Antonio Franco

ortegaSeparata, SO9, Suroeste

ANTONIO FRANCO

La pregunta del viajero

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FAHRENHEIT. Turismo, 2012

Algunos de aquellos días en los que, al terminar el curso, viajábamos juntos, Luis y yo conmemorábamos el inicio de las vacaciones coincidiendo en un autobús de la mítica Estellesa. Cuando acababan los exámenes de junio, aquellos gastados vehículos con los que volvíamos de Sevilla podían entrar en combustión atravesando el sol y hacer del calor y del regreso a casa una experiencia inolvidable. Los transportes públicos, como se sabe, siempre fueron motivo de inspiración y aprendizaje; y en aquel tiempo, aprender de la incomodidad, o de la inconformidad, era una necesidad para nosotros. A mediados de los años setenta, el inconformismo frente a la realidad impuesta por la tizona de Franco no era extraño a la educación sentimental que recibíamos a bordo de aquellos artefactos. Hasta donde puedo recordar, aprovechábamos el viaje, como suele decirse, para ponernos al día. Hablábamos durante todo el trayecto (él, que no fue nunca de muchas palabras). No sé si del uso político del miedo, como era costumbre de la época; de los varios enredos de la suerte, o del complejo afán que sostiene la máquina del arte. Fuimos amigos desde entonces y todo lo que se puede leer aquí no es más que un torpe resumen de ese afecto. Porque es verdad, que ni se puede encontrar en el bosque la sombra de lo que se pierde, ni podemos retroceder la distancia que se camina con el paso del tiempo. Aquellas travesías y la luz que compartimos se van apagando en los relojes blandos. Y ahora, desde el balcón del hospital al que nos asomamos, veo que aquel autobús se aleja irremediablemente. Va siguiendo a la caravana que se dirige hasta el umbral del desierto. Mientras, los enfermos caminan sonámbulos cogidos a la mano de sus cirujanos ¿Cuándo terminará todo esto? El viaje es una metáfora cargada de emociones fuertes. Detrás de las ventanas nos protegemos, esta tarde como tantas otras, de la furia de la borrasca o del azufre del viento, y al llegar al Bar Azul (otro de aquellos lugares mitológicos), hacemos una parada que esta vez será la última y quizá dure para siempre. Se aprende poco a poco, dice Luis, es difícil comprender un lugar tan inhóspito. Y antes de alejarse hacia el mar que le espera, deja una botella en la orilla con una pregunta enterrada en la arena: si este es el mejor de los mundos… ¿Será Leibniz el forense que identifique a los migrantes muertos?