Michel Hubert Lépicouché – Crónica de invierno en las llanuras del sur

ortegaPoesía, SO7, Suroeste

MICHEL HUBERT LÉPICOUCHÉ

CRÓNICA DE INVIERNO EN LAS LLANURAS DEL SUR

Ese corazón contempla en el cielo
Su propia imagen pintada –
Nada menos que el invierno,
El invierno salvaje y grís.
Wilhelm Müller
El Viaje de invierno

I

                                  Se eternizó en exceso el invierno en secar los caminos encharcados, y ninguna alberca recordaba haber estado rebosando tanto. Con el agua vertida los olivos de las tierras bajas parecían sauces postrados bajo el peso de sus ramas en un paisaje de lagunas. Andar por los caminos empapados me obligaba a rectificar su trazado a cada paso según los caprichos del relieve que me forzaba a hacer eses más allá de sus cunetas. Caminaba con los pies llenos de barro, bajo un cielo gris que hilaba inexorablemente el capullo de sus hojas de este a oeste, hasta mi total transformación en crisálida atrapada en el espesor de noches sin luna. Dormía allí donde lo decidía el crepúsculo y el alba volvía a encontrarme con todo el cuerpo metido en ese arte de andar que sólo se despliega verdaderamente en el espacio interior del mundo que nos atraviesa. Al seguir así los pasos de Rilke, me sentía atravesado como él por el vuelo silencioso de las aves y, cuando miraba a lo lejos el frente frondoso de un olivar, era dentro de mí donde las raíces venían a sacar la savia que daba vida a sus ramas.

II

                                Se trataba de ir allí – pero allí hubiera podido ser cualquier otro lugar, siempre que la experiencia de la poesía me hubiese permitido solicitar su esencia. Hacia el sur, allí estaba el camino del sur al final del cual el último retroceso del horizonte significaba la promesa de tocar con los ojos esa franja del infinito que, llegado el verano, vibra unida a la luz cegadora. Aunque el cielo seguía jugando a ser el cielo en las charcas del camino, que se resistían a cambiar tan deprisa su condición de espejos por los de nidos de polvo, poco a poco el viento se desentendió de su rebaño de nubes, para solo dejar a unos claros la tarea de adornar el azul del cielo con la elegancia natural de los molinos eólicos. El paisaje cambiaba. Se trataba sin embargo del mismo territorio plantado de viñas y olivos que conjugaban su estricta alternancia con la monotonía de los caminos que siempre van discurriendo con la misma voz por los llanos. Pero, con la mejora del tiempo, de las lejanías había surgido, cada vez con más nitidez, la silueta de unas montañas bajas que se estiraban de norte a sur como el festón de un mantel en los límites de la llanura, hábil ilusión pictórica nacida de la superposición de finas partículas de laca en suspensión en la luz frágil del invierno. Aunque seguía fresco, me parecía que el aire se estaba preparando a traer los gérmenes precoces de una alegría de vivir que ya olía a primavera. Con el saneamiento de los suelos, el campo volvía a poblarse con actividades repartidas entre la poda de las viñas y la de los olivos y, filtrados por el ruido de fondo creado por las herramientas de labranza, de las hondonadas disimuladas entre los cerros o de la frondosidad plateada de los olivos me llegaban al oído cantares graves que contaban la alegría o la pena de los hombres según la apetencia de las mujeres en dejarse amar. De vez en cuando los almendros crecidos en el borde del camino me recordaban, con la blanca elocuencia de sus flores caídas, el origen legendario de su introducción en la Iberia de los moros: con la contemplación de esa nieve vegetal había sido curada de su nostalgia una princesa nórdica, favorita con ojos azules de un emir del reino del Algarve que, para complacerla, había mandado traer de Damasco ese árbol bajo el cual una chica dormida siempre se despertará embarazada después de soñar con su enamorado.

III

                              Casi siempre elegía descansar bajo un olivo a la hora de partir en dos mi caminata. ¿Acaso a ese género de árbol se refería Rilke cuando, adosado a un tronco y con los ojos cerrados, se sentía transportado hacia el otro lado de la naturaleza? Ojos del todo abiertos y atravesados por el azul del cielo filtrado por la vidriera plateada de sus hojas, el olivo era una catedral de luz en la que uno se siente obligado a invocar el ángel de Rilke. Con los ojos cerrados y la espalda apoyada a su tronco igual de verrugoso que una piel de dragón, es el pasadizo entre el mundo del espíritu y las fuerzas primarias que gobiernan el deseo en los humanos. Al no buscar ni querer nada en mi progresión hacia el sur, mi caminata no era más que el asunto de una elemental soledad en la que las incidencias de los demás mortales ya no contaban para mí y, con la sola compañía de mi sombra, caminaba. Pero, ¿qué es una sombra arrastrada en el polvo de los caminos por quien los sigue, sino el aliento de esa otra voz de la naturaleza que oía Rilke pegado a su árbol, y que se espesa a medida que va alargándose con la luz declinante de la tarde? No hay nada que se deje tanto provocar por la trascendencia como los detalles más fútiles de la realidad: un neumático de tractor casi sumergido en el fango de una cuneta, indecencia de su alma reventada que exhibe su armazón de hierro con la inocencia de los bodegones en los que están tratados con la misma indiferencia los conejos entumecidos por la muerte, un manojo de espárragos o las provocativas caderas de una mandolina descansando sobre la seda de un sofá; a lo lejos, las señales de los indios, que suben de la quema de los sarmientos echando chispas en las mismísimas narices de enero; allí y allá, bidones de gasóleo abandonados entre las hierbas, para recordarnos que el orden de la naturaleza nunca olvida excederse con la sobreabundancia de plásticos y metales siempre que le es posible.

IV

                            En el escenario de poniente, los claros facilitaban al sol una vuelta apoteósica de sus rayos que se alargaban lánguidamente con estelas de sangre en las franjas de las nubes. Jamás pensé sacar fotos. ¿Artista yo? Me era totalmente ajena la mismísima idea de que un paso dado en el barro o el polvo del camino fuera un ejemplo de escultura del tiempo, parecida a la talla en madera de un tótem, un buda o una madona. Ni siquiera tenía el pretexto de recuperarme de una fractura de tobillo, como fue el caso de Hamish Fulton en 1984. Que esa caminata fuera un viaje para mí como para él, de acuerdo. Pero, si los viajes suyos fueron una transformación pedestre de unas ideas, de unas ideas de viaje a su vez transformadas en una realidad vivida y fotografiable, no recuerdo haberme echado a andar por esos caminos del sur cargado con la más mínima idea preconcebida, además de mi mochila. Mi viaje podía acabar en el primer cruce de caminos encontrado, o prolongarse indefinidamente con el aburrimiento que procura la sucesión de viñas hacia el infinito. Como se habla de una bomba de agua necesitada de ser cebada cuando está aspirando solo el vacío, ¿qué pasos previos hubieran podido cebar el juego de mis piernas funcionando con el vacío de mi caminata hacia el agotamiento? En mis pasos no había nada - la nada, como en la almendra del poeta. ¿Existe acaso una sola idea detrás de la gimnasia del diafragma que sirve de piernas a mi respiración? Caminaba como respiraba, sin preocuparme lo más mínimo de que el camino podía ser entendido según su función metafórica de movilidad del lenguaje. Solo me afectaban sensaciones cenestésicas como el frío, el cansancio, y más de una vez padecí calambres. Andaba con la mirada tensa hacia adelante, con piernas de caminante que intenta ahorrar fuerzas, pues sabe demasiado bien lo que cuestan los últimos pasos cuando se llega al final de la etapa. ¡Así sucedía cada día! Se trataba de llegar allá, hacia esa vaguedad de la lejanía que siempre iba retrocediendo con mis pasos a lo largo de la jornada. ¿Acaso era esto andar, esa tentativa de lograr un imposible ajuste entre la proximidad exacta abarcable con una sola mirada, y esa vaguedad de las lejanías que se negaba a insertarse en lo esencial de mi percepción? ¿Y el límite que debía alcanzar con mi último paso? El agotamiento, esto es, el agotamiento en el conocimiento de la profundidad, ese mítico punto de mira que permanece invulnerable, a pesar de las anamorfosis ligadas a la perennidad de lo borroso.