Marta Agudo

ortegaPoesía, SO7, Suroeste

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JORGE MARTINS
Sem título, 2011

MARTA AGUDO

¿Penetras o cubres, enfermedad?

Con la persistencia de la cicatriz en el rostro ofreces una flecha, tu rumbo por recorrer: «expectativa», «peripecia», «euforia» incluso, porque sólo intuye la metralla quien cinceló su tiempo a base de cuchillos.

Porque el ayer o simple referente… se rondarán nuevos centímetros cuadrados: las uñas como rocas, la densidad del pelo, las arrugas o cauces inexpugnables, las muelas en su cordillera maciza.

¿Penetras o cubres, enfermedad? ¿Qué paso sigues...?

***

Así el melancólico, ¿eslabón perdido de qué cadena? Así la muerte asistida, para caer en el momento exacto. Así el enfermo, con su carne tanteando una demora.

Dadme el punto exacto, las coordenadas de la felicidad, y construiré una casa grande donde aliviar derrumbes, cuerpos zurcidores de una cruz y su símbolo.

Así, dadme las siglas de una ajustada duración porque en el signo «más» el germen de los significados, las raíces del árbol que se empeña...

***

Imposible conjugar el ritmo de la carne.
Espaldarazo brutal.
Minotauro sin astas ni recursos.
Cobre sin luz.

¿Cómo olvidarte, enfermedad,
anfitriona de tantas cicatrices…?

***

El perro ahogado en su abandono. No hay gesto de despedida suficiente para su lenta detonación. Sueña con ríos por los que huir o recuperar tal vez el ritmo del avance. Las margaritas no le dirán si alguien por las aceras lo busca todavía. Vivir o merodear por el hambre, el trastorno que supone caminar hacia ningún lado
porque cualquier sitio es bueno para ofrecerse. No se verá más ceremonia que una correa tendida… y cuando lo recoja el operario creerá reconocer en esa dentadura la ansiedad de una valla en la noche con cuchillas con guardias con personas.

Los desheredados constituyen cadenas invisibles, supersticiones para sobrevivir, crean el humus del pensamiento que soñó que el hombre o la empatía, que el desierto o erial habitable…

…Y traficantes de miseria al unísono. Explosión de tanto acero…

***

Llega el doctor, mirada en contrapicado, y pone a prueba que las estadísticas se ocupan de un noventa por ciento de casos porque «nadie lo esperaba. Con los conocimientos médicos actuales no se puede explicar su defunción». Vasto renglón aparte.

Que nadie se sorprenda. Allí donde el volumen no da sombra, donde el germen se confirma y la boca, antes de su fin, retiene siglos de arena… Allí o el cero matemático que elevado a n voluntades persiste en su cintura de nada. Vasto renglón aparte...

***

Alivia saber la Antártida, más ahora en esta habitación que compartes con una mujer y su máquina de oxígeno.

Camas en paralelo para no intimar. El hedor momentáneo ensaya un rictus de muerte y las neuronas aún no pueden escayolarse.

El suicidio en un hospital o inversión del camino.

El bilingüismo del estar y la nada. El cuerpo, ventrílocuo de la desaparición, encefalograma raído, escáner que bordea un epílogo sin sangre ni sutura.

Estribillo último, anzuelo que aguardas…