Martín López-Vega

ortegaPoesía, SO7, Suroeste

MARTÍN LÓPEZ-VEGA

Gótico cantábrico

1,

“¿Quién es ese hombre?”, preguntó mi abuelo
al ver la fotografía. “Es tu madre”,
respondió la mía —para él la memoria
ya no era más que una sucesión
de espejismos sin sintaxis. Aquel hombre
era su madre: la pobreza no tiene sexo.

Ella, Concha; él, Esmael, pronunciado
así, a la manera de los pasiegos. Él, asturiano
de Poo de Llanes; ella, vasca,
rubia y de ojos azules,
aunque en la fotografía pueda
parecer un hombre más;
mujer no se nace, se hace
una, decía Simone. Tuvieron
doce hijos; el mayor, Ismael,
el favorito, murió en la mili;
comió macarrones crudos; por una apuesta.
No hubo manera de que se pusiera
en pie; Te compraré el reloj, dijo
Esmael; nada. Los hermanos iban
al colegio de monjas en Cabezón de la Sal,
un mes cada uno. “Para lo que alcanzaba”,
dicen los anales.

Uno de sus hermanos
se acercó a saludar a mi abuelo
en el entierro de mi abuela; mi abuelo le dijo:

“Si no te digo que no,
será verdad que eres mi hermano;
pero yo no te conozco”.
Años antes, mi abuelo había ido a ver
a su padre y su padre le había dicho:
“Si no te digo que no, será verdad
que eres mi hijo; pero yo no te conozco”.

“¿Quién es
ese hombre?”.

2,

Debieron de decirles que miraran
hacia un lado; los dos tienen el rostro
vuelto hacia su izquierda; pero Esmael,
mi bisabuelo, mira de frente a la
cámara. Mi bisabuela Concha, ella sí
obedece. No se sabe cómo irían
vestidos aquel día; la ropa está pintada
en la fotografía; camisa de cuadros para
él; blusa con estampado borrascoso
para ella. Borrascosa la mirada de
ella también; como si acabara de perder
algo o a alguien o llevara toda la
vida perdiéndolo. La de él alerta,
desconfiada, un poco desafiante;
“Que quede bien”: la fotografía;
la vida. Ella tiene más arrugas
que él; ella tiene más vello que
él; ella tiene la boca más cerrada
que él; ella obedece, al fotógrafo,
también. Nada más en la imagen;
ni una casa; ni un almiar; ni vacas;
ni guadaña; nada. Desde aquel raro
día en que se fotografiaron
él me mira; ella no se atreve
a mirarme. Ella me descarta, piensa:
“No es de los nuestros”. Él me inquiere:
“¿Qué has venido a preguntar, qué
quieres de nosotros?


¿Quién eres, hombre?”.

Poema de género

Mi padre me lo enseñó todo
acerca de cómo no debe ser un hombre.

Mi abuelo me lo enseñó todo
acerca de cómo eran antes los hombres.

De modo que me fui haciendo hombre
sin saber cómo ser.

Sobre el asunto, los libros decían poco.
Lo que dejaban entrever las canciones
tampoco me convencía.
El arte decía: las mujeres, mejor desnudas,
mejor mudas, mejor incluso tullidas.
Pregunté a mujeres que me enseñaban una teoría
y me respondían con una práctica distinta.

Si fuera cierto que errar
es el mejor modo de aprender
habría llegado a algún entendimiento.

Y sigo sin saber coser un botón
ni hacer una maleta,
pero del mismo modo que lo hacía mi abuela

(mi abuela desdentada
no por el hambre, sino por la ignorancia)
(mi abuela analfabeta
que componía poemas con rima)

separo lentejas de piedras,
guiso las lentejas
y con las piedras hago caminos
por los que nunca volver.

Jardines de Marzo

Sobre un tema de Mogol/Battisti

Buscaba entre partituras en clave de no
la horma de mis pensamientos futuros.
En clase, nuestras miradas se cruzaban
y una sensación de infinito me invadía y vaciaba.
Era mirarte y de mí huían
las permutaciones, Egipto, dos trenes que salían
de diferentes ciudades a velocidades distintas,
la razón pura, el genitivo y el yo.

Al salir del instituto todos se iban al bar
y yo les miraba como si sólo por hacerlo
fuera a nacer en mí el coraje de imitarlos.
Pero después de un rato
volvía a buscar la salida de emergencia
de mi edad. El tránsito de la aparente dualidad
se me hacía un poco largo.
Ya me iba hacia casa y tú me llamabas,
pidiéndome que te esperase.
Me preguntabas: ¿por qué estás tan callado?

Desde que tengo dieciocho años estoy preparado para morir.
Aprendí de maestros como Milarepa
que caminaban sobre las aguas, volaban y atravesaban rocas
la no sustancialidad de la naturaleza originaria de las cosas.
Hoy en el mismo instituto se agrupan
los jóvenes que sienten la llamada
de las viejas trampas de la especie.
Un muchacho pasa junto a ellos que se me parece,
repite cada gesto mío creyéndose el primero.

Tú caminabas a mi lado
y nunca fui capaz de decirte
las mismas palabras que insistían en mi cabeza
hasta doler. Al llegar a la plaza de la Escandalera
nos separábamos y tú te ibas hacia casa
desapareciendo como la actriz de una película cualquiera.

¿Cuántos años han pasado? ¿En días, cuánto tiempo es? ¿Cuántas horas?
Mi voz, como ves, ya no tiembla al hablarte.
Traigo en mí cielos infinitos y amores eternos y acabados,
y uno presente; ríos taoístas y praderas budistas
por las que mansa fluye mi melancolía.

El universo se acomoda dentro de mí
pero la valentía de vivir
es sólo un gesto por la mañana,
frente al espejo, cuando me digo
hoy sí.

Un Chernóbil de la mente

Sobre un tema de Lars Gustafsson

También hay Chernóbiles de la mente,
zonas que evacuamos hace tanto
que ya ni siquiera sabemos de su existencia.
¿Cómo eran, quién las habitaba?
¿Qué podría haber medrado en ellas?
Hoy son pasto de los lobos,
hogar del pez de tres cabezas.

A veces vagabundeando sin destino
sentimos de pronto un tipo especial de vacío gris
que no es dolor ni rabia, tristeza ni melancolía,
sino algo distinto
y topamos con rastros, presagios, pistas
que no sabemos descifrar ni seguir.

Iríamos, si supiéramos cómo.
Ignoraríamos las señales de peligro
y nos adentraríamos cámara en mano
en busca de habitaciones vacías
con el papel de pared arrancado,
o de columpios mecidos por el viento
en los que se balancea una sombra
que ya no reconocemos.

Entraríamos en un portal familiar
y descubriríamos un buzón
abierto y herrumbroso
con nuestro nombre en una tarjeta
y sobres dirigidos a nosotros
abiertos y sin contenido.
Subiríamos las escaleras sin apoyarnos
en la barandilla un poco suelta
con cuidado de no meter el pie sin querer
en uno de los agujeros que hay en los escalones
como si hubiera habido una guerra no declarada.
Abriríamos la puerta guiñada
y una vez dentro
en un cuarto gélido ya sin cristal en las ventanas
con el gesto que sólo usamos rotos y a solas
nos encontraríamos.

Cereza sola en el plato

una sola cilieglia sul piatto
Dacia Maraini

No está en el orden del universo
que ciertas cosas vengan solas
(algunas crean su hermandad a posteriori,
por ejemplo:
el número cero,
la mano izquierda,
la letra h
y el arroz blanco).

Pero las cerezas ya vienen del árbol
como muy solas, de dos en dos
haciendo pendientes como los que Tatiana
jugaba a ponerse —teníamos cinco años—
bajo el emparrado de su casa.

Y sin embargo, ahí está,
cereza sola en el plato.
Y tal vez sea más feliz así,
como las cantatas de Nicola Porpora
cuando no prestas atención a la letra.

Pero es también
un espejo, un punto de interrogación
y no sé qué decirle,
yo que sí soy
del orden de las cosas del mundo
habituadas a darse solas,

sólo sé
en un acto de amor
llevármela a la boca
con esta felicidad de encontrar
sólo lo que no busco
y convertirme en ello.

O comboio dos cépticos otimistas

Mi amigo João Camilo dice que sólo no duda
quien no ha vivido lo suficiente o no ha pensado lo bastante,
y quiere organizar un tren al que nos subamos
todos los escépticos optimistas, los que dudamos
y aun así creemos. ¿Creemos en qué?
No en un destino ni en un sentido;
creemos en lo que vemos, ¡y vemos tanto!
Y también creemos en que queda siempre algo
por descubrir, algo o alguien por amar,
una inagotable molécula de intensidad esperándonos
aun después de todas las desilusiones y todos los fracasos.
Luis Cernuda era de los nuestros: “No eches de menos
un destino más fácil”, escribió él, y por supuesto
que no: este —que no es destino, sino generoso azar—
es el nuestro, y en interpretar su dialecto extraño
perderemos la vida si es preciso.

A veces nos duele la cabeza de tanto recordar:
recortamos cada instante
y lo guardamos como un trozo de vasija
encontrado al azar en una excavación
a partir del cual ya es imposible reconstruir nada.
Y sin embargo… ¿No hubo una vez
que sentados en el alero de una ventana
con la ciudad a nuestros pies —el Pantheon,
la cúpula de Miguel Ángel—,
fuimos Onegin y Lemsky, recitamos:
“Ola y piedra, poema y prosa,
hielo y fuego no son, quizás,
tan opuestos?”.

Los lugares a los que quisimos ir y no fuimos
se borran de nuestra mirada
dejando en ella puntos negros como islas
en las que ya sólo existe una larga noche
sin amor ni canciones, fría como un rincón de universo
por el que nunca pasa un cometa
ni el perdido satélite de una civilización
melancólica e ingenua.

Las marcas que dejamos en el tiempo
para reconocernos cuando ya fuéramos otros
las entiende sólo el adolescente
que llevamos encerrado dentro, le hacen daño
y no se atreve a contarnos nada.

Las alas que llevamos a la espalda y nunca usamos
se atrofian y duelen como si fueran algo ajeno
haciendo que nos encorvemos hacia la tierra
cuando deberíamos estar buscando nuestro lugar en el cielo.
Pero somos quienes recolectamos las hierbas
que crecen en los pocos días felices, y las prensamos
—sólo una vez que el día ha pasado—
para guardarlas en bolsitas que infusionar después
en los días corrientes, para que así sepan también
a verano y a Roma, a pasiflora y salitre, a alegría y ocle.

Levántate y anda no es un milagro:
es el oficio de toda nuestra estirpe.

Restauración del Calvario de Van der Weyden

I                 Etimología
Calvario: en griego, latín y arameo,
“lugar de la calavera”. Para los judíos,
lugar donde está enterrado el cráneo de Adán.

II                 Asunto
Llegó a las afueras de Jerusalén
arrastrando una cruz
porque la voz que hablaba en aforismos
le dijo: los salvarás a todos,
y él respondió, pues amén.

III                 Pigmentos
Todo cuadro es una lectura de la luz.

La púrpura de Tiro antes de ser pigmento
es el líquido con que un caracol
se ha defendido de un ataque.

Arshile Gorki usaba zumo de manzana.
¿Cómo restaurar lo que de vida dejase el pintor?

Fácil: el negro que sea siempre negro de humo,
el resto de un incendio.

IV                 Intermezzo
El azufre es la sonrisa del oro.
El oro se malgasta en las canciones.
Las canciones nos desvían del camino.
El camino es azufre.

V                 Restauración
Hubo que: limpiar las malas restauraciones antiguas.
Retirar la retícula de madera envejecida.
Desvelar el plan previo.
Eliminar añadidos:
la emoción de los evangelistas,
las lágrimas de las beatas,
estucos y repintes, metáforas piadosas.

VI                 Dubitas
Quién va a venir
                 a endurecer el pan

Quién va a venir
                 a apagar el color del fruto

Quién a vaciar las cuencas de los ojos

Quién a llenar cuencos de silencio

Quién pondrá dentro
                 el primer gusano

Quién abrirá la ventana
                 que oreará el hálito


VII                 Amemus
Amemos
cada esquirla vieja y nueva de belleza
sin significado
que pese a todo nos salva
porque sabe salvar y se hizo para salvar.