipo de la primavera que es el almendro en flor. Sobre ese fondo yo también escribo.

17

Sombras azules sobre blanco: en el reverso de la luz, una ilusión de estanque. Y en esa transparencia entre paredes encaladas, una invitación al vuelo: de lo azul a lo blanco, como un pájaro que se lanza al fondo de las aguas quietas para atrapar su propio reflejo convertido en pez.

18

Aquí había una casa y allá unos árboles y justo hacia ese lado la armonía de una huerta. Había un mundo que tenía formas precisas o se manifestaba en súbitos estallidos de color. Ayer mismo todo eso estaba ahí, al alcance de tu mano. También el dolor de que esa posesión resultara insuficiente; de que tu mano un día no alcanzara, de que tus ojos se cerraran antes incluso de que la caída de otra noche más oscureciera las cosas. Ahora sólo tengo ese dolor. No te levantes, niebla.

19

En el silencio blanco los gritos de los niños pondrán su nota cálida de imperfección: será nieve manchada, sí, de pasos en la nieve. Y en cada huella un brote de vida verde y tierna, abriéndose trabajosamente paso hacia esa otra imperfección del cielo desgarrado en jirones de azul.

20

A la nacida entre las rocas contrapongo la que debe su ser y su pujanza a mis cuidados. También plantada entre las rocas, sí, pero rúbrica antes que flor, como la piedra encalada ya no es montaña, sino zócalo sobre el que levantar la promesa de una pared blanca.

21

Flor, laberinto. Miro la flor para perderme en ella; y por eso, quizá, pinto la flor: para trazar su laberinto con mi mano. La veo crecer también e intuyo a veces el amor que, en los meses más secos, acerca al puñado de tierra que sustenta la flor un poco de agua. Y esa entrega es, quizá, superior a mi gesto. Para entenderla, he pintado la flor y se me ha muerto entre las manos.

22

Se cierra el fruto en la apretura de lo que se repliega en sí mismo para madurar, y se adivina una secreta promesa de prodigalidad en esa avaricia. Mi impaciencia es la contrapartida exacta de esa calculada reserva. En su abundancia se le quiebran las ramas al limonero y muere el fruto al pie del árbol. Estallará la huerta a finales de agosto. Y sólo el membrillero, en aras de otro cumplimiento más lejano, se retrae y mira.

23

Mi pensamiento es esta huerta. Fluye mi intimidad por los bancales, se reboza de tierra, cada secreto mío es un fruto maduro expuesto al sol. Hay repliegues del alma que son como el cogollo impenetrable de la col, y heridas que se extienden como el tallo radial de la tagarnina, antes de alzarse en luminosa flor de espino. Hay matas que se quiebran de puro exceso, y otras que se agostan sin dar fruto. Vibra la huerta en el silencio de la tarde. Y es la fruta picada por los pájaros lo que sustenta el canto que es su razón de ser.

24

En lo que era habitación cerrada crece ahora un limonero que asoma sus ramas entre las vigas desnudas. Soy la casa cerrada y el habitante que falta en ella, el jaramago en las grietas y el ausente que dejó de resanarlas con un poco de piedra y cal. De la muerte o el vuelo me separa un soplo.

25

Te bastará ese poco de sol sobre la cal. Y en el presentimiento de ese cielo dibujado entre arcos, la certeza de un orden. También la lluvia en los tejados de los columbarios, apretados y juntos como casas de pueblo. El rumor presentido de la compañía. Y las flores marchitas como lección moral.

26

Dentro de la noche azul aguardo esa otra noche más oscura en la que lo azul es el recuerdo de una ilusión de claridad. Sabré perderme en ella, y en esa luz más alta seré dueño de nuevo de todo aquello que preserva para mí la oscuridad. Desposeído, seré más rico entonces. Privado de la luz, la luz oculta de las cosas será mi más íntimo tesoro. Y ya no tendré miedo a despertar.

27

Cierro las manos para proteger del aire la llama de esta noche de amistad. La paso con cuidado a mi vecino de mesa y la veo temblar al recibir el roce delicado de su aliento. Queda un ascua también en el fondo del vaso que acabamos de alzar. Y una risa unánime extiende su llamarada.

28

Tampoco exageremos: he puesto tiempo en ellos, pero no todo el tiempo; y vida, pero no toda la vida. También un poco de verdad que no se corresponde exactamente con los hechos. Con la verdad, la vida, el tiempo que les falta escribiré otro libro. Ya sé cómo termina.

29

¿De qué duelo, de qué combate sin vencedores ni vencidos procede esa sangre derramada? Queda en ella la mera alegría del color, la que corresponde al rojo cuando vuela en un vestido de verano ceñido a las piernas de una muchacha. También el anaranjado, el verde, el violeta: fruta madura o campo en primavera, antes que podredumbre irisada. Queda en la paleta del pintor el gozo de la pintura. Y es siempre su mejor cuadro.

30

Ya tengo la partitura o el papel pautado. Sólo me queda escribirte entre las líneas sucesivas con que te rompes contra la orilla, mar.