Miguel Floriano

ortegaPoesía, SO8, Suroeste

MIGUEL FLORIANO

I.
Vienes de donde
aguardan las palabras.
De aquel naufragio.

II.
Nunca la vida.
En sus labios probé
la servidumbre.

III.
Muerde ese fruto
y el dictado no esperes
de la esperanza.

IV.
Llévame lejos.
Donde no sea fábula
de piel perdida.

V.
Somos la Idea,
ciegos a la tibieza
tú, yo, el objeto.
No saben nada.
Después de tanta muerte
acompañándonos,
ya en tu confianza
luce la vida alegre
que había olvidado,
me multiplica.
Ciegos a la mentira,
tus ojos nacen
donde mis labios
no se equivocan: viven.
Somos la Idea,
nos piensa el tiempo
mientras tu invierno arde
junto a la herida.
Quién sabe nada
de este secreto a voces.
Quién sabe nada.

ENSAYO DE LA NADA EN UNGARETTI

Su casa eran palabras con destino,
tan verdaderas como todo lo posible.
Era su casa aquello que nombrabas.
No sabe regresar. El cuerpo no pregunta.
No puede decirse que aún exista.
Culminación del ser, iluminado por la espera.

DEBILIDAD DEL MÉTODO

Aún sin la presencia de la luz
que redima los días indistintos,
pongo obstinadamente
rumbo al pensamiento,
único no-lugar
donde de nuevo me prefieres, Diana ingenua
por los mentidos bosques de la fantasía.

Cualquiera te diría que no es este el camino.
Ficción sobre sí misma proyectada,
a saber: el poema,
el vicio de creer o de vivir los nombres.
Desconozco el engaño. Solamente
recojo todo aquello que no existe
y le entrego una forma que el tiempo no castigue.
Habiéndote perdido soy el Otro.
Habiéndote perdido soy el mismo.
Nuestros cuerpos y su historia
-historia de piel sabia, de actos vivos-,
herida a cada hora más pequeña y dócil
y que ya no podré abrir otra vez.

No amanece aún ni lo hará nunca
en este no-lugar
donde de nuevo me prefieres, Diana ingenua
por los mentidos bosques de la fantasía.
Cualquiera te diría que no es este el camino.
Digo todo pero es nunca.
Así para olvidar otro mundo nos cedo,
la materia y la envidia.

PAISAJE CON LA CAÍDA DE ÍCARO

En ti logré intuir la misma sed de conocimiento
que a mí me atenazaba ante la noche y los espejos.
Beber juntos ese licor maldito,
aquella imagen secreta.
Alcanzar la embriaguez de las formas puras
y que, lo mismo que al saber, nos coronase
un deseo tranquilo. Así llegó,
como la libertad, tu compañía.

Pero después, cuánta palabra infame
borrando aquel milagro.
Con la espada el valiente.
En este arte antiguo el dolor es tan fiel
que se confunde con la necesidad:
redescubrir los seres y las cosas
venciendo al tiempo en el lenguaje.
No supe. Te amaba.

Pasan los días.
Pasan los días igual que perros tristes
y yo te recuerdo, y me prometo
que ya no escuchas esta voz, que no nos dejas
grácilmente caer al mundo,
que ya no me equivocas con la vida.