Los paisajes de Marià Manent

Marià Manent

Marià Manent
Conversación con José Muñoz Millanes
Abril, 2013

En una nota introductoria a la antología Poetas catalanes contemporáneos (1968) de José Agustín Goytisolo Marià Manent se declaraba poeta “contemplativo”. A diferencia de los poetas “activos”, que pretenden dar testimonio de la sociedad y transformarla, los poetas “contemplativos”, según él, se inclinan a hacer justicia, emocionados, a la belleza y el misterio de la realidad. En la obra de Manent se advierte un sobrio, pero intenso, patetismo inspirado por “lo más profundo e inmutable de la condición misma del hombre” sobre el fondo de una naturaleza omnipresente.

En la primera fase de su poesía (de 1918 a 1931, aproximadamente) este escenario natural se localiza en la comarca costera del Maresme, en Premià de Mar y sus cercanías, alrededor de la casa familiar. El paisaje aparece delicadamente estilizado por influencia de lecturas y modelos culturales. Por aquellos años Manent frecuentaba la poesía de Francis Jammes y, como él, ofrece en sus versos un mundo rural y provinciano, sencillo y veraz al mismo tiempo, afín al del modernismo tardío de Lugones y Juan Ramón Jiménez. Pero, además, el Maresme es un paisaje típicamente mediterráneo que se ajusta a los ideales de claridad y equilibrio del Noucentisme en que Manent se formó (suaves colinas, viñas y bosquecillos de pinos sobre el horizonte del mar). Allí, en noches donde el ruiseñor canta y la luna brilla en los naranjos del huerto, o en domingos de mayo con las acacias en flor empapadas de lluvia, se desarrolla una historia de amor no correspondido. En los años de la guerra y de la posguerra las calles de Premià y la casa familiar y su huerto volverán a aparecer con un tono elegíaco semejante al de la poesía de Espriu, inspirada por las sombras de los antepasados en un pueblo próximo (Arenys de Mar) Marià Manent, más que un simple contemplador, es un observador minucioso de la naturaleza. En su poesía, al misterio de la vida humana corresponde el misterio de una naturaleza de una “complejidad insondable”. Poco a poco Manent se volvió muy sensible a una pululación de rasgos físicos diminutos, aparentemente insignificantes y casi imperceptibles: manchas, arabescos, marcas. Leonardo da Vinci ya había llamado la atención sobre la fecundidad de estos detalles naturales (o “signaturas”) que inspiran insólitas imágenes, al establecer relaciones al margen de la “unidad vigilante” de la forma. Por eso Manent se sintió muy afín a pintores, no abstractos, sino con un cierto grado de informalismo material (Van Gogh, los fauves, los artistas orientales o Tàpies), llegando a escribir ensayos sobre ellos, reunidos en el volumen Notícies d´art.

El desarrollo de esta visión microscópica coincidió con los años de la Guerra Civil y fue favorecido por la escritura de un diario (El vel de Maia), una práctica que requiere una atención redoblada y asidua.

Durante la guerra Manent, por razones profesionales, iba regularmente a Barcelona desde una casa de campo (Mas Rosquelles). La casa está situada en el macizo del Montseny, no lejos de Viladrau, y pertenecía a la familia del poeta Jaume Bofill i Mates (conocido con el pseudónimo de “Guerau de Liost”) y del escritor y traductor Jaume Bofill i Ferro. Este último era íntimo amigo de Manent y en aquellos “tiempos difíciles” lo hospedó en ella con su familia.

Mas Rosquelles es una masía o casa de campo palaciega, también llamada Ca l´Herbolari por haber sido habitada por un famoso botánico. El arquitecto modernista Puig i Cadafalch la había restaurado con toques neogóticos y el mismo Guerau de Liost había diseñado su refinada decoración. Estaba rodeada de un parque con tilos y cedros, frente a un bosquecillo de abetos. En los años 20 y 30 del siglo XX pasaban allí temporadas escritores como Carles Riba y Paulina Crusat, que terminaría residiendo en Sevilla. La casa, sus habitantes y alrededores inspiraron a Josep Carner un bellísimo poema, “Recança”, incluido en Auques i ventalls.

En la cultura catalana el paisaje del Montseny tiene unas resonancias que van más allá de lo físico: se trata de una montaña que, no lejos del mundo mediterráneo, lo complementa, al presentar rasgos nórdicos, casi germánicos. Guerau de Liost en 1908 le dedicó todo un libro de poemas, La muntanya d´ametistes, donde plantea el dilema noucentista de una naturaleza salvaje frente a otra estilizada.

En los años de la Guerra Civil y, en contraste con la atmósfera trágica de Barcelona, Manent afina su atención a la naturaleza con un trato físico, más que puramente contemplativo. Pasea por los senderos del Montseny con la minuciosidad de un cartógrafo, localizando molinos, arroyos, alquerías, riscos. Herboriza, recoge muestras de minerales, observa las aves y describe sus cantos. Visita otras masías señoriales, como la del Noguer, donde trabaja en el salvamento de los archivos de Cataluña. Observa las costumbres de los campesinos. Y, sobre todo, sigue los cambios del tiempo con la exactitud de un meteorólogo y su huella en los matices del paisaje con la delicadeza de un poeta oriental o romántico inglés. Hasta que, hacia el final de la guerra, los ecos de la batalla del Ebro hacen estremecerse este marco idílico.

En la posguerra predomina otro paisaje en los diarios y en la poesía de Marià Manent. Ahora va a pasar los veranos y vacaciones en Mas Segimon, la alquería y finca de la familia de su mujer, cerca de L´Aleixar. Es un paisaje del Campo de Tarragona, de fuertes colores, muy apreciado por el pintor de “manchas” Joaquim Mir: un paisaje más meridional y áspero, con barrancos, y ladridos de zorras lejanas y resoplidos del jabalí emboscado en los matorrales. Los perfumes de las plantas aromáticas embriagan en la sequedad ambiente y entre las piedras polvorientas de un bancal la vidiella o clemátide extiende su prodigioso velo de encaje blanco. Y las hojas doradas de los avellanos, atravesadas por el tibio sol de otoño, cuelgan sobre el agua fresca de la pila de un manantial.

En sus últimos años Manent escribía unos brevísimos poemas epigramáticos a la manera de los de los líricos chinos que él tradujo a través del inglés. En uno de ellos aparece el paisaje de Suiza, país donde visitaba a una hija (Manent había trabajado esporádicamente como traductor de un organismo internacional en Ginebra, donde el pavo real de un parque le inspiró “Amb un orgull de seda”). El lenguaje de “Maig a Suïssa” tiene la difícil sencillez de las obras tardías conseguidas. Los colores son atrevidos, fauves: hay unas flores color de sangre y el ternerillo que se acerca al poeta “es medio blanco / y medio color de chocolate”, casi como un helado de dos sabores.