Antonio Rivero Taravillo

ortegaPoesía, SO9, Suroeste

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ANTONIO RIVERO TARAVILLO

BESOS

I
Se fueron apagando las estrellas
como poros que el frío clausurara,
tiritaron sus luces,
esos guiños que duran mil milenios;
es decir, nada.
De pronto, un beso dura lo que un mundo
que antes de empezar ya ha terminado
en un lapsus que crea las especies
que se extinguen al poco.
Los labios se separan como lunas
que dejan para siempre sus planetas.


II
Petrificados
como lava que corre y se derrite,
lecho para la lava sucesiva,
sólido magma que aguarda a su congénere,
licuarse al rojo vivo sobre el negro
muerto que resucita al reencontrarse.


III
El proselitismo de la arena,
que con el viento
va limando la piedra
lijándola, mezclándose entre el polvo
pasivamente activo,
reduplicado.

IV
Dos piezas machihembradas de madera
que unen la saliva de la cola
y el clavo de la lengua atravesándolas.
Ese serrín caído
para cortarlas:
un único montón, la sola nube
como aquellas pacientes que regaron
el árbol con la rama que formó
el mango de su hacha,
la empuñadura
de la sierra que abre en su zigzag
noches y días
alternos
besándose en las albas, los ocasos.


CARGA Y GRAVAMEN

Pesa sobre mí como una losa
algo que es etéreo y sin sustancia.
Plano, granito, roca, mármol ágrafo:
lo que no hice,
lo que no hice nunca,
lo que queda siempre en el jamás
y ni un instante solo me abandona.

Muy detalladamente,
los avatares
de lo que no,
la red de lo que atrapa lo que soy
con la tupida malla de los límites.

El mundo
es un juego falaz de cajas chinas,
y cada una de ellas
no contiene, sino que deja fuera,
a las demás.

En la balanza,
más empuja el platillo que se hunde
con todo lo que está ajeno de mí
que la mota invisible que le opongo
al universo.

Pesa sobre mí como una losa
lo que no dejó huella de tan leve,
porque no sucedió,
porque no existe
ni ocurrirá.

El lastre de mi yo retiene el globo
que, vírgenes del viento, las palabras
jamás dichas sugieren con su ausencia.


MUSEO DE ANTROPOLOGÍA

Un instante de sombras
hechas ahora
con lo pretérito;
la congelación de un momento,
inmóvil,
monumento de humo a lo esfumado.

En esta sala,
un diorama levanta unas figuras
–guerreros con lanzas y escudos–
y me devuelve
a los otros dioramas
de tanques y soldados
que quise haber compuesto cuando niño
y me escaparon
como se rompe un cerco entre la nieve
bajo el fuego enemigo.

Una vitrina
de imaginación y recuerdo
me guarda en un museo irrealizable
montando aquel diorama que no hice
en un diorama
ante el que nadie se detiene,
desiertas las taquillas,
a cal y canto el torno de la noche.

Qué extraño pegamento, la memoria
fijando la figura de un fantasma
a un suelo destrozado por las balas
que vierte la canana de los años,
la cinta de los días
tableteando el tiempo.

Las civilizaciones del pasado
y este hombre de hoy
sin porvenir,
en una galería que se escurre
del plano y del horario, y solo abre
cuando ya todo cierra.


CIELO ESTRELLADO

Cabo de Gata

Arriba o más bien dentro, reflejadas,
las estrellas, sus neuronas
siempre meditabundas, conectando
visión y pensamiento,
peces abisales que relumbran
en lo más alto
en estáticos bancos, en el plancton
del firmamento, esa ballena
azul
que ronda ya el arpón del nuevo día.

Las vi ya hace decenios
y vienen
a la velocidad ahora de la luz
desde ese sol remoto, ya apagado,
a esta otra noche en la ciudad:
su verdadera noche
donde no brillan
si no es en el fulgor de la memoria,
otra galaxia
a la que copia esta
(pero más pura).

Dialoga con la plata el azabache,
y llega el eco aquí de su coloquio,
sílabas consteladas que pronuncian,
su blanco sobre negro, el negativo
del libro susurrado de la noche,
las pavesas fijadas en el cielo
de un papel que arde y nos inscribe.